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¿Quién dijo que la política es solo para los de siempre? #ColumnistaInvitado

En Boyacá la conversación sobre las próximas candidaturas se ha cargado de expresiones como “le falta pelo pa’ moño”, “no tiene nada que hacer” o “es buen tipo, pero no tiene maquinaria”, que reducen la aspiración política a la posesión de contactos y recursos en lugar de a la capacidad y la voluntad de servir.

La Constitución garantiza, en su artículo 40, el derecho a elegir y ser elegido a cualquier ciudadano que cumpla los requisitos legales; sin embargo, el camino entre ese derecho y una candidatura competitiva varía: algunos parten de apellidos reconocidos y estructuras partidistas, mientras que otros construyen su trayectoria desde organizaciones sociales, juntas de acción comunal o la defensa de causas locales. La evaluación debe centrarse en la trayectoria, propuestas, integridad y capacidad de generar respaldo ciudadano, no en la mera existencia de maquinaria.

Quienes consideren dar el paso deben estudiar las normas electorales, verificar posibles inhabilidades y organizarse con seriedad; la sociedad, a su vez, debe abrir espacio para que nuevas voces demuestren su valía. La democracia decidirá mediante el voto, pero su calidad dependerá de que se escuchen y debatan todas las opciones sin prejuzgar anticipadamente la posibilidad de éxito.

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En Boyacá, la maquinaria puede abrir puertas, pero no debería decidir quién tiene derecho a tocar. Aspirar exige valentía, preparación y responsabilidad; no pedir permiso a quienes ya están en el poder.

Por estos días, mientras en Boyacá comienzan a tomar forma las conversaciones sobre las próximas candidaturas, hay unas frases que se repiten con una facilidad inquietante: “Le falta pelo pa’ moño”. Otros lo dicen de otra manera: “No tiene nada que hacer”, “¿de dónde va a sacar votos?” o “es buen tipo, pero no tiene maquinaria”.

Y detrás de esas expresiones hay algo que merece nuestra atención, ¿en qué momento empezamos a creer que para aspirar a gobernar hay que contar, de antemano, con el respaldo de quienes ya gobiernan?

La pregunta no es menor. En una democracia, cualquier ciudadano que cumpla los requisitos constitucionales y legales puede ejercer su derecho a participar en política y aspirar a cargos de elección popular. El artículo 40 de nuestra Constitución reconoce el derecho a elegir y ser elegido. Sin embargo, entre ese derecho y la posibilidad de convertir una aspiración en una candidatura competitiva existe un camino que no todos recorren en las mismas condiciones.

Algunos tienen apellidos reconocidos, estructuras partidistas, relaciones de poder y años de presencia en los escenarios políticos. Otros han construido su trayectoria desde las organizaciones sociales, las juntas de acción comunal, el trabajo comunitario, el ejercicio profesional o la defensa de causas que pocas veces ocupan los titulares.

¿Eso significa que los segundos no pueden aspirar? No. Significa que parten de condiciones diferentes y que, si quieren avanzar, deberán convertir sus capacidades, sus propuestas y su trabajo territorial en una alternativa organizada.

La maquinaria puede ser una ventaja electoral, pero no es un certificado de capacidad para gobernar. Así como carecer de ella no convierte automáticamente a nadie en una alternativa de renovación.

A cada aspirante hay que examinarlo por su trayectoria, su preparación, sus propuestas, su integridad y su capacidad de construir respaldo ciudadano.

El problema comienza cuando dejamos de evaluar y empezamos a sentenciar. Cuando una opinión se convierte en una barrera anticipada; cuando alguien ni siquiera ha presentado su propuesta y ya existe un coro que le anuncia que no puede; cuando la conversación política deja de preguntar qué puede aportar una persona y se limita a calcular a quién conoce, quién lo respalda y cuántos votos creen que puede conseguir.

También debemos preguntarnos cuánto de esas opiniones responde a hechos comprobables y cuánto a las afinidades de quienes las expresan, porque a veces no juzgamos a un aspirante por lo que ha hecho, sino por el grupo al que pertenece, por los intereses que representa o porque su presencia incomoda a quienes preferirían conservar el escenario como está.

No se trata de descalificar a quienes tienen estructura política. Los partidos, las alianzas y la organización territorial son parte legítima de la democracia. Se trata de evitar que esas herramientas se conviertan, en nuestra mentalidad colectiva, en una especie de propiedad exclusiva del poder.

Desde la administración pública hay una lección fundamental: gobernar exige mucho más que ganar una elección. Requiere comprender el territorio, planear, administrar recursos, formular proyectos viables, fortalecer las instituciones, escuchar a las comunidades y responder por los resultados.

Por eso, la discusión sobre quién debe gobernar no puede reducirse a quién tiene más contactos o quién aparece mejor ubicado en las conversaciones políticas.

Y hay otro asunto que exige seriedad. A quienes hoy consideran dar el paso, les corresponde estudiar las reglas electorales, verificar sus posibles inhabilidades, revisar su situación contractual y laboral, comprender las condiciones de inscripción y tomar decisiones oportunas. Una aspiración legítima también debe ser una aspiración responsable.

La ilusión no reemplaza la ley, y la improvisación puede cerrar puertas que todavía están abiertas, pero a quien está pensando en aspirar y lleva días preguntándose si vale la pena intentarlo, quisiera decirle algo: no permita que una frase ajena sustituya su propio análisis.

Pregúntese si tiene una causa, si conoce los problemas de su departamento, si está dispuesto a prepararse, si puede conformar un equipo serio y si tiene la disciplina para construir confianza, incluso cuando los resultados no sean inmediatos.

Si después de hacerse esas preguntas decide avanzar, hágalo con los pies en la tierra, sin creerse superior a nadie y sin confundir valentía con ingenuidad. Construya organización, escuche a quienes piensan distinto, estudie las cifras, conozca las necesidades de los municipios y convierta sus ideas en propuestas realizables.

No basta con querer llegar; hay que prepararse para responder.

Boyacá no necesita que todos pensemos igual ni que todas las candidaturas provengan de los mismos círculos; necesita una conversación pública en la que se pueda cuestionar a cualquier aspirante, pero también reconocer que el liderazgo puede surgir de lugares distintos a los que históricamente han concentrado el poder.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no sea quién tiene suficiente “pelo pa’ moño”, sino qué estamos haciendo como sociedad para que las nuevas voces puedan demostrar de qué están hechas.

Porque una cosa es que una candidatura tenga dificultades y otra, muy distinta, que decidamos de antemano que no merece intentarlo.

La democracia no le debe el triunfo a nadie. Pero tampoco debería convertir el poder que algunos ya tienen en la medida de lo que los demás pueden llegar a ser.

Y a quienes hoy están frente a esa decisión, les digo: no aspiren por vanidad, por revancha ni para demostrar que los demás estaban equivocados. Háganlo si tienen una causa que defender, una capacidad que poner al servicio de la gente y la voluntad de asumir las responsabilidades que exige lo público.

Las elecciones decidirán quién recibe el respaldo ciudadano, pero la calidad de nuestra democracia también dependerá de que aprendamos a escuchar, evaluar y debatir sin clausurar anticipadamente las posibilidades de los demás.

Que nadie te garantice que puedes llegar. Que tampoco te convenzan, sin argumentos, de que no puedes intentarlo. Estudia, prepárate, construye y deja que sean los ciudadanos, con su decisión libre, quienes tengan la última palabra.

Y no olvides lo siguiente: esfuérzate en ti mismo más que en otra cosa, porque si eres más inteligente, más valioso y con más habilidades podrás agregar más valor a los demás.

¿Quién dijo que la política es solo para los de siempre?

En Boyacá, la maquinaria puede abrir puertas, pero no debería decidir quién tiene derecho a tocar. Aspirar exige valentía, preparación y responsabilidad; no pedir permiso a quienes ya están en el poder.

Por estos días, mientras en Boyacá comienzan a tomar forma las conversaciones sobre las próximas candidaturas, hay unas frases que se repiten con una facilidad inquietante: “Le falta pelo pa’ moño”. Otros lo dicen de otra manera: “No tiene nada que hacer”, “¿de dónde va a sacar votos?” o “es buen tipo, pero no tiene maquinaria”.

Y detrás de esas expresiones hay algo que merece nuestra atención, ¿en qué momento empezamos a creer que para aspirar a gobernar hay que contar, de antemano, con el respaldo de quienes ya gobiernan?

La pregunta no es menor. En una democracia, cualquier ciudadano que cumpla los requisitos constitucionales y legales puede ejercer su derecho a participar en política y aspirar a cargos de elección popular. El artículo 40 de nuestra Constitución reconoce el derecho a elegir y ser elegido. Sin embargo, entre ese derecho y la posibilidad de convertir una aspiración en una candidatura competitiva existe un camino que no todos recorren en las mismas condiciones.

Algunos tienen apellidos reconocidos, estructuras partidistas, relaciones de poder y años de presencia en los escenarios políticos. Otros han construido su trayectoria desde las organizaciones sociales, las juntas de acción comunal, el trabajo comunitario, el ejercicio profesional o la defensa de causas que pocas veces ocupan los titulares.

¿Eso significa que los segundos no pueden aspirar? No. Significa que parten de condiciones diferentes y que, si quieren avanzar, deberán convertir sus capacidades, sus propuestas y su trabajo territorial en una alternativa organizada.

La maquinaria puede ser una ventaja electoral, pero no es un certificado de capacidad para gobernar. Así como carecer de ella no convierte automáticamente a nadie en una alternativa de renovación.

A cada aspirante hay que examinarlo por su trayectoria, su preparación, sus propuestas, su integridad y su capacidad de construir respaldo ciudadano.

El problema comienza cuando dejamos de evaluar y empezamos a sentenciar. Cuando una opinión se convierte en una barrera anticipada; cuando alguien ni siquiera ha presentado su propuesta y ya existe un coro que le anuncia que no puede; cuando la conversación política deja de preguntar qué puede aportar una persona y se limita a calcular a quién conoce, quién lo respalda y cuántos votos creen que puede conseguir.

También debemos preguntarnos cuánto de esas opiniones responde a hechos comprobables y cuánto a las afinidades de quienes las expresan, porque a veces no juzgamos a un aspirante por lo que ha hecho, sino por el grupo al que pertenece, por los intereses que representa o porque su presencia incomoda a quienes preferirían conservar el escenario como está.

No se trata de descalificar a quienes tienen estructura política. Los partidos, las alianzas y la organización territorial son parte legítima de la democracia. Se trata de evitar que esas herramientas se conviertan, en nuestra mentalidad colectiva, en una especie de propiedad exclusiva del poder.

Desde la administración pública hay una lección fundamental: gobernar exige mucho más que ganar una elección. Requiere comprender el territorio, planear, administrar recursos, formular proyectos viables, fortalecer las instituciones, escuchar a las comunidades y responder por los resultados.

Por eso, la discusión sobre quién debe gobernar no puede reducirse a quién tiene más contactos o quién aparece mejor ubicado en las conversaciones políticas.

Y hay otro asunto que exige seriedad. A quienes hoy consideran dar el paso, les corresponde estudiar las reglas electorales, verificar sus posibles inhabilidades, revisar su situación contractual y laboral, comprender las condiciones de inscripción y tomar decisiones oportunas. Una aspiración legítima también debe ser una aspiración responsable.

La ilusión no reemplaza la ley, y la improvisación puede cerrar puertas que todavía están abiertas, pero a quien está pensando en aspirar y lleva días preguntándose si vale la pena intentarlo, quisiera decirle algo: no permita que una frase ajena sustituya su propio análisis.

Pregúntese si tiene una causa, si conoce los problemas de su departamento, si está dispuesto a prepararse, si puede conformar un equipo serio y si tiene la disciplina para construir confianza, incluso cuando los resultados no sean inmediatos.

Si después de hacerse esas preguntas decide avanzar, hágalo con los pies en la tierra, sin creerse superior a nadie y sin confundir valentía con ingenuidad. Construya organización, escuche a quienes piensan distinto, estudie las cifras, conozca las necesidades de los municipios y convierta sus ideas en propuestas realizables.

No basta con querer llegar; hay que prepararse para responder.

Boyacá no necesita que todos pensemos igual ni que todas las candidaturas provengan de los mismos círculos; necesita una conversación pública en la que se pueda cuestionar a cualquier aspirante, pero también reconocer que el liderazgo puede surgir de lugares distintos a los que históricamente han concentrado el poder.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no sea quién tiene suficiente “pelo pa’ moño”, sino qué estamos haciendo como sociedad para que las nuevas voces puedan demostrar de qué están hechas.

Porque una cosa es que una candidatura tenga dificultades y otra, muy distinta, que decidamos de antemano que no merece intentarlo.

La democracia no le debe el triunfo a nadie. Pero tampoco debería convertir el poder que algunos ya tienen en la medida de lo que los demás pueden llegar a ser.

Y a quienes hoy están frente a esa decisión, les digo: no aspiren por vanidad, por revancha ni para demostrar que los demás estaban equivocados. Háganlo si tienen una causa que defender, una capacidad que poner al servicio de la gente y la voluntad de asumir las responsabilidades que exige lo público.

Las elecciones decidirán quién recibe el respaldo ciudadano, pero la calidad de nuestra democracia también dependerá de que aprendamos a escuchar, evaluar y debatir sin clausurar anticipadamente las posibilidades de los demás.

Que nadie te garantice que puedes llegar. Que tampoco te convenzan, sin argumentos, de que no puedes intentarlo. Estudia, prepárate, construye y deja que sean los ciudadanos, con su decisión libre, quienes tengan la última palabra.

Y no olvides lo siguiente: esfuérzate en ti mismo más que en otra cosa, porque si eres más inteligente, más valioso y con más habilidades podrás agregar más valor a los demás.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 12 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.

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