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Aunque superan los 100 metros de altura y tienen raíces sorprendentemente cortas, estos imponentes árboles jamás caen con las tormentas ¿Cómo lo logran? Bajo tierra entrelazan sus fuerzas.
Una poderosa metáfora para entender que el éxito deportivo no depende de individualidades, sino del trabajo que se teje en equipo.
Muchas veces se cree que un equipo es invencible por el brillo individual de sus figuras. Sin embargo, cuando arrecian las dificultades —una racha de malos resultados, lesiones o la presión de un clásico—, las individualidades suelen desaparecer.
La gran lección sobre cómo sostener un proyecto deportivo no está en los manuales, sino en uno de los espectáculos grandiosos de la naturaleza: el bosque de secuoyas.
¿Por qué las secuoyas nunca caen?
Las secuoyas son los árboles más altos de la Tierra, capaces de superar con facilidad los cien metros de altura.
Desafiando toda lógica de la física y la botánica, tienen unas raíces sorprendentemente cortas para su tamaño.
En teoría, cualquier ráfaga moderada de viento o una tormenta menor debería arrancarlas de cuajo y derribarlas sin piedad. Pero eso nunca ocurre: la razón de su resistencia inquebrantable radica en que no crecen solas.
Bajo la superficie, en lo invisible, las raíces de cada secuoya se extienden y se entrelazan profundamente con las de sus vecinas.
Crean una red subterránea maciza y solidaria donde cada árbol sujeta y sostiene a los demás.
Cuando sopla la tempestad, no resiste el árbol que es más fuerte o independiente, sino el sistema entero porque se apoya en los costados.
En el fútbol el colectivo por encima de las individualidades
En la cancha, el principio es sencillo: cuando un lateral se proyecta al ataque, un compañero debe cubrir su espacio; cuando un defensor pierde un duelo, el equipo necesita ofrecerle respaldo, y cuando el marcador es adverso, la respuesta debe ser colectiva, no una sucesión de esfuerzos individuales sin coordinación.
El problema comienza cuando el lucimiento personal se impone sobre el objetivo común.
Un equipo que depende exclusivamente de sus figuras queda expuesto cuando estas no encuentran su mejor nivel.
En cambio, un grupo organizado puede compensar las dificultades con disciplina, comunicación y compromiso.
La verdadera prueba llega en la adversidad
Los partidos difíciles revelan el carácter de un equipo. Con el resultado en contra, la presión aumenta y los errores pueden multiplicarse.
Es entonces cuando mantener el orden, respaldar al compañero y sostener la idea de juego puede resultar determinante.
La enseñanza también es para los entrenadores y dirigentes: formar un equipo competitivo exige mucho más que reunir buenos futbolistas.
Requiere construir una identidad, establecer responsabilidades y conseguir que cada integrante comprenda el valor de su aporte.
En definitiva, el talento puede marcar diferencias, pero necesita una estructura colectiva que lo respalde.
Las secuoyas ofrecen una metáfora para el fútbol: la fortaleza no está únicamente en crecer alto, sino en construir y entrelazar raíces capaces de sostener a todos.
Los equipos no se consolidan solo con grandes figuras. Se construyen cuando cada jugador entiende que su mejor versión también depende de sus compañeros.
Escrito por
Luis Francisco Lagos
Publicado el 10 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.