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Son las 8:00 p. m. El sol ya ha dejado su breve paso por este mundo y ha cedido su lugar a la noche. A nuestras espaldas yace la colina, envuelta en llamas. Sus frondosos cañones braman bajo el fuego, cuyas lenguas alcanzan los 20 metros de altura; hogueras que arden a más de 1.000 °C.
La tragedia natural es, en sí misma, una maravilla aterradora. Cada segundo que pasa deja tras de sí un paisaje diferente. La madera se entrega al fuego sin resistencia, como el condenado que, frente al cadalso, acepta su inexorable destino: ser consumido por las llamas.
Después del fuego queda la ceniza. El mundo de la nada. Una tierra impávida, silenciosa, despojada de aquello que apenas unos instantes antes estaba lleno de vida.
En ese mundo no se ve reflejado el esfuerzo de todo un pueblo por contener el desastre: ni el de quienes donaron, ni el del cuerpo logístico que está detrás de todo este movimiento humano, ni el de quienes estoicamente dieron su esfuerzo para subir a la montaña; ni el de los políticos acomodados en la búsqueda de likes en sus redes sociales, ni el de los organismos de socorro buscando reconocimiento, ni el del gobernador en su helicóptero. Aquí solo se triunfa si se aplaca el incendio.
Son las 8:00 p. m. y regresamos con nuestros pertrechos a la Casa del Adulto Mayor de Villa de Leyva, establecida como centro de acopio. Desde que nos acercamos, el ambiente es entusiasta. Al ingresar, nos confronta una cuadrilla que, en la penumbra, se prepara para enfrentarse al fuego, aperada con cascos, picas y palas, más semejante a una lucha medieval que a un intento por contener las llamas.
Pero no es solo la cuadrilla. En medio de aquel movimiento incesante, el calor humano se percibe y resulta alentador. Apenas ingresamos, el cuerpo médico nos atiende con gotas para los ojos y sendos chorros de suero fisiológico por las fosas nasales. Más allá, al extremo izquierdo, los voluntarios entregan comida; a la derecha, se distribuyen implementos de protección y dotación para enfrentar el fuego. Todo ocurre al mismo tiempo, como si aquella casa se hubiera convertido, en medio de la noche, en el corazón de una comunidad empeñada en contener el desastre.
Si bien mi propósito era hacer parte de las columnas de voluntarios, terminé haciendo un recorrido por el desastre. Esto ocurrió, en primer lugar, porque no se trata de un solo incendio, sino de múltiples puntos de conflagración; en segundo lugar, por las dificultades de organización y preparación que pude observar en los organismos de socorro, especialmente en los Bomberos, frente a las necesidades que demandaba la emergencia (por lo que pude observar, se necesitaban extintores y carros cisterna); en tercer lugar, por la ausencia de un liderazgo estatal que orientara y coordinara a los organismos involucrados; y, finalmente, por la propia imposibilidad humana de acceder a los puntos de conflagración.
Al final, queda una paradoja dolorosa: un pueblo dispuesto a ayudar, pero sin las herramientas, la coordinación ni el liderazgo necesarios para hacerlo. La voluntad sobra; lo que falta es convertirla en una respuesta capaz de llegar hasta el fuego.
Son las 8:00 p. m. y regreso a mi Tunjita. Deseo agradecer por el acompañamiento a la familia Farfán, en especial a William, quien es reconocido como un gran activista social.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 28 de septiembre de 2026 · 8:00 a. m.