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Hay calles que uno camina tantas veces que termina por no verlas. Son las mías desde hace treinta años: las mismas piedras, el mismo verde repetido en cada loma, la misma luz que cae sobre los tejados a la misma hora de siempre. Pero estos días tuve que hacer de anfitrión, y el oficio trae un regalo extraño: obliga a mirar lo propio como si fuera ajeno, a caminar la casa entera como si uno recién llegara. Así volví a ver mis calles, con ojos de turista.
Tan normalizado tenemos ese verde que nos rodea, la arquitectura colonial, los locales que ya forman parte del paisaje cotidiano, que se nos olvida el privilegio de habitar un lugar que otros añoran desde lejos.
De eso me di cuenta con más fuerza al recorrer la provincia de Sugamuxi, particularmente Tibasosa, Monguí e Iza. Allí encontré algo que no esperaba: un número creciente de boyacenses por adopción, personas que llegaron buscando una calidad de vida que no se mide en centros comerciales sino en sosiego. Su llegada trae consigo algo más que presencia, trae inversión. Casonas que estaban a un paso de desmoronarse hoy se levantan de nuevo, sostenidas por el dinero de quienes decidieron apostarle a esta tierra.
Ese fenómeno, sin embargo, no es turismo. Es apenas su antesala, la prueba de que Boyacá vende sola, sin que nadie desde lo público se haya tomado el trabajo de convertir ese interés espontáneo en una industria. Si la belleza del territorio resulta evidente tanto para propios como para extraños, ¿por qué desde las alcaldías y la gobernación persiste tanta indolencia para capitalizarla? El esfuerzo aislado de un puñado de familias y empresarios no basta. Faltan anillos turísticos que conecten los municipios entre sí, falta promoción sistemática, falta sobre todo la voluntad política de entender que lo que hoy llega por goteo podría convertirse en caudal.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 27 de septiembre de 2026 · 9:00 a. m.