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Colombia no necesita otra reforma educativa que cambie nombres y programas. Necesita integrar lo mejor de su historia para formar personas capaces de pensar, preguntar, aprender, crear y actuar responsablemente.
Una historia que no debemos empezar de cero
Colombia lleva más de dos siglos tratando de responder una pregunta fundamental: ¿para qué educamos? La respuesta ha cambiado: formación religiosa y moral, ciudadanía republicana, educación técnica, ciencia, escuela activa, educación rural, constructivismo, competencias ciudadanas y, ahora, tecnología e inteligencia artificial.
Por eso no deberíamos pensar la educación como una sucesión de modelos que reemplazan a los anteriores. Colombiaposee un laboratorio educativo construido durante generaciones. Allí están la escuela activa de Agustín Nieto Caballero, la formación científica de José Francisco Socarrás, la educación campesina de José Joaquín Salcedo, la formación profesional de Rodolfo Martínez Tono, la Escuela Nueva de Vicky Colbert y Óscar Mogollón, el saber docente de Olga Lucía Zuluaga, la investigación participativa de Orlando Fals Borda y el pensamiento autónomo de Estanislao Zuleta.
La pregunta no debería ser cuál de ellos tenía la razón. La pregunta es qué podemos aprender de todos para construir la escuela del futuro.
De las teorías a las capacidades
Propongo que Colombia deje de pensar la educación como una colección de teorías y empiece a construir una educación de capacidades.
La primera es aprender a preguntar. Un niño que pregunta por qué ocurre algo está iniciando una investigación. Un adolescente que pregunta si una información es verdadera desarrolla pensamiento crítico. Un ciudadano que pregunta cuánto cuesta una obra pública ejerce ciudadanía.
Estanislao Zuleta defendió una educación orientada a preguntar, argumentar y pensar por cuenta propia. Esa idea adquiere una importancia extraordinaria en la época de la inteligencia artificial. Si una máquina puede entregar una respuesta en segundos, memorizar respuestas pierde parte de su antiguo valor. Lo importante será formular buenas preguntas, verificar información, comparar alternativas y utilizar el conocimiento para resolver problemas.
Aprender a aprender
La segunda capacidad es aprender a aprender. El estudiante no llega vacío al aula. Tiene experiencias, conocimientos previos y preguntas. El maestro debe orientar, explicar, cuestionar y ayudar a construir conocimiento.
El constructivismo aporta aquí una lección útil: comprender cómo aprende el estudiante es tan importante como transmitir contenidos.
Aprender haciendo
La tercera es aprender haciendo. La Escuela Nueva colombiana respondió a las condiciones de las escuelas rurales multigrado mediante aprendizaje cooperativo, guías, participación y relación con la comunidad.
Su lección sigue vigente: no podemos diseñar toda la educación desde un escritorio para aplicarla de la misma manera en una escuela rural, una institución urbana vulnerable y un colegio privado.
La escuela también debe enseñar a convivir
La cuarta capacidad es aprender a convivir. La educación no termina cuando el estudiante resuelve una ecuación. También debe enseñarle a manejar un conflicto, escuchar una opinión diferente y respetar reglas comunes.
Los aportes de Enrique Chaux sobre competencias ciudadanas y convivencia, y los de Antanas Mockus sobre cultura ciudadana, muestran que educar también significa preparar para vivir con otros.
Crear exige aprender del error
La quinta es aprender a crear. Innovar no significa simplemente poner computadores en un salón. Significa observar un problema, hacerse preguntas, buscar conocimiento, probar una solución, equivocarse, corregirla y volver a intentarlo.
Una escuela que castiga cada error puede producir estudiantes obedientes, pero difícilmente grandes innovadores.
Educar también es encontrar un sentido
Y existe una sexta capacidad: aprender a darle sentido a lo que hacemos.
Una educación orientada al empleo puede producir trabajadores competentes. Una educación concentrada en resultados académicos puede producir buenos estudiantes. Pero la sociedad necesita personas capaces de preguntarse qué quieren hacer con sus conocimientos y qué responsabilidad tienen frente a los demás.
Por eso propongo un nuevo pacto educativo alrededor de seis verbos: preguntar, comprender, aprender, convivir, crear y servir.
El maestro vuelve a ser protagonista
Esto no significa eliminar las matemáticas, la lectura, la escritura, las ciencias o la historia. Significa convertirlas en herramientas para desarrollar capacidades. El estudiante debe salir del aula no solo con conocimientos, sino sabiendo utilizarlos.
El Movimiento Pedagógico colombiano reivindicó al docente como intelectual y productor de conocimiento sobre su práctica. Necesitamos maestros mejor formados, acompañados y con capacidad para investigar lo que ocurre en sus aulas.
También debemos medir algo más que resultados de pruebas: si los estudiantes comprenden lo que leen, explican lo que piensan, resuelven problemas, trabajan con otros, distinguen información confiable de información falsa y formulan preguntas relevantes.
Una educación para el siglo XXI
Colombia no necesita escoger entre tradición y modernidad, ni entre tecnología y maestro. Puede reunir lo mejor de su historia y proyectarlo hacia el futuro.
La reforma educativa quizá no consista en inventar otra teoría, sino en responder una pregunta: ¿qué queremos que sea capaz de hacer una persona cuando termine su educación?
Si la respuesta incluye pensar, preguntar, aprender, convivir, crear y servir, Colombia tendrá una educación más preparada para el siglo XXI.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 25 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.