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El vuelo de Avianca salió de Bogotá rumbo a Cúcuta a las 8:35 de la noche. Era un viaje más, de esos que uno emprende pensando en llegar, cumplir con una agenda y regresar. Sin embargo, aquella noche el aterrizaje se convirtió en la primera experiencia de lo que significa aproximarse a un territorio desconocido. El avión intentó aterrizar tres veces. Descendía y, de repente, volvía a subir; el viento no permitía que tocáramos tierra.
En medio de ese sube y baja sentí miedo, entré en pánico por unos instantes y tuve ganas de llorar. Entonces oré. No hizo desaparecer la angustia, pero me permitió recuperar un poco la calma y esperar. Finalmente aterrizamos; después me dijeron que esos aterrizajes fuertes son habituales en Cúcuta. Para mí, acostumbrada a vuelos tranquilos, fue una bienvenida turbulenta, casi que traumática.
Quizá la llegada tenía algo de metáfora. Cúcuta y, en general, la tierra nortesantandereana se sienten fuertes. Para quienes no habitamos la región puede parecer, a primera vista, un territorio intenso, de pronto por la forma en cómo sus habitantes hablan, el tono de su voz al comunicarse con otros que parece difícil de descifrar. Pero basta detenerse para entablar una conversación con ellos para darse cuenta de que es gente franca, pero también amable. Además, descubrir sus paisajes, su vegetación, su clima calientico y las historias de vida que retratan las realidades de una Colombia desigual.
Siempre he pensado que una de las maneras más honestas de conocer un territorio es ir hasta donde esa realidad sucede: caminar sus calles, conversar con sus comunidades, conocer sus costumbres, sus economías, sus formas de habitar y de relacionarse. No es lo mismo hablar de una comunidad desde un escritorio que sentarse frente a ella y escucharla.
El conocimiento académico es necesario, pero se vuelve insuficiente cuando pretende sustituir los saberes construidos por quienes viven cotidianamente en un territorio. Aquí cobra especial sentido el teórico de la comunicación Jesús Martín-Barbero y su mirada sobre la importancia de la comunicación, que no es simplemente transmitir información, sino comprender las experiencias, las culturas y los contextos desde los cuales las personas construyen sentidos. En concordancia, el gran pedagogo Paulo Freire insistía en que el diálogo con la comunidad significa reconocer que el otro sabe, que tiene una historia y una lectura propia del mundo. No se trata de llegar a enseñar, sino de encontrarse para construir conocimiento.
No siempre es fácil. A veces se llega con la intención genuina de colaborar y la comunidad se cierra ante nuevas propuestas. Y quizás tenga razones para hacerlo. El choque aparece cuando pretendemos dialogar sin conocer su historia, sus necesidades, sus relaciones y sus maneras de construir comunidad. Entonces aparece esa frase que resume tantas resistencias: “Ustedes no vengan a enseñarnos cuánto es dos más dos”. Y sí, tienen razón. Cualquier transformación que desconozca los saberes locales corre el riesgo de convertirse en imposición.
Por eso, acercarse a una comunidad exige humildad. Antes que cualquier metodología están las personas: la manera de saludar, escuchar, mirar y hablar. En el lenguaje también revelamos quiénes somos y qué lugar queremos ocupar frente al otro. La comunicación se convierte así en una posibilidad de construir confianza, vínculos y redes humanas. Quizás por eso aquel aterrizaje terminó enseñándome algo antes de comenzar el trabajo: para transformar un territorio primero hay que aprender a aterrizar en él; escuchar sus vientos, reconocer sus voces y comprender que nadie transforma una realidad desde afuera, sino junto a quienes la viven.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 24 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.