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Hace pocos días conocí en Manizales, Caldas, a Luis Urzúa, el hombre que ejerció como jefe de turno y guía de los 33 mineros atrapados en la mina San José de Chile en el 2010; es una de esas experiencias que redefinen nuestra comprensión sobre la resiliencia y la dignidad humana.
Sentarse a escuchar su relato es adentrarse en la penumbra de más de 700 metros bajo el desierto de Atacama, pero iluminados por una templanza extraordinaria.
En su tono no hay arrogancia ni afán de protagonismo. Hay, en cambio, la serenidad profunda de quien miró a la desesperación a los ojos y eligió responder con organización, democracia y fraternidad.
Urzúa detalla los primeros 17 días, los que el mundo exterior ni siquiera sabía si estaban vivos, y cómo racionaron dos cucharadas de atún y medio vaso de leche cada 48 horas.

Él no se presenta como un héroe inalcanzable, sino como un líder con un sentido del deber incuestionable que organizó los turnos de trabajo, las rutinas de sueño y que, fiel a la más noble tradición, decidió ser el último hombre en ser rescatado tras 69 días en las entrañas de la tierra.
Su testimonio trasciende el accidente minero para convertirse en un tratado vivo sobre la empatía, la fe y la templanza ante la adversidad. Salir de esa conversación deja una huella minera imborrable y la certeza de que, incluso en la grieta más profunda del planeta, la dignidad humana es capaz de encontrar la luz.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 23 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.