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El neocomunismo busca adaptar ideas radicales al siglo XXI: más Estado y menos poder empresarial, mientras China fortalece sus empresas y gana mercados.
El comunismo está llegando con otro lenguaje y se convierte en neocomunismo: elecciones, redes sociales, universidades, jóvenes y propuestas de mayor intervención del Estado en la economía. La DSA es una de sus expresiones más visibles.
Una vieja idea con nuevo lenguaje
No llega con uniformes militares, revoluciones armadas ni un partido único. Llega por las elecciones, las universidades y las redes sociales, impulsado en parte por una generación que no vivió la Guerra Fría y mira con menos prevención algunas ideas socialistas.
La expresión organizada más visible es Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA), que afirma tener más de 100.000 miembros y presencia en los 50 estados.
Su programa propone la propiedad pública de grandes corporaciones y sectores esenciales de la economía, además de cambios profundos en el sistema político. La sorpresa no está en que existan socialistas en Estados Unidos, sino en que algunas de sus ideas estén dejando de ser marginales y entrando en las instituciones mediante elecciones democráticas.
Estados Unidos vuelve así a discutir hasta dónde debe llegar el Estado y cuánto espacio debe conservar la empresa privada. Socialismo democrático y comunismo no son lo mismo: el primero afirma defender las elecciones y los derechos democráticos, mientras los regímenes comunistas históricos terminaron, en numerosos casos, concentrando el poder en partidos únicos y restringiendo las libertades. La preocupación actual está en determinar hasta dónde puede crecer el poder económico del Estado sin terminar debilitando los contrapesos que protegen la democracia.
La derecha dice: “aquí viene el comunismo”
El Partido Republicano está utilizando esa preocupación contra la izquierda. Donald Trump afirmó en julio de 2026: “Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas.”
Para los republicanos, algunas propuestas de la nueva izquierda recuerdan ideas asociadas históricamente al socialismo radical: mayor control estatal, propiedad pública de empresas y mayores impuestos sobre la riqueza. Sin embargo, llamar comunista a todo demócrata que defienda más gasto público sería una simplificación. La discusión seria comienza al preguntar hasta dónde debe llegar el Estado y qué papel debe conservar la empresa privada.
Los demócratas también están divididos
La discusión tampoco se limita a republicanos contra demócratas. Dentro del Partido Demócrata existe una disputa entre sectores moderados y una izquierda más radical. Hakeem Jeffries ha marcado distancia con esta última y declaró: “Nunca habrá un momento en que me arrodille ante el socialismo democrático de extrema izquierda.”
Al mismo tiempo, organizaciones socialistas y candidatos respaldados por ellas han ganado espacio electoral. La pregunta ya no es solamente cuánto debe gastar el Estado, sino cuánto poder debe tener y qué límites deben existir para evitar una concentración excesiva.
¿Por qué vuelve la palabra comunismo?
La historia explica parte de ese temor. Los regímenes comunistas del siglo XX, con diferencias entre ellos, terminaron en numerosos casos concentrando el poder político, restringiendo la oposición y limitando la propiedad privada. Esto no significa que todo socialismo democrático conduzca necesariamente a una dictadura.
Las democracias tienen elecciones, tribunales, oposición y división de poderes. Pero la experiencia histórica explica por qué algunos sectores temen que una expansión permanente del poder estatal pueda terminar debilitando esos contrapesos. De ahí surge el término “neocomunismo”, entendido no como el regreso de la Unión Soviética, sino como la adaptación de algunas ideas socialistas a la democracia y la cultura política del siglo XXI.
¿Qué ocurre con la empresa privada, la inversión y el mercado de capitales cuando el Estado pasa de regular grandes compañías a ser su propietario?
La DSA plantea que el Estado tenga propiedad sobre grandes corporaciones y sectores esenciales. El problema no es que el Estado tenga empresas, sino que una expansión de esa propiedad puede reducir el espacio para la iniciativa privada, afectar los incentivos para invertir y debilitar el mercado de capitales.
Y aquí aparece la paradoja: si se reduce la inversión privada y la capacidad de las empresas para generar riqueza, también disminuyen los recursos con los que el Estado puede financiar sus promesas de salud, vivienda, educación, empleo y protección social. Una sociedad puede redistribuir riqueza, pero primero tiene que producirla.
Pedir es fácil. Producir e invertir es lo difícil.
Europa y China no eliminaron el capitalismo
Europa construyó Estados de bienestar mucho más amplios que Estados Unidos, pero no eliminó la empresa privada ni los mercados. Empresas, trabajadores, inversión y productividad siguen generando buena parte de la riqueza que después el Estado recauda y redistribuye. Por eso la experiencia europea demuestra que un Estado de bienestar amplio necesita una economía productiva que pueda financiarlo. Cuando disminuyen el crecimiento, la productividad o la capacidad tributaria, aparecen las dificultades.
El verdadero debate
Por eso la discusión estadounidense no debería reducirse a una pelea de etiquetas. La cuestión es cuánto poder debe tener el Estado, cuánto espacio debe conservar la empresa privada y qué límites deben impedir una concentración excesiva del poder económico y político. La derecha ve en el crecimiento de la DSA un acercamiento al comunismo; la izquierda socialista habla de democracia económica; los demócratas moderados intentan marcar distancia.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 18 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.