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En Raíces que atesoran memoria, la escritora colombo-británica Isabel O’Donoghue entrelaza recuerdos familiares, voces populares y tradiciones campesinas. La novela aborda la época de la Violencia, la vida familiar y el desarraigo, pero también la fortaleza de una familia para sobreponerse a la adversidad y comenzar de nuevo.

¿Qué ocurre con las historias de una familia cuando dejan de contarse? ¿Adónde van las palabras de los abuelos, las coplas, los recuerdos de las fiestas y las expresiones que alguna vez definieron la vida de una comunidad? Estas inquietudes recorren Raíces que atesoran memoria, la nueva novela de la escritora colombo-británica Isabel O’Donoghue.
Ambientada en Chiscas y El Espino, dos municipios del norte de Boyacá, la obra reconstruye la vida de una familia marcada por la violencia política y por los profundos cambios sociales que atravesó Colombia durante el siglo XX. Sin aspirar a convertirse en un tratado histórico, la novela muestra cómo los grandes conflictos nacionales irrumpen en la intimidad de los hogares y modifican afectos, decisiones y proyectos de vida.
La historia se articula alrededor de María Clavellina, una protagonista compuesta a partir de recuerdos y experiencias de distintas mujeres boyacenses. No representa de manera exacta a una sola persona. En ella confluyen voces, emociones y vivencias transmitidas de generación en generación, reorganizadas mediante la ficción para dar forma a un personaje con identidad propia.
A través de sus recuerdos, el lector entra en la cotidianidad de una pareja obligada a enfrentar las consecuencias de un tiempo de miedo, pérdidas y desplazamientos. La violencia, sin embargo, no ocupa todo el espacio narrativo. Junto a ella aparecen la solidaridad comunitaria, el trabajo, la creatividad, la educación y la voluntad de construir un porvenir distinto.
“La novela surge de la necesidad de preservar los relatos y las costumbres que definieron a toda una generación, y de reconocer a quienes, con ingenio, perseverancia y esperanza, lograron sacar adelante a sus familias”, señala O’Donoghue.

Cuando las palabras también emigran
La memoria que la autora busca preservar no se limita a los acontecimientos familiares. También habita en el lenguaje. La novela incorpora expresiones tradicionales, arcaísmos, coplas y formas del habla popular boyacense que O’Donoghue escuchó desde pequeña y que luego complementó mediante la investigación.
Las palabras no aparecen como adornos folclóricos, sino como parte de la identidad de los personajes. En ellas sobreviven una forma de relacionarse con el territorio, maneras particulares de expresar el afecto y una visión del mundo construida en la vida rural.
Conservar estas voces plantea una cuestión esencial: ¿puede desaparecer una cultura cuando se pierden las palabras con las que una comunidad nombraba su experiencia? Para O’Donoghue, la escritura ofrece una forma de resistencia frente al olvido. Recoger el habla de una región significa reconocer que la memoria colectiva no se encuentra únicamente en los archivos oficiales. También permanece en una conversación familiar, en una copla repetida durante una celebración o en una expresión que pasa de abuelos a nietos.
En ese universo narrativo, los paisajes de Boyacá desempeñan igualmente un papel central. Los páramos, las montañas y los pueblos no constituyen un simple escenario: determinan los ritmos de la vida, las relaciones vecinales y el modo en que los personajes comprenden el hogar y la pertenencia.
Las celebraciones y las costumbres rurales permiten observar un mundo sostenido por vínculos comunitarios fuertes. En medio de las dificultades, la familia y los vecinos forman una red de apoyo indispensable. La novela recupera así una dimensión de la historia colombiana que suele quedar fuera de los grandes relatos: la manera en que las personas comunes resistieron y reconstruyeron sus vidas.
La historia nacional dentro del hogar
En Colombia, el periodo conocido como la Violencia alteró la vida de innumerables familias. Sus consecuencias se manifestaron no solo en los enfrentamientos políticos, sino también en la ruptura de comunidades, el abandono de tierras, el miedo y los desplazamientos hacia las ciudades.
Raíces que atesoran memoria se aproxima a ese pasado desde una escala íntima. En lugar de concentrarse en fechas, líderes o partidos, observa lo que sucede cuando la historia entra en una casa: cómo cambia las decisiones de una pareja, transforma la crianza de los hijos y obliga a imaginar nuevas formas de supervivencia.
Esa perspectiva permite comprender que los procesos históricos también están hechos de experiencias privadas. Detrás de las cifras de desplazamiento existen personas que debieron dejar su territorio, interrumpir costumbres y comenzar de nuevo en lugares desconocidos.
La migración del campo a la ciudad aparece también en la novela. Mudarse significa alejarse del paisaje conocido y de la red comunitaria que sostenía la vida cotidiana. También puede debilitar la transmisión de tradiciones entre generaciones. Pero la ciudad ofrece, al mismo tiempo, oportunidades de educación, trabajo y movilidad social.
La autora evita presentar esta experiencia únicamente como pérdida o como progreso. La migración contiene ambas posibilidades. Quienes parten deben aprender a adaptarse sin renunciar por completo a aquello que les da identidad. De esa tensión surge una de las preguntas centrales de la obra: ¿cómo avanzar hacia el futuro sin desprenderse de las raíces?
En la respuesta de sus personajes, la educación adquiere un valor decisivo. No es solamente una vía de superación individual, sino una herramienta con la que la familia intenta modificar su destino. El conocimiento abre caminos, pero las enseñanzas heredadas —la perseverancia, la solidaridad y la capacidad de improvisar ante las dificultades— continúan orientando la vida de las nuevas generaciones.

Una historia boyacense para lectores angloparlantes
Radicada en el Reino Unido, O’Donoghue tradujo su novela al inglés con el título Roots That Treasure Memory. La publicación de esta versión extiende el recorrido de una historia nacida en los páramos boyacenses y la acerca a lectores de otro ámbito cultural.
La traducción supuso mucho más que sustituir palabras de un idioma por otras. El principal reto consistió en trasladar el tono, la carga afectiva y el contexto de expresiones que no poseen un equivalente directo en inglés. Fue necesario conservar la voz de los personajes sin convertir el texto en una lectura inaccesible para quienes desconocen la cultura boyacense.
Traducir la novela significó, en cierta medida, escribirla de nuevo. Cada decisión exigió buscar un equilibrio entre la fidelidad al mundo original y la claridad para el nuevo público. La versión inglesa demuestra que una historia profundamente local puede comunicar experiencias universales: la protección de la familia, el dolor de abandonar el hogar y la determinación de rehacer la vida.
La autora menciona que algunos lectores angloparlantes han destacado precisamente la fortaleza con la que los protagonistas sacaron adelante a su familia. Esa recepción confirma que las particularidades culturales no impiden la conexión con públicos distantes. Por el contrario, pueden convertirse en una puerta de entrada a realidades que pocas veces llegan a la literatura internacional.
Las versiones en español e inglés están disponibles en Amazon, lo que facilita la circulación de la obra entre Colombia, el Reino Unido y otros países.
Escribir entre dos culturas
La doble pertenencia cultural de Isabel O’Donoghue atraviesa su trabajo. Vivir lejos de Colombia le ha permitido observar sus raíces desde otra perspectiva y reconocer con mayor claridad el valor de las historias, las palabras y los afectos heredados.
Para la escritora, las raíces no representan una obligación de permanecer anclados al pasado. Son un punto de referencia desde el cual se puede construir una vida nueva. Se llevan en la memoria y se transforman con cada experiencia, incluso cuando una persona vive entre idiomas, países y culturas diferentes.
Con Raíces que atesoran memoria, la autora convierte el relato familiar en patrimonio compartido. Su novela recuerda que la historia de un país también se encuentra en aquello que las familias cuentan alrededor de una mesa, en las expresiones que sobreviven al paso del tiempo y en las decisiones de quienes, aun después de perder su lugar de origen, se atreven a comenzar de nuevo.
Las raíces, parece sugerir la obra, no impiden el movimiento. Viajan con nosotros. Y mientras sus historias sigan siendo narradas, la memoria de los pueblos continuará encontrando nuevas formas de florecer.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 17 de septiembre de 2026 · 12:00 p. m.