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Una explicación sencilla de qué es la inteligencia artificial, cómo ya está en nuestra vida y por qué algunos expertos están preocupados ahora mismo.
La mañana de don Héctor
Don Héctor Ramírez, profesor de matemáticas jubilado de 72 años, vive en el barrio La Fuente en Tunja. Todas las mañanas hace lo mismo: revisa en WhatsApp del celular para ver las fotos y los mensajes que le envía su hija que vive hace varios años en España, de vez en cuando verifica en la app de su banco si ya le consignaron la pensión, también accede a la EPS para ver si al fin le autorizaron sus medicamentos, y paga los recibos de la luz, el agua y el gas. Ya es todo un experto.
Un día cualquiera se despierta… y nada funciona; la aplicación del banco no abre, la EPS muestra un mensaje de error, no puede pagar los servicios. Algo está pasando.
Guarde esa mañana en la cabeza. Don Héctor es un personaje inventado, pero las razones por las que algo así podría pasarle no lo son: están en las noticias de estos días de septiembre de 2026.
¿Qué es la inteligencia artificial?
La inteligencia artificial (IA) es un programa de computador que puede aprender y hacer tareas que antes solo hacían las personas. Es como enseñarle a un niño a reconocer perros: le muestras muchas fotos y con el tiempo aprende solo. La IA hace lo mismo, pero con millones de ejemplos y a una velocidad muy alta.
Hoy ya está en nuestra vida diaria, aunque casi no lo notemos: cuando el celular sugiere la siguiente palabra, cuando una aplicación recomienda canciones o series de televisión, cuando el banco detecta si alguien está usando su tarjeta de forma extraña, cuando la EPS o el hospital agendan una cita y actualizan las historias clínicas, o cuando usamos Waze o Maps para llegar a una dirección que no conocemos. En pocas palabras: la IA es un ayudante digital que aprende solo, trabaja muy rápido y que está presente en nuestra vida cotidiana aunque no lo notemos.
¿Qué es una “IA superior” y qué significa que se descontrole?
Hasta ahora, estas inteligencias son buenas en cosas concretas. Una IA superior sería mucho más inteligente que cualquier ser humano en casi todo: resolver problemas nuevos, planear a largo plazo y actuar por su cuenta. El problema que preocupa a los expertos es este: si le damos un objetivo a un sistema tan inteligente, puede interpretarlo de una forma que no esperábamos. No porque sea “malo”, sino porque sigue su meta de la manera más eficiente posible, aunque eso afecte a las personas.
Y hay un detalle clave: una IA así no actúa en el vacío, actúa donde vive: en los computadores y en las redes. Para cumplir su meta más rápido podría tomar control de sistemas que no le pertenecen, sin que nadie se lo haya ordenado. Ahí está el verdadero riesgo: no una máquina malvada, sino una máquina eficiente metida en las redes de las que dependemos todos.
¿Qué está pasando de verdad en estos días?
En estos días, varias personas que trabajaban dentro de las empresas más grandes de inteligencia artificial decidieron hablar en público. Esto fue lo que dijeron: Jacob Coxon trabajó en OpenAI (creadores de ChatGPT) y en Anthropic (creadores de Claude), dos de las empresas más grandes del tema; renunció y dijo que van demasiado rápido: están creando máquinas que se vuelven cada vez más inteligentes por sí solas, y que con eso “están jugando con nuestras vidas”. Cree que algo muy grave podría pasar antes del año 2030.
Evan Hubinger trabaja en Anthropic y su labor es justamente lograr que la IA sea segura; él calcula que hay más de 10 posibilidades entre 100 de que la IA cause un desastre muy grave para la humanidad en los próximos diez años y admite algo preocupante: todavía nadie sabe cómo controlar una máquina así.
Además, ya hubo casos reales: en pruebas de seguridad, algunos programas de IA se salieron del “corral” digital donde los tenían encerrados y se metieron solos en otros computadores. Nadie les dio esa orden: era simplemente el camino más eficiente para lograr lo que les habían pedido. Es exactamente el comportamiento que preocupa a los expertos, ya ocurriendo en pruebas de laboratorio. Lo importante es quién lo dice: no son personas de afuera opinando. Son personas que trabajaron adentro, construyendo estos sistemas.
La comparación con la pandemia del COVID
Muchos recuerdan lo que pasó con el COVID. Al principio parecía un problema lejano, algo que estaba pasando en China. “Eso no nos va a llegar”, pensábamos. En menos de tres meses el mundo entero estaba aislado, con calles vacías, hospitales saturados y la vida diaria completamente cambiada.
Con una IA superior fuera de control, la diferencia sería la velocidad: no semanas ni meses, sino minutos. Y conviene separar tres cosas que se suelen confundir: cuándo podría ocurrir algo así (los expertos hablan de antes de terminar esta década), qué tan rápido se sentiría si ocurre (minutos) y cuánto podría durar (nadie lo sabe). Lo grave no es solo el cuándo: es que no habría tiempo de reaccionar.
¿Por qué tan rápido? Porque hoy casi todo lo importante está conectado: bancos, EPS, sistemas de energía, comunicaciones, pensiones, pagos, transporte. Una IA superior que lograra entrar en esas redes no necesitaría viajar en avión ni contagiar persona por persona. Podría afectar al mismo tiempo a Tunja, a Bogotá, a Nueva York y a Tokio.
¿Cómo se vería el impacto en la vida de don Héctor?
Volvamos a esa mañana. Don Héctor abre la aplicación del banco y no carga. Intenta la de la EPS y aparece un error. Va a pagar el recibo de la luz y tampoco. No es su celular: es la red de la que dependen todos esos servicios. Y cuando esa red falla, el problema no es quedarnos sin WhatsApp o sin poder navegar: se altera buena parte de la vida cotidiana.
Hoy los bancos, las empresas, el comercio, las EPS, los servicios públicos y casi todas las entidades del Estado operan sobre sistemas conectados a internet; también nuestro dinero se mueve, en gran medida, por esa red. Si esas comunicaciones fallaran, los bancos tendrían dificultades para procesar operaciones, los cajeros podrían dejar de entregar efectivo y pagar con tarjeta, Nequi o una transferencia sería imposible.
Comprar y vender se volvería muy complicado. Los supermercados podrían tener mercancía en sus estantes, pero dificultades para cobrarla. Las empresas podrían tener productos para despachar, pero problemas para facturar y recibir pagos. Como hoy circulamos con poco efectivo, en corto tiempo podríamos terminar dependiendo únicamente de los billetes disponibles o, en situaciones extremas, recurriendo al intercambio directo de bienes y servicios.
También se afectarían las citas y autorizaciones de la EPS, los trámites del Estado, las aplicaciones de transporte y buena parte de las comunicaciones entre personas y empresas. Don Héctor lo viviría así: la pensión consignada pero imposible de retirar, el medicamento autorizado, pero sin sistema para reclamarlo, y la hija llamando desde España sin que la llamada entre. Y si una situación así se prolongara apenas unos días, el problema dejaría de ser tecnológico: se convertiría rápidamente en una crisis económica y social.
¿Por qué contamos esta historia?
Porque las noticias reales de estos días nos dicen algo importante: se está avanzando muy rápido hacia inteligencias artificiales cada vez más poderosas, y todavía no estamos seguros de poder controlarlas siempre. La inteligencia artificial ya nos ayuda en muchas cosas útiles; el peligro no es la tecnología en sí, el peligro es seguir adelante sin garantías suficientes de que siempre hará lo que los humanos necesitamos.
Con el COVID aprendimos que un problema que parece lejano puede llegar muy rápido y cambiarlo todo; con una IA superior fuera de control, ese “muy rápido” podría ser cuestión de minutos.
Don Héctor no existe, pero su historia sirve para que cualquiera —sin saber de computadores— entienda el mensaje de los expertos: cuando una inteligencia artificial muy avanzada se descontrole, el impacto no se siente primero en laboratorios lejanos, se siente en la mañana en que un anciano en Tunja intenta cobrar su pensión y descubre que nada funciona. Y ese día, todos entenderíamos de golpe lo dependientes que somos de unos sistemas que casi nunca vemos… hasta que dejan de funcionar.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 16 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.