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El dolor del terremoto nos recuerda la grandeza de lo cotidiano

El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia dejó un saldo de 273 muertos, 3.824 heridos y 377 desaparecidos. El autor del texto, David Sáenz, docente universitario de humanidades, relata su experiencia durante el terremoto mientras impartía una clase en la Universidad. Aunque inicialmente no se dio cuenta de la gravedad de la situación, finalmente se evacuó el edificio y se reanudaron las clases después de un tiempo.

Lo que parecía ser un temblor más para los estudiantes y el profesor, resultó ser una catástrofe para muchas personas en diferentes ciudades como Cali, Pereira, Armenia, Manizales, Quibdó, San José del Palmar y Buenaventura. El autor se enteró de la gravedad de la situación al leer las noticias y las redes sociales, y se comunicó con un amigo que vive en Armenia, quien le contó sobre la destrucción y el miedo que se vivía en la ciudad.

El texto reflexiona sobre la fragilidad de la vida y cómo todo puede cambiar de un momento a otro. A pesar de la tristeza y el dolor, el autor encuentra gratitud por las cosas cotidianas que a menudo se dan por sentadas, como comida, cobijas, agua y una cama. La noche termina con la esperanza de que, a pesar del dolor, las personas puedan seguir vivos y encontrar consuelo en la belleza de lo cotidiano.

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Aunque sea un cliché, todo puede cambiar de un momento a otro.

*Por: David Sáenz Docente universitario de humanidades

El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el lunes buena parte de Colombia deja 273 muertos, 3.824 heridos y 377 desaparecidos. Foto: EFE/ Ernesto Guzmán

El día del terremoto me levanté a las 5:20 a.m. Tenía mucho sueño. Me levanté con la sensación de que me faltó sueño. Llegué a la Universidad a las 7:00 a.m. Tenía clase en el sexto piso del edificio. Inició la clase. Hablé de las raíces antropológicas de lo místico y de lo religioso. Hablé de la muerte. Dice Ernst Tugendhat que la mística nos hace conscientes de nuestra finitud; por consiguiente, nos reconciliamos con la vida.

Hablaba de esto cuando noté que los y las estudiantes murmuraban. Creo que les causó gracia que preciso mientras que hablaba de la muerte los cimientos del lugar en donde estábamos se movían. Yo no me daba por enterado. Continué con la clase. Pensé que me había equivocado de palabras. Uno de ellos me dijo: “Profe, está temblando, mire las persianas”. Las observé. No supe qué decir. Seguí hablando. Parece que no salía del letargo. Una estudiante dijo que deberíamos salir. Les dije que, por supuesto. Entonces empezamos a evacuar.

La alarma de la Universidad se activó. En las escaleras sentí que los peldaños y las barandas se movían. El descenso fue lento. Varios minutos. Los rostros no mostraban tanta afectación. Seguro que todos decíamos en nuestro interior que este sería un temblor más.

Nos fuimos a la cancha de fútbol. Conversé con varios estudiantes. Hablamos de las empanadas que les gustan, las de Toto Centro. Me dijeron que tan pronto terminara la clase irían por ese desayuno que tanto les gusta.

Después conversé con una profesora de lenguas extranjeras, Lizeth. Hablamos de su gusto por la literatura distópica, Aldous Huxley, Orwell…También me contó que está leyendo La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han. Dieron la directriz de regresar a los salones. Acompañé a la profe hasta su salón en el séptimo piso.

Después fui a la clase. Seguí hablando del tema. Lo que no sabía era que, mientras nosotros acá, en Tunja, seguíamos con la suerte de enfrentarnos al temblor como una anécdota más, en Cali, Pereira, Armenia, Manizales, Quibdó, San José del Palmar, Buenaventura y otros lugares, había gente angustiada porque las casas, los edificios y los postes de la luz se les venían encima. En otras palabras, la vida cotidiana que habían construido se les derrumbaba.

Con el paso del día entré a El Espectador y a las redes sociales. Me daba cuenta de cómo las consecuencias del terremoto se empezaban a sentir. A esta hora, 10:00 p.m., del 10 de agosto se reportan muchas muertes. Hay desaparecidos. Hay personas lesionadas. Hay ciudades, como Armenia, que recuerdan con trauma el terremoto de 1999.

Le escribí a un amigo que vive en Armenia. Me contó que el temblor se sintió tan fuerte que esta noche no puede dormir en su apartamento, dado que el edificio está invadido de grietas. Va a dormir esta noche en casa de su hermana.

Me contó que hay conocidos suyos que no pueden entrar en sus casas porque están en riesgo. Al mismo tiempo, me hablaba de la fragilidad de la vida. Aunque sea un cliché, todo puede cambiar de un momento a otro.

El día termina con tristeza. Aunque siento gratitud por llegar a casa y encontrar lo que con tanta suerte siempre encuentro —comida, cobijas, agua, una cama—, hay muchas personas para quienes esta noche será la primera de noches largas, tristes y angustiantes. Tal vez, pese al dolor, esta noche solo les diga que, pese a todo, lo más importante es seguir vivos. Tal vez en medio del dolor y de las catástrofes, solo anhelarán volver a la belleza de lo cotidiano, la rutina, la conversación espontánea, el trabajo, las onces con los amigos…

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 13 de agosto de 2026 · 6:00 p. m.

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