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El impuesto silencioso de la revaluación

En Colombia existe un fenómeno económico conocido como el impuesto silencioso de la revaluación, que afecta a quienes producen para exportar y generan divisas. Cuando el dólar cae, las familias que se dedican a la producción de bienes para la exportación, como el café, reciben menos ingresos sin haber cambiado sus prácticas ni reducido su esfuerzo.

Este fenómeno puede parecer beneficioso para algunos sectores y consumidores, ya que una moneda más fuerte puede hacer que viajar sea más barato y que algunos bienes importados sean más asequibles. Sin embargo, las economías no prosperan solo por consumir más bienes importados, sino por su capacidad para producir, exportar y generar empleo. Si la competitividad del aparato productivo se deteriora, los beneficios de corto plazo pueden convertirse en menores inversiones, menor crecimiento y menos oportunidades para las familias colombianas.

El café es un ejemplo claro de esto, ya que Colombia exporta cerca del 90% del café que produce y más de 550.000 familias dependen directamente de la sostenibilidad financiera de su negocio agrícola. Cuando la tasa de cambio cae, miles de millones de pesos dejan de llegar a las regiones cafeteras. Por lo tanto, es importante encontrar un equilibrio en la tasa de cambio para no debilitar a quienes producen, exportan y generan las divisas que Colombia necesita.

Las naciones deben ser cuidadosas cuando la fortaleza de su moneda comienza a debilitar la competitividad de quienes producen y exportan. La respuesta no puede limitarse a observar el comportamiento del dólar; en su lugar, el país necesita herramientas modernas de competitividad, como infraestructura, logística eficiente, acceso al crédito, innovación y promoción comercial. El nuevo Gobierno tiene la oportunidad de construir, de la mano del sector productivo, una agenda moderna de competitividad exportadora.

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En Colombia existe un impuesto del que poco se habla. No aparece en el Estatuto Tributario, no pasa por el Congreso y no se recauda a través de la DIAN. Pero lo sienten todos los días quienes producen para exportar, generan divisas y compiten en los mercados internacionales.

Es el impuesto silencioso de la revaluación.

El café colombiano se vende al mundo en dólares, pero se produce en pesos. Cuando el dólar cae, las familias cafeteras reciben menos ingresos sin haber producido menos café, sin cambiar sus prácticas agrícolas y sin haber reducido su esfuerzo.

Esa es la dureza de este fenómeno, que castiga el ingreso de quienes trabajan, invierten y exportan, sin que necesariamente hayan hecho algo mal.

Para algunos sectores y consumidores, una moneda más fuerte puede parecer inicialmente una buena noticia. Viajar es más barato, algunos bienes importados reducen su precio y el consumo se beneficia temporalmente de una mayor capacidad adquisitiva frente al exterior.

Sin embargo, las economías no prosperan por consumir más bienes importados, sino por su capacidad para producir, exportar y generar empleo. Si la competitividad del aparato productivo se deteriora, los beneficios de corto plazo terminan convirtiéndose en menores inversiones, menor crecimiento y menos oportunidades para las familias colombianas.

Las economías modernas necesitan consumidores fuertes, pero aún más importante, necesitan productores fuertes.

El café es un buen ejemplo para entender esta realidad. Colombia exporta cerca del 90 % del café que produce y más de 550.000 familias dependen directamente de la sostenibilidad financiera de su negocio agrícola. Cuando la tasa de cambio cae, miles de millones de pesos dejan de llegar a las regiones cafeteras.

Nadie está proponiendo perseguir artificialmente una tasa de cambio alta. Las tasas de cambio deben reflejar las condiciones económicas del país. Pero tampoco podemos ignorar que una moneda excesivamente fuerte puede terminar debilitando precisamente a quienes producen, exportan y generan las divisas que Colombia necesita.

Las naciones deben ser cuidadosas cuando la fortaleza de su moneda comienza a debilitar la competitividad de quienes producen y exportan. El bienestar que genera una moneda fuerte en el corto plazo puede convertirse en un desafío económico mayor si el país pierde capacidad para invertir, generar empleo y conquistar mercados internacionales.

Las economías exportadoras más exitosas del mundo entendieron hace décadas que la competitividad no es una responsabilidad exclusiva de las empresas. Es una construcción conjunta entre el Estado y quienes producen, invierten y generan empleo. Ninguna de las grandes economías exportadoras del mundo llegó a serlo dejando solos a sus exportadores.

Por eso, la respuesta no puede limitarse a observar el comportamiento del dólar. El país necesita herramientas modernas de competitividad, como lo son infraestructura, logística eficiente, acceso al crédito, innovación y promoción comercial. La discusión es sobre la capacidad de Colombia para seguir siendo un país que produce, exporta y genera progreso en sus regiones.

El nuevo Gobierno tiene la oportunidad de construir, de la mano del sector productivo, una agenda moderna de competitividad exportadora, con acceso a instrumentos de cobertura cambiaria para los productores, reducción de costos logísticos y financieros, fortalecimiento de la infraestructura, promoción comercial e incentivos a la inversión exportadora.

Porque la competitividad exportadora no es una preocupación gremial. Es una conversación sobre el futuro económico del país.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 3 de julio de 2026 · 7:00 a. m.

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