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Misoginia internalizada en las mujeres

La muerte de Yulixa Tolosa en una clínica estética clandestina de Bogotá ha vuelto a plantear la pregunta sobre por qué se culpa a las mujeres víctimas. Comentarios como «¿quién la mandó operarse?» o «le pasó por vanidosa» reflejan un juicio moral que señala a la víctima en lugar de cuestionar el sistema que la llevó a esa situación.

Lo más doloroso es que estos comentarios a menudo provienen de otras mujeres, especialmente jóvenes que se ajustan al molde de belleza promovido por el patriarcado. Estas mujeres defienden el sistema sin darse cuenta, creyendo que el estándar de belleza las favorece y que el sufrimiento ajeno es lejano o merecido. Esto resalta que la misoginia no siempre tiene voz masculina, sino que a veces se interioriza y reproduce en nosotras mismas.

La sociedad enseña a las mujeres que su cuerpo es un proyecto eterno de corrección, nunca suficiente, nunca terminado. La presión por encajar y agradar es constante, y muchas deciden modificar sus cuerpos en un mundo que glorifica la delgadez y la juventud eterna. La apariencia física se convierte en capital social, y las decisiones no nacen en el vacío, sino en un entorno que convierte la belleza en un requisito para ser visible, deseada o respetada.

Cuestionar este sistema implica revisar nuestras propias violencias cotidianas internalizadas, como comentarios sobre cuerpos ajenos, burlas y estándares imposibles. Existe una violencia estética que erosiona la autoestima de millones de mujeres, enseñándoles a mirarse con desprecio y a competir entre sí. Esta misoginia normalizada hace que muchas veces terminemos defendiendo aquello que nos hiere y destruye.

Por eso duele escuchar a mujeres burlándose de otras mujeres, mostrando indiferencia y falta de empatía. Sería mejor guardar silencio si no hay nada humano o digno que decir, porque nadie merece morir intentando alcanzar un ideal inalcanzable, y ninguna mujer debería ser convertida en culpable de una violencia que el sistema le enseñó a desear.

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La reciente muerte de Yulixa Tolosa en una clínica estética clandestina de Bogotá volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda que como sociedad llevamos años esquivando: ¿por qué seguimos culpando a las mujeres incluso cuando son víctimas?

“Pero ¿quién la mando operarse?” “Eso le pasó por vanidosa”. “Uno sabe a lo que se expone”, entre otros comentarios que hace la gente carente de empatía, y entonces aparece el juicio moral disfrazado de sensatez. La sentencia rápida; la comodidad de señalar a una mujer antes que cuestionar el sistema entero que la empujó hasta allí.

Lo más doloroso es que muchas veces esos comentarios vienen de otras mujeres, estudiantes jóvenes, delgadas, ajustadas perfectamente al molde de belleza que el patriarcado premia y exhibe. Mujeres que aprendieron tan bien las reglas del sistema que ahora lo defienden sin darse cuenta, porque mientras el estándar las favorezca, el sufrimiento ajeno parece lejano, exagerado o merecido. Desde esa comodidad hablan, desde ese privilegio con la arrogancia de que eso, jamás les ocurrirá. Y ahí está el problema de fondo: la misoginia no siempre tiene voz masculina, a veces habita en nosotras mismas, se interioriza, se reproduce, se normaliza.

Alguna vez una conocida me dijo que dejara de escribir sobre mujeres, que “no todo gira alrededor de nosotras”. Pero basta mirar alrededor para entender que sí hay algo girando constantemente sobre nuestros cuerpos: la vigilancia, la exigencia estética, la presión por agradar, por encajar, por ser admiradas. Nos enseñaron que el cuerpo femenino es un proyecto eterno de corrección. Nunca suficiente. Nunca terminado, demasiado gorda, muy flaca, vieja, natural, operada.

Claro que muchas deciden modificar sus cuerpos, pero las decisiones no nacen en el vacío, se toman en un mundo que glorifica la delgadez extrema, que premia la juventud eterna y que convierte la apariencia física en capital social. Se toman en una sociedad donde muchas mujeres sienten que, para ser visibles, deseadas o incluso respetadas, deben transformarse.

Y aun así preferimos hacernos los ciegos. Porque cuestionar implica revisar nuestras propias violencias cotidianas internalizadas: los comentarios sobre cuerpos ajenos, las burlas, los estándares imposibles, los filtros, las comparaciones, la superioridad moral de quienes creen estar “por encima” de esas decisiones.

Porque sí: existe una violencia estética, una presión silenciosa y persistente que erosiona la autoestima de millones de mujeres desde la infancia, enseñándonos a mirarnos con desprecio frente al espejo, a competir entre nosotras y a medir nuestro valor a partir de estándares imposibles. Es una misoginia tan profundamente normalizada que muchas veces terminamos defendiendo aquello mismo que nos hiere y nos destruye.

Por eso duele tanto escuchar a mujeres burlándose de otras mujeres; duele la indiferencia, la incapacidad de sentir empatía y la facilidad con la que se deshumaniza el dolor ajeno. Al menos, si no hay nada humano, sensible o digno que decir, sería mejor guardar silencio, porque nadie merece morir intentando alcanzar un ideal inalcanzable, y ninguna mujer debería ser convertida en culpable de una violencia que el mismo sistema le enseñó a desear.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 21 de mayo de 2026 · 7:00 a. m.

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