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La Victoria, el punto de encuentro en el proceso de paz entre el Gobierno y los revolucionarios del llano El agente del DAS que invadió Venezuela #Historiasdecasanare

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Los escritos que se han editado sobre la ‘guerra que se generó después de la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán’ y la resistencia llanera, se han centrado básicamente en la entrega de armas, lo que llamaron en esa época el armisticio; ¿pero, cómo se llegó a eso?

Para averiguar eso, nos pusimos al lado de José Guillermo Salamanca, quien para la época estaba por cumplir los 14 años de edad y que por cosas del destino se vio involucrado en el episodio que le marcó el resto de su vida.

Todo empezó un día, a mediados del año 51, cuando llegaron a la casa —donde vivía con su señora madre por lo lados de Tacarimena, zona rural de Yopal—  unos agentes del Gobierno, uniformados de color caqui,  portando fusiles, la mayoría de ellos con la culata tallada en madera y bayoneta calada: penetraron con violencia a la habitación, mientras que el joven José Guillermo y su madre, aterrados, observaban desde un rincón cómo, el que parecía ser comandante de la tropa, se paseaba como un pavo por la sala, con aire arrogante daba zancadas mostrando las botas media caña, entrando a los cuartos de dormir, mirando por debajo de los camastros y en todos los rincones de la rustica vivienda, buscando, según ellos, un chusmero que se encondía allí;   otros agentes  rodeaban el solar, la trocha y la casa construida en horcones, tapia pisada y tablas aserradas a mano con techo de paja de la sabana y moriche.

El joven José Guillermo Salamanca Vega había nacido en Nunchía, y como todos los muchachos de su época, a esa edad, los hombres eran expertos en el manejo del ganado, las sogas y los caballos, con los cuales se trochaba desde muy temprana edad.

Guillermo Salamanca, testigo presencial de las reuniones previas al armisticio. Foto: Boyacá Sie7e Días

En medio del terror que generaba la escena, el que actuaba de comandante señaló de manera amenazante al muchacho —“este debe ser chusmero, llévenselo”—.

No valieron las súplicas de la mamá que implorada de rodillas, llorando agitadamente, que no lo fueran a matar, que era su único hijo.  ¡Nada valió! Lo sacaron de la casa y lo unieron a otros dos muchachos de su edad que habían ‘capturado’ en otra finca de la región.

Le ataron las manos con un trozo de cabuya a la altura del ombligo y lo montaron en el anca de un caballo que jineteaba uno de los uniformados, quien solo le dio tiempo para una última mirada a la casa, donde la mama, de rodillas, imploraba por la vida de su hijo. 

Cabalgaron rumbo a la vereda El Tiestal, hasta llegar, en las últimas horas del día, por una angosta pica, a la   hacienda La Victoria, donde funcionaba el cuartel de las tropas del Ejército, una casa de dos pisos en la que sobresalía un amplio salón donde se cruzaban hamacas y chinchorros de diferentes colores y en los costados, unas mesas y taburetes tallados en madera, con asiento y espaldar de cuero crudo.

Entrega de armas de los hombres de Berardo Giraldo en Nunchía, Casanare. Foto: archivo particular

Llegando a La Victoria los uniformados se fueron apeando de sus monturas.

El uniformado quien llevaba en el anca a Guillermo se bajó y corrió hacia la tinaja de agua, ávido por la sed, tiempo que José Guillermo aprovechó para soltarse las ligaduras con los dientes, tomó las riendas del caballo, lo taloneó de tal manera que, con la velocidad de un relámpago, en segundos estaba metido en una mata de monte, desde donde escuchó las ráfagas de tiros que le hicieron.

Había logrado volarse; ahora la preocupación era la mamá, pues, con toda seguridad —“van a la casa a matarla”—. Pensó con angustia. Preocupado por la suerte que podría tener su progenitora, tomó unas trochas que solo los criollos conocen, hasta llegar en las, primeras horas de la madrugada a la casa donde su madre aún no paraba de llorar.

Desaperó el caballo y lo soltó a la sabana para luego salir apresurados, a pie, amparados por las sombras de la madrugada con rumbo a Yopal, para, una vez allí, asilarla donde unos parientes.

Guadalupe Salcedo, en compañía de los hermanos Bautista y delegados oficiales del Gobierno nacional. Foto: archivo particular

En cuestión de pocos días José Guillermo se enroló en las tropas revolucionarias liberales que comandaba Berardo Giraldo, a quien llamaban el ‘Tuerto’ Giraldo, donde recibió la formación militar para combatir. Con un tubo de acero y un trozo de madera, fabricó su propio fusil casero, tiro a tiro, el cual mantuvo hasta el día de la entrega de armas en el Tablón de Nunchía.

Después de muchas misiones, regularmente de abastecimiento de las tropas y de comunicaciones, ‘estafeta’ entre los diferentes comandos, José Guillermo recibió la orden de hacer parte del pelotón que acompañaría al ‘Tuerto’ Giraldo, a la cumbre de comandantes convocada por Guadalupe Salcedo y Eduardo Franco Isaza, precisamente en La Victoria. —“Preciso donde una noche se les había volado al Ejército”—.

Con mucho miedo, que no podía demostrar, llegó a esa hacienda, con tan buena suerte que los uniformados que en esa ocasión lo habían perseguido y amenazado, no estaban, los habían relevado.

Los caminos circundantes de la casa los custodiaban tropas del Ejército traídos de Bogotá, “para seguridad de los negociadores de la mesa de paz, que por primera vez reunió a los comandantes de la guerrilla liberal y agentes del Gobierno de Gustavo Rojas Pinilla”.

En cuestión de tres o cuatro días fueron llegando, además de Guadalupe Salcedo y sus hombres más cercanos, los hermanos Eulogio, Francisco y Eduardo Fonseca Galán, José Alvear Restrepo, Dúmar Aljure, Manuel y Roberto Bautista, Carlos el ‘Pote’ Rodríguez, Minuto Colmenares, Eliseo Fajardo, Vitelio Castrillón, Marcos Achagua, Víctor López, Jorge González.  Alfonso Guerrero ‘Cariño’, Rafael Sandoval ‘Failache’, Eduardo Nossa, Carlos Roa y otros comandantes de no menos importancia.

A los dos días de estar reunida la cumbre de comandantes, llegó a La Victoria un avión DC-3 del Gobierno, de donde fueron descendiendo Carlos Lleras Retrepo, a quien Guadalupe reconocía como el jefe máximo  de las tropas revolucionarias liberales; además, en persona, el expresidente Mariano Ospina Pérez, Gilberto Álzate Avendaño y Gilberto Vieira, los delegados de Alfonso López y Laureano Gómez, quienes eran los jefes de los partidos políticos con quienes se acordarían las bases para un armisticio.

Ellos, quienes participaron en esta cumbre, saben de ese primer acuerdo de paz, firmado entre los rebeldes llaneros y el Gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla.

Lo real, es que el 13 de septiembre de 1953, en el sitio Las Delicias, Guadalupe Salcedo Unda entregó su fusil al General Alfredo Duarte Blum.

José Guillermo se alistó en el Ejército que tiempo atrás lo había perseguido, donde fue un garante de los acuerdos firmados en La Victoria.

BS

Escrito por

Boyacá Siete Días

Publicado el 14 de diciembre de 2025 · 9:45 a. m.

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