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Boyacá desde el fogón – Jorgeá Sánchez Vargas #ColumnistaInvitado

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En tiempos donde se habla más de corrupción, inseguridad y pobreza que de los tesoros culturales, Boyacá nos recordó que hay luces que alegran el andar en el camino. Esta vez, no por la vía de la historia heroica o las batallas de antaño, sino por la senda silenciosa y poderosa de sus fogones. La cocina campesina boyacense, esa que nace entre montañas, valles y trochas, en todo tipo de hogares, fue reconocida como un patrimonio vivo. Y lo ha sido, no por sus lujos, sino por su memoria.

El libro ‘Cocinas campesinas de Boyacá, Colombia: Pa’sumercé’, fue merecedor del premio ‘Gourmand World Cookbook Awards 2025’, es más que una recopilación de recetas. Es, sobre todo, un acto de justicia y reconocimiento. Lo que allí se narra, se guisa y se saborea es la vida misma de los campesinos boyacenses. Mujeres y hombres que no necesitan títulos ni discursos porque ya dijeron todo con sus manos, con su siembra, con su olla al fuego.

Que se premie a Boyacá por su cocina no es un capricho del destino. Es la evidencia de que hay otra Colombia por contar: la de la dignidad rural, la del conocimiento popular, la de los saberes que no caben en un aula pero que sostienen la nación. Un territorio donde la geografía no es un obstáculo, sino parte esencial de su cultura. Donde cada páramo, cada piedra y cada riachuelo aportan sabor a lo que se pone en el plato.

Los autores del libro —Ricardo Malagón Barbero, Valentina Gómez y Carlos David Martínez— saben que el mérito no es suyo en exclusiva. Como bien dijo Malagón al recibir el premio en Portugal: “Lo único que hicimos fue escucharlos y devolverles su historia en forma de libro”. Y eso es, justamente, lo que hace grande esta obra: poner en el centro a los verdaderos protagonistas. A las cocineras que hacen mute, cocido boyacense, mazamorra chiquita, puchero, cuchuco de trigo con espinazo, picada con morcilla y longaniza, arepa boyacense, sin pensar en premios, pero con una memoria intacta que resiste y se reinventa.

Esta victoria no se cocinó en una cocina de mármol, sino en fogones de leña, con barro en los zapatos y gratitud en el corazón. Así lo expresó el productor audiovisual José Luis Rivera, al señalar que fue un recorrido de madrugadas, en los caminos polvorientos y con hambre de aprender. Una investigación con alma, donde las grabadoras y libretas fueron testigos de lo esencial: la transmisión de un legado.

El reconocimiento al equipo de Ricardo Malagón se suma a otros logros en el Meta, Chocó, La Guajira y San Andrés, creando un mapa de sabores que también es de dignidad. Colombia, con todas sus fracturas, guarda en su cocina popular una posibilidad de país. Porque allí donde la política falla, la cultura resiste. Y pocas cosas nos enseñan más sobre justicia, sostenibilidad y comunidad que un fogón prendido.

En cualquier lugar del mundo, los pueblos necesitan ser vistos, reconocidos, abrazados. Y no hay gesto más profundo que decirle a un campesino: “Tu comida vale. Tu historia importa”. Boyacá, así, fue mirado con otros ojos. No por sus precariedades ni por sus políticos de turno, sino por su gente anónima que cocina con lo que hay, y, aun así, da más.

Que este logro sirva de espejo. Que miremos nuestros municipios con hambre de verdad, de historia, de sabor. Que entendamos que el conocimiento también huele a sopa caliente, sabe a arepa asada y suena a risas compartidas alrededor de una mesa. Porque en ese universo humilde está la clave para reconciliarnos con lo que somos.

Hoy ganaron ellos, los campesinos, pero también los que investigaron y escribieron. Ganamos todos. Porque cada vez que una receta se rescata, una abuela se recuerda, y una olla se honra. Colombia se reconstruye desde adentro. Desde lo más hondo. Desde el fogón. (Desde Villa Mercedes en Paipa).

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 15 de julio de 2025 · 7:00 a. m.

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