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Es la penumbra. El ruido del día ha cesado; solo se escuchan las chicharras y el relampagueo de las luciérnagas. Elvira continúa tejiendo un saco a dos agujas, bien sea por vocación o por inercia. Sus manos se mueven en la rutina de los puntos, las cadenetas y los moños, mientras sus pensamientos oscilan entre la cotidianeidad y los sueños del futuro.
Vencida por el cansancio, se levanta del sillón donde ha permanecido durante tres décadas. Primero se acerca a la ventana, con la absoluta certeza de que verá las mismas paredes heredadas desde la Colonia, pero con la esperanza de encontrar algún bullicio de borrachos o una pelea de parejas, que es lo único capaz de perturbar la paz de Firavitoba. Con el dedo sobre el interruptor de la luz, recuerda la ruana de doña Carlota que debe enviar a Bogotá.
Al regresar a su lecho, no alcanza a dimensionar el legado cultural que sostiene: el alma misma de nuestro territorio. La historia de este oficio remite directamente a la tradición textil muisca —donde el tejido en algodón era símbolo de rango, pensamiento y trueque—, fusionada durante la Colonia con la lana de oveja y las agujas hispánicas para dar vida a la identidad artesanal de Boyacá.
Sin saberlo, Elvira forma parte de esa larga historia. Cada punto que teje es la continuidad de una tradición que ha sobrevivido al paso de los siglos. Mientras piensa en la ruana de doña Carlota y en las pequeñas preocupaciones diarias, sus manos hacen lo que otras hicieron cientos de años atrás: transformar un hilo en abrigo, en arte, en memoria y en identidad.
Ahí, en la aparente sencillez de una mujer sentada en el mismo sillón durante décadas, reside uno de los grandes tesoros de Boyacá: la memoria de un pueblo que todavía sabe tejer su historia.
Ya entregada al descanso, escucha el zumbido del celular. Toma las gafas y observa la pantalla. Ha sido excluida de la selección de empresarios para el Festival Internacional de la Cultura Campesina (FICC), justo cuando celebraba haberse visto en el primer listado.

Su decepción se manifiesta en un resuello. No necesita decir más. En su mente aparece una explicación que conoce demasiado bien: la política. A ella le debe algunos de sus antepasados muertos, bien fuera en esta guerra o en la anterior, o en aquellas contiendas donde los colombianos terminaron matándose por causa de la exclusión.
Pero el desencanto no la detendrá. Su esperanza está puesta en Expoartesanías y en los espacios que todavía quedan por conquistar. Eso es también lo que hace grande a Boyacá: la fe de su gente en que puede llegar hasta donde se lo proponga.
Por eso, la historia de Elvira no es solo la de una mujer que teje. Es la de tantos artesanos y emprendedores de Boyacá que, por decisiones de una organización o por dinámicas ajenas a su control, no estarán en el FICC, pero tampoco desfallecen.
Ellos saben que una selección o un estand en una feria no define el valor de su trabajo.
El verdadero valor está en continuar. En levantarse al día siguiente. En volver a tomar las agujas. En volver a estar frente al telar. En volver a creer.
La iniciativa de un boyacense es mucho más grande que cualquier escenario al que no haya sido invitado. Y Elvira lo sabe. Por eso guarda sus agujas. Mañana habrá otro hilo que enlazar, otra ruana que terminar, otra puerta que tocar. Mientras sus manos sigan tejiendo, su historia no podrá ser excluida.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 8 de octubre de 2026 · 11:00 a. m.