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No pensé que a la mayoría de mis estudiantes les hubiera gustado ¡Que viva la música! Tal vez porque imaginaba que una novela escrita en los años setenta, con un lenguaje tan particular, atravesada por la música, los excesos, la noche y una juventud que parece correr sin saber muy bien hacia dónde, podía resultarles distante. Pero ocurrió lo contrario. La novela los incomodó, los desconcertó y, precisamente por eso, terminó atrapándolos.
Quizás uno de los mayores desafíos de leer a Andrés Caicedo hoy consiste en aceptar que no todo tiene que entregarnos la información de inmediato. Estamos acostumbrados a la velocidad. Compramos un libro y queremos que nos diga rápidamente qué ocurre; buscamos respuestas, conclusiones, desenlaces. Vivimos bajo la lógica de la inmediatez: aceleramos los procesos, reducimos los tiempos y, con la llegada de la inteligencia artificial, incluso hemos empezado a delegar en las máquinas la tarea de resumir, sintetizar y responder por nosotros. Leer a Caicedo exige, en cambio, detenerse, escuchar una voz, entrar en una conciencia.
Su escritura no avanza únicamente para contarnos una historia. Avanza para mostrarnos lo que ocurre dentro de quien la cuenta. Hay en su prosa una especie de respiración lírica, una narrativa que se vuelve introspección y una mirada filosófica sobre la existencia, la juventud, el deseo y la libertad. Caicedo no parece escribir desde la distancia de quien observa a sus personajes; escribe desde las entrañas de una generación que quiere vivir intensamente antes de que la vida se le escape.
Y entonces aparece María del Carmen Huertas, la Mona, esa muchacha que decide abandonar el norte de Cali y emprender un viaje que es, a la vez, geográfico, musical y existencial. Con ella también cambia la música: del rock a la salsa, del norte al sur, de una forma de entender el mundo a otra. Pero lo que verdaderamente cambia es ella. O, mejor dicho, la imagen que tiene de sí misma.
María del Carmen quiere ser libre. Quiere romper con las convenciones, experimentar, bailar, amar, recorrer la ciudad, desafiar aquello que otros esperan de ella. En ese tránsito deja de ser simplemente la Mona para convertirse en la Siempreviva: una mujer que parece reinventarse mientras se consume, y allí está una de las grandes paradojas de la novela: aquello que comienza como una búsqueda de libertad puede terminar convirtiéndose en otra forma de esclavitud.
Los excesos aparecen entonces no solo como una provocación juvenil, sino también como una pregunta. ¿Hasta dónde podemos llevar el deseo de vivir sin límites antes de que los límites desaparezcan por completo? ¿En qué momento la libertad deja de ser una elección y comienza a elegir por nosotros?
Tal vez por eso María del Carmen sigue resultando tan cercana. Porque no pertenece únicamente a la Cali de Caicedo ni a la juventud de los años setenta. En ella pueden reconocerse muchas generaciones que han querido escapar de las normas, romper con lo establecido y construir su propia manera de estar en el mundo, incluso puede leerse como una suerte de proyección literaria de Caicedo: una voz que lleva al extremo sus propias obsesiones, sus deseos, sus contradicciones y esa conciencia permanente de la juventud frente a la fugacidad de la vida.
Al conversar con mis estudiantes, me sorprendió descubrir que muchos encontraron precisamente allí el valor de la novela. Algunos dijeron que los había sacado de su zona de confort. Otros reconocieron que les gustó porque no podían anticipar con facilidad hacia dónde conduciría la historia, y hubo quienes encontraron especialmente significativo que Caicedo hubiese decidido hablar de los jóvenes, de sus búsquedas, de sus conflictos y de sus excesos en una época en la que quizá no era tan frecuente que la literatura los mirara desde adentro.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 8 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.