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Hay despedidas que se reconocen con lágrimas. Otras, con aplausos. Y hay algunas que parecen pedir silencio, porque detrás de ellas hay incontables kilómetros, exigentes montañas y demasiada vida.
Nairo Quintana acaba de bajarse de la bicicleta profesional. El 3 de octubre disputó en Italia el Giro dell’Emilia, su última carrera, después de quince temporadas en la élite.
Se marcha con 53 victorias, 42 de ellas con Movistar, dos grandes vueltas conquistadas y tres podios en el Tour de Francia. El pelotón le tributó calle de honor antes de la salida.
Reducir a Nairo a cifras es casi una descortesía. Ganó el Giro de Italia en el 2014, convirtiéndose en el primer colombiano y latinoamericano en conquistar la Corsa Rosa.
Dos años después ganó la Vuelta a España, imponiéndose a Chris Froome y Esteban Chaves, también colombiano, en el tercer lugar. En el Tour fue segundo en 2013 y 2015 y tercero en 2016.
España tiene, por eso, una razón especial para despedirlo. Ganó la Vuelta de 2016, vistió de rojo y dejó una de las páginas más importantes de su carrera.
Pero su historia empezó mucho más lejos, en las montañas de Boyacá, donde pedalear no era profesión ni espectáculo, sino una manera de desplazarse y de llegar a la escuela.
La bicicleta especial con la que disputó su última carrera llevaba ese recuerdo: una línea azul que representa el trayecto que hacía de niño desde su casa hasta la escuela.
En los colores rosa y rojo quedaron representados, además, el Giro de 2014 y la Vuelta a España de 2016. Una bicicleta convertida en biografía. Y quizá ahí comienza la lección de Nairo.
Porque una meta sin disciplina es apenas un deseo. Y ninguna montaña se conquista solo con talento. Hace falta persistencia cuando las piernas duelen, resiliencia cuando la carrera se tuerce y humildad para entender que no todos los días se puede llevar el maillot de líder.
Hay jornadas para atacar y otras para trabajar para el compañero. Hay momentos para ser gregario y otros para asumir la responsabilidad de jefe de filas. Saber cuál papel corresponde desempeñar es una forma de inteligencia.
El buen profesional no necesita ser protagonista todos los días: necesita hacer bien lo que toca cuando corresponde.
Y hay algo más en su ejemplo: respetar las reglas. El ciclismo tiene normas, jueces, sanciones y una línea de llegada que no se puede mover según conveniencia.
Por eso la despedida de Nairo trasciende el deporte. Su ejemplo sirve para el médico, el maestro, el periodista, el empresario, el constructor, el trabajador, el estudiante y también para quienes ejercen responsabilidades públicas.
En una sociedad democrática resulta saludable recordar que las reglas fueron creadas para que todos las cumplan. Nairono ganó el Tour de Francia. Y, sin embargo, su historia no necesitó ese trofeo para ser grande. Ganó el Giro, ganó la Vuelta a España y, sobre todo, consiguió convertirse en referencia para una generación que aprendió a mirar hacia las cumbres.
Ahora comienza otra etapa. Retirarse no siempre significa abandonar.
A veces significa dejar de competir para empezar a convertirse en memoria. En identificador de nuevos campeones. La última montaña de Nairo ya no está en una carretera. Está en el legado. Y esa montaña no se sube en bicicleta.
Comentarios a [email protected] de la Red Internacional de Periodistas RIP Press desde Paipa, Boyacá, Colombia.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 7 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.