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Hay fenómenos políticos que no se explican solamente con votos. Se explican con la manera en que una persona entiende el poder, se relaciona con la gente y asume la responsabilidad de ocupar un cargo público.
Rafael Acevedo es hoy uno de esos fenómenos.
No lo digo únicamente porque haya ganado una elección atípica y asumido la Alcaldía de Tunja para un periodo corto. Tampoco porque tenga una trayectoria que incluye haber sido diputado de Boyacá y secretario de Infraestructura de Tunja. Lo digo por algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de encontrar cuando alguien llega al poder: sigue siendo accesible.
Escucha, atiende, saluda, recuerda a las personas, se detiene a conversar, sabe relacionarse. Y, al menos en lo que he podido observar durante el tiempo que he compartido con él, conserva una idea que la política debería proteger como uno de sus principios esenciales: que gobernar es, ante todo, servir.
Parece elemental. Pero no siempre lo es.
El poder puede levantar barreras. Puede llenar de protocolos una conversación que antes era sencilla. Puede hacer que una persona deje de caminar por los mismos lugares, de escuchar las mismas preocupaciones y de reconocer los mismos rostros. Por eso, cuando alguien llega a una posición de autoridad y mantiene la capacidad de mirar a los ojos, escuchar y conversar con naturalidad, hay algo que merece ser estudiado.
No se trata de idealizar a nadie. Un gobierno se debe evaluar por sus decisiones, sus resultados, la ejecución de sus políticas y la capacidad de resolver los problemas de la ciudadanía. La cercanía, por sí sola, no reemplaza la gestión.
Pero la cercanía sí puede ser el punto de partida de algo fundamental: la confianza, y quizás ahí esté una de las claves para entender lo ocurrido con Acevedo. Durante su proceso político entendió algo que muchas veces se olvida: quienes han acompañado durante años una causa son importantes, pero ninguna construcción política puede cerrarse sobre sí misma.
Para crecer hay que sumar. Hay que escuchar otros sectores, entender otras miradas, reconocer nuevas voces y construir puentes sin exigirle a todo el mundo pensar exactamente igual.
En política, sumar no significa renunciar a las convicciones, significa entender que una ciudad es mucho más grande que cualquier grupo político.
Eso también explica, en parte, el fenómeno.
He tenido la oportunidad de compartir este proceso desde una posición particular. No llegué a él solamente para acompañar una campaña. Llegué también con mi propia historia, mi liderazgo, mi propia formación y mi propia manera de entender lo público. Y en este tiempo he tratado de observar, aprender y comprender qué hace que una persona consiga generar vínculos tan distintos con la gente.
Hay cosas que no se aprenden únicamente en un salón de clases, se aprenden caminando el territorio, escuchando a la comunidad, entendiendo los errores, asumiendo responsabilidades, aprendiendo de la experiencia. Y, sobre todo, comprendiendo que detrás de cada cifra, cada proyecto y cada decisión administrativa hay personas.
No conozco todas las etapas de Rafael Acevedo. No podría hablar con propiedad de cada momento de su trayectoria como diputado o como secretario de Infraestructura. Pero sí puedo hablar de lo que he visto en esta etapa y de lo que esta experiencia me ha permitido comprender.
La política puede recuperar algo que parecía haberse perdido: la conversación directa con la ciudadanía.
Tunja necesita precisamente eso; necesita instituciones abiertas, funcionarios que escuchen, medios de comunicación con acceso a la información, comunidades que puedan plantear sus preocupaciones y gobiernos capaces de explicar sus decisiones de frente. La administración pública no puede convertirse en una estructura distante de la gente que pretende servir.
Por eso, más que hablar de Rafael Acevedo como una excepción personal, prefiero hablar de lo que su llegada puede representar como pregunta para nuestra política boyacense. ¿Qué pasa cuando el ciudadano vuelve a sentir que puede acercarse al poder?
La respuesta no debería estar solamente en una persona, debería convertirse en una forma de hacer política. Porque quienes aspiramos a liderar nuestras comunidades tenemos una responsabilidad adicional, aprender de las experiencias que tenemos cerca, reconocer aquello que funciona y construir nuestra propia manera de servir sin copiar a nadie.
Yo, particularmente, he decidido observar este proceso con esa disposición y evolucionar, aprender de lo bueno, entender las decisiones, escuchar a la gente y recordar que la política no puede ser una carrera para alejarnos de la ciudadanía, sino una oportunidad para acercarnos más a ella.
Rafael Acevedo es hoy un fenómeno político atípico en Boyacá. Pero quizás lo verdaderamente importante no sea preguntarnos cuánto durará el fenómeno.
La pregunta es qué enseñanza dejará, si logra demostrar que se puede ejercer autoridad sin perder cercanía, que se puede construir liderazgo sin levantar muros, que se puede sumar sin renunciar a las convicciones y que se puede llegar al poder sin olvidar para qué se llegó, entonces su mayor aporte no estará solamente en las obras o decisiones de su administración, estará en recordar algo que nunca debimos olvidar: la política empieza y termina en las personas y quienes decidimos caminar por ese camino tenemos que entender que el liderazgo no se trata de estar por encima de la gente, se trata de estar a su lado cuando más se necesita o importa.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 5 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.