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Evaluar al maestro, pero también mirar el aula

El proyecto de ley impulsado por Daniel Briceño ha reactivado el debate sobre la evaluación docente en Colombia, planteando la cuestión de por qué no evaluar a quienes forman a millones de niños y jóvenes. Tras conversar con una docente de una institución pública en Sogamoso y una colega del sector educativo en Bogotá, se evidencia que el problema no es la necesidad de evaluar, sino el modo en que se lleva a cabo.

Ambas profesionales coinciden en que la evaluación debe ser cualitativa, formativa y contextualizada, reconociendo las marcadas diferencias entre escuelas con recursos y conectividad y aquellas en zonas rurales o periféricas marcadas por pobreza y violencia. La medida debe servir para identificar buenas prácticas, acompañar a los docentes con dificultades y ofrecer oportunidades de desarrollo, sin reducirse a un mecanismo punitivo o a una competencia de indicadores.

Además, la evaluación debe contribuir a una renovación generacional ordenada, aprovechando la experiencia de los maestros veteranos como mentores mientras se incorpora a nuevos profesionales con metodologías innovadoras. El objetivo último es mejorar el aprendizaje de los estudiantes, garantizando que cada niño y adolescente reciba una educación de calidad, sin importar su ubicación.

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La discusión sobre la evaluación docente volvió al centro del debate público colombiano con el proyecto de ley presentado por Daniel Briceño. La pregunta parece sencilla: si evaluamos a los funcionarios públicos, ¿por qué no evaluar también a quienes tienen en sus manos la formación de millones de niños y jóvenes?

Sin embargo, después de conversar con dos amigas, por un lado una es docente de una institución pública en Sogamoso y la otra es una colega que trabaja en el sector educativo en Bogotá sobre evaluación, mérito e incentivos, creo que la discusión es mucho más compleja. El problema no es decidir si debemos evaluar a los maestros, sino cómo hacerlo.

Una de ellas cuestiona el modelo actual por considerarlo cuantitativo, punitivo e individualizante. Propone una evaluación más cualitativa, formativa, colectiva y contextualizada. La otra tampoco considera adecuado el sistema vigente, pero su crítica es diferente: no rechaza la evaluación individual, sino las categorías, escalas y metodologías con las que actualmente se realiza.

A pesar de sus diferencias, ambas coinciden en algo fundamental: la evaluación debería servir principalmente para mejorar las prácticas pedagógicas y no simplemente para castigar al docente. También consideran que, cuando se identifican dificultades, la respuesta debería ser acompañamiento y formación.

No todos los docentes trabajan en las mismas condiciones

Aquí considero que Colombia debe dar un paso más: la evaluación docente debe ser contextualizada y sectorizada.

No es lo mismo enseñar en un colegio con laboratorios, conectividad y condiciones socioeconómicas favorables que hacerlo en una escuela rural o en una periferia urbana atravesada por pobreza, violencia o dificultades de acceso.

Por eso, no podemos confundir igualdad con aplicar exactamente el mismo rasero a todos. Evaluar justamente significa reconocer las condiciones en las que cada docente desarrolla su trabajo.

Esto no significa bajar la exigencia. Al contrario: significa identificar qué docentes están logrando mejores resultados dentro de las condiciones en las que trabajan, qué prácticas funcionan y cómo pueden ser replicadas.

Mi colega considera que mantener un mismo proceso de evaluación puede preservar su legitimidad. Pero creo que la legitimidad también puede construirse precisamente reconociendo las enormes diferencias territoriales y sociales de nuestro sistema educativo.

Hay otro punto en el que debemos tener cuidado. Una de ellas cuestiona los incentivos individuales porque pueden generar competencia e individualismo; mientras que la otra considera que hacer bien el trabajo debe ser parte de la ética profesional. Comparto la preocupación por no convertir la escuela en una competencia de indicadores. Pero eso no significa que debamos renunciar a reconocer el mérito.

Un docente que logra mejorar sostenidamente el aprendizaje de sus estudiantes, fortalecer la convivencia, innovar pedagógicamente y construir comunidad debería poder acceder a mayores oportunidades de formación, investigación, liderazgo y reconocimiento profesional.

El mérito no necesariamente tiene que traducirse en un bono. Puede convertirse en conocimiento que se comparte con otros maestros.

La escuela también necesita renovarse

La evaluación debería servir también para enfrentar otro desafío: la renovación generacional del magisterio. Colombia necesita abrir espacio a las nuevas generaciones de profesionales y licenciados que cada año salen de nuestras universidades con nuevas metodologías, conocimientos y perspectivas. Esto no significa despreciar a los docentes con décadas de experiencia. Su conocimiento es invaluable. Pero experiencia no debería convertirse en permanencia indefinida.

Necesitamos mecanismos que permitan una transición generacional ordenada: aprovechar a los docentes experimentados como mentores y formadores, mientras nuevos profesores ingresan progresivamente al sistema.

No se trata de enfrentar experiencia contra juventud, sino de conseguir que la experiencia forme a las nuevas generaciones y que las nuevas ideas renueven la escuela.

El centro debe ser el estudiante

El debate sobre evaluación docente corre el riesgo de convertirse en otra disputa entre políticos, sindicatos y funcionarios. Pero el verdadero protagonista debería estar en otro lugar: el aula.

 El niño que necesita aprender a leer.

 El adolescente que encuentra en la escuela una oportunidad.

 El estudiante rural que merece la misma calidad educativa que quien vive en una gran ciudad.

Por eso, sí creo que Colombia necesita evaluar a sus docentes. Pero no mediante una evaluación ciega al contexto ni exclusivamente punitiva.

Necesitamos una evaluación rigurosa, contextualizada y formativa, que permita identificar dificultades, acompañar a quienes necesitan mejorar, reconocer las buenas prácticas y facilitar la renovación del cuerpo docente.

Porque la pregunta definitiva no debería ser cuánto gana o pierde el profesor con la evaluación. La pregunta es qué gana el estudiante.

Y si después de evaluar no conseguimos mejores maestros, mejores prácticas y mejores oportunidades para nuestros niños y jóvenes, entonces simplemente estaremos evaluando por evaluar.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 2 de octubre de 2026 · 7:00 a. m.

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