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La tecnología con sus vertiginosos avances nos sorprende a diario. La inteligencia artificial ocupa la atención principal siendo objeto de análisis, discusión y en no pocas oportunidades, de álgidas controversias. Empero, no hay que desconocer las novedosas herramientas, inventos, diseños y genialidades que con este tipo de inteligencia han podido resolvernos cientos de problemas y facilitar la vida en cuestión de segundos.
Varias voces de autoridades de la materia han dejado entrever serias y preocupantes alarmas sobre el inatajable avance de la inteligencia artificial: en días pasados, ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Sam Altman, CEO de OpenAI advirtió sobre los peligros potenciales de la Inteligencia Artificial: «Podríamos perder el control del futuro ante la IA. El riesgo es que avance tan rápido que las personas ya no puedan intervenir». Por su parte, el reconocido filósofo italiano Giorgio Agamben afirmó: “La inteligencia artificial no es peligrosa por ser artificial, sino porque piensa fuera del sujeto. El riesgo no es la máquina, sino la renuncia humana a pensar”.
En medio de tanta concesión y (por qué no afirmarlo), subordinación mental ante la algarabía y genialidad tecnológica, ha venido quedando relegada la Inteligencia Afectiva, sobre la que poco se habla, una inteligencia inherente a la condición humana que en silencio siempre nos acompañará.
La inteligencia humana per se, no significa comprender y saber ciertas cosas o algún tipo de información, implica también la capacidad de cómo reaccionar, analizar, asumir o enfrentar situaciones o temas que desconocemos por completo o resultan ajenos a nuestro contexto social.
Gracias a la Inteligencia Afectiva podemos reconocer nuestra sensibilidad humana, entender lo que piensa o siente la otra persona, y de acuerdo a ello, corresponder con respeto, empatía, afecto y solidaridad.
Un óptimo aprovechamiento social de las novedades tecnológicas y de la inteligencia artificial se verá reflejado a partir del sentido humano y empático que se priorice en el uso de dichas herramientas.
Las dichas de la vida suceden cuando jamás perdemos la capacidad de asombro ante la cotidianidad y aquellos sucesos encadenados que producen cada evento de la vida: desde disfrutar un café, el sabor de un helado, un encuentro casual con alguien cercano, un traspié en la acera, en fin de cuentas, cuando nos permitimos la licencia de sorprendernos con las cosas o momentos que no traen consigo un manual de instrucciones, cuando reconócenos que podemos pensar con un criterio independiente, que podemos asumir una postura u opinión y tomar nuestras propias decisiones.
Este espacio de opinión, lejos de trivializar o satanizar las ventajas y bondades que la inteligencia artificial nos regala, propone llamar a la reflexión de cómo precisamente se puede aprovechar y coexistir con las herramientas tecnológicas sin que olvidemos nuestras capacidades y sensibilidades humanas que, por diversas que resulten con nuestros semejantes, nos permiten convivir como sociedad.
“El verdadero peligro no es que las computadoras comiencen a pensar como los hombres, sino que los hombres comiencen a pensar como las computadoras.” Sydney J. Harris.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 30 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.