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‘Ni Rodrigo ni el que diga Amaya’: lo que escuché en la provincia Centro

En Samacá escuché la frase “Ni Rodrigo ni el que diga Amaya”, pronunciada por un líder comunal mientras la gente esperaba a alguien. Esa expresión, aunque breve, reveló un cansancio generalizado frente a la política tradicional que se percibe en varios municipios de la provincia Centro de Boyacá.

Durante mi recorrido por Samacá, Tunja, Tuta, Sora, Oicatá y Cómbita, encontré comentarios que coincidían en su descontento: “estamos cansados de lo mismo”, “queremos alguien que no venga marcado” y “más de diez años de lo mismo y ahora todos quieren seguir”. En Tunja una funcionaria señaló que la ciudadanía ya no distingue entre lo que corresponde al departamento y al municipio, percibiendo todo como “más promesas”. En Tuta un campesino fue directo, y en Sora una mujer, mientras ordeñaba, criticó que en las elecciones se hable de Boyacá sin preguntar cómo vive la gente.

Estas voces no pretenden constituir una encuesta, pero funcionan como termómetro de una conversación emergente sobre la necesidad de renovar la forma de relacionarse con el territorio y la ciudadanía. Tras más de una década de un mismo grupo político en la Gobernación, la continuidad puede generar fatiga y la sensación de que las decisiones siempre pasan por los mismos lugares, mientras que la alternancia es un mecanismo esencial para la renovación democrática.

El reto, según lo observado, no es simplemente cambiar nombres, sino impulsar una política que ponga al territorio en el centro, reconociendo la diversidad de Boyacá —agrícola, turística, comercial, minera y rural— y adaptando las políticas a las distintas realidades de veredas, barrios y municipios.

Escuchar debe pasar de ser una estrategia de campaña a convertirse en un método permanente de la administración pública, presente en consejos comunitarios, audiencias, Juntas de Acción Comunal, universidades, asociaciones productivas y redes sociales, con el objetivo de entender y no solo responder.

La frase “Ni Rodrigo ni el que diga Amaya” puede quedar en un mero rechazo, pero su verdadero valor radica en impulsar preguntas sobre el modelo de desarrollo deseado, el fortalecimiento de capacidades municipales, la alineación de la inversión departamental con las necesidades locales y la recuperación de la confianza institucional.

En conclusión, Boyacá no necesita solo un nuevo rostro, sino una renovación profunda de la manera de hacer política, con liderazgos que escuchen, sirvan y demuestren que una forma distinta de gobernar es posible.

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La frase apareció en Samacá. No en una audiencia formal ni en una reunión convocada. Fue en una conversación de esas que surgen mientras se espera a que llegue alguien más. Aquí la gente está diciendo: “Ni Rodrigo ni el que diga Amaya” soltó un líder comunal. Y luego siguió hablando de otra cosa, como si no hubiera dicho nada particularmente importante. Pero lo era.

Durante los últimos meses he recorrido varios municipios de la provincia Centro: Samacá, Tunja, Tuta, Sora, Oicatá y Cómbita. En cada lugar he encontrado conversaciones distintas, problemas distintos y, por supuesto, realidades que no pueden meterse en el mismo molde. Sin embargo, detrás de muchas de esas conversaciones aparece una sensación parecida, cansancio frente a las mismas formas de hacer política.

“Estamos cansados de lo mismo”. “Queremos alguien que no venga marcado”. “Que no sea más de la misma politiquería”.

Como administrador público con enfoque territorial que recorre el territorio y procura entenderlo, uno aprende que algunas de las frases más honestas no aparecen en los espacios formales. Surgen cuando la gente baja la guardia; mientras espera o se toma una fría en un local comercial, en una visita a una vereda o en medio de una conversación que comenzó hablando de cualquier cosa.

En Tunja, una funcionaria de una secretaría me dijo algo que también merece atención: “La gente ya no distingue bien entre lo que es del departamento y lo que es del municipio. Para ellos todo es lo mismo, más promesas”.

En Tuta, un campesino fue más directo: “más de diez años de lo mismo y ahora todos quieren seguir”. Y en Sora, mientras ordeñaba sus vacas, una mujer me dijo: “Cada vez que hay elecciones, todos hablan de Boyacá, pero nadie pregunta cómo vivimos Boyacá”. Lo dijo con el cansancio de quien conoce las dificultades no por los informes, sino por la misma rutina para salir adelante.

No pretendo convertir estas conversaciones en una encuesta ni afirmar que representan por sí solas la opinión de todo el departamento. Sería irresponsable hacerlo. Pero sí creo que tienen valor como termómetro de una conversación que está empezando a aparecer en distintos lugares, la necesidad de renovar la manera de relacionarse con el territorio y con la ciudadanía.

Más que el rechazo a un nombre, lo que me llamó la atención fue lo que había detrás de ese rechazo.

Después de más de diez años de un mismo grupo político en la Gobernación, hay aprendizajes que deben reconocerse, pero también puede aparecer desgaste. La continuidad tiene valor cuando permite consolidar políticas públicas, equipos y procesos; pero la continuidad indefinida también puede producir fatiga y la sensación de que las decisiones siempre pasan por los mismos lugares.

La alternancia, por sí misma, no es un castigo. Es uno de los mecanismos mediante los cuales las democracias se renuevan.

El reto, sin embargo, es no confundir renovación con simple cambio de nombres.

Boyacá necesita algo más profundo, una conversación política que vuelva a poner al territorio en el centro.

Gobernar un departamento como el nuestro exige entender que no todos los municipios tienen las mismas necesidades ni las mismas capacidades institucionales. Hay una Boyacá agrícola, turística, comercial, minera, empresarial y rural. Hay municipios con grandes dificultades de conectividad, otros con oportunidades desaprovechadas y otros que necesitan, sencillamente, que las instituciones lleguen y escuchen antes de decidir.

Por eso me preocupa cuando la política comienza a construirse desde las etiquetas nacionales y termina intentando acomodar al territorio dentro de ellas.

Boyacá no debería ser el escenario donde se reproduzcan automáticamente las disputas de Bogotá.

Necesitamos liderazgos capaces de leer nuestra propia realidad, de entender las diferencias entre una vereda de Sora y un barrio de Tunja, entre un productor de Tuta y un emprendedor turístico de otro municipio. Liderazgos que sepan que gobernar no consiste solamente en anunciar obras, sino también en planear, ejecutar, evaluar y rendir cuentas.

Y, sobre todo, necesitamos volver a escuchar.

Escuchar no como una estrategia de campaña, sino como un método permanente de administración pública. Escuchar en los consejos comunitarios, en las audiencias públicas, en las visitas de control social, en las Juntas de Acción Comunal, en las universidades, en las asociaciones productivas y también en las redes sociales.

Escuchar no para preparar una respuesta. Escuchar para entender.

La consigna “Ni Rodrigo ni el que diga Amaya” puede quedarse simplemente en el rechazo. Y ahí estaría su mayor peligro. Porque decir “no” es fácil. Lo verdaderamente difícil es explicar qué sigue después, ¿Qué modelo de desarrollo queremos para Boyacá? ¿Cómo fortalecemos las capacidades de los municipios? ¿Cómo hacemos que la inversión departamental responda realmente a las necesidades de las comunidades? ¿Cómo recuperamos la confianza en las instituciones? ¿Cómo construimos una administración pública más cercana, transparente y eficiente?

Esas son las preguntas que deberían ocupar el centro de la próxima conversación política.

Cuando terminé mi recorrido por estos municipios, no me quedé pensando solamente en aquella frase de Samacá. Me quedé pensando en lo que puede significar.

“Ni Rodrigo ni el que diga Amaya” no debería ser el final de una conversación, puede ser el comienzo. El comienzo de una discusión sobre una política menos atrapada en las etiquetas y más conectada con el territorio; menos concentrada en los nombres y más preocupada por los resultados; menos pendiente de quién manda y más interesada en para quién se gobierna.

Boyacá no necesita simplemente cambiar de rostro. Necesita renovar la manera de hacer política.

Y quizá el verdadero desafío para quienes aspiren a gobernarla sea transformar ese “ni… ni…” que hoy se escucha en algunos rincones en una respuesta mucho más difícil, pero también mucho más esperanzadora: sí, pero diferente.

Porque una nueva generación de liderazgo no debería llegar solamente para ocupar un cargo. Debería llegar para escuchar, servir y demostrar que otra forma de gobernar sí es posible.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 14 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.

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