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Cuando uno oye que la inteligencia artificial podría extinguir a la humanidad, lo primero que piensa es en una película de robots asesinos. Pero esta vez la advertencia no viene de Hollywood, sino de los científicos que inventaron esta tecnología. Y por eso, aunque no hay que perder la calma, vale la pena entenderla bien.

Esta semana, Geoffrey Hinton, un premio Nobel al que llaman ‘el padrino de la inteligencia artificial’ porque sentó las bases de todo lo que hoy existe, dijo en una entrevista con la BBC algo que estremece. Le preguntaron si ve una probabilidad de más del 10 % de que la IA acabe con todos los humanos, quizás en una década. Él, con cautela, no descartó la cifra. En otras entrevistas ha hablado de entre un 10 % y un 20 % de riesgo en los próximos 30 años.
No está solo. Otro de los llamados padres de la IA, Yoshua Bengio, advierte lo mismo, y hasta creó una organización dedicada a construir inteligencia artificial más segura. Y dentro de las propias empresas que la desarrollan hay ingenieros que, en privado, admiten temores parecidos.
Ahora, lo importante es entender qué es exactamente lo que temen, porque no es lo de las películas. No hablan de máquinas con conciencia que un día se despiertan y nos odian. El miedo es más frío y más sutil, y tiene un nombre: perder el control.
La idea es esta. Estamos construyendo sistemas cada vez más inteligentes, capaces de actuar solos, de escribir programas y de moverse por internet sin que nadie los supervise. El temor es que, en algún momento, creemos una inteligencia superior a la nuestra que persiga un objetivo suyo, y que para lograrlo nos vea como un estorbo. No por maldad, sino por indiferencia, igual que nosotros no odiamos a las hormigas cuando construimos una casa encima de su hormiguero. Simplemente no las tenemos en cuenta.

Pero acá viene la otra cara, y hay que darla con la misma honestidad, porque el asunto está lejos de ser un acuerdo entre expertos. Muchos científicos igual de respetados creen que todo esto es exagerado, casi una distracción. Dicen que los peligros reales de la IA no son la extinción, sino los que ya estamos viendo y que tanto hemos tratado en esta sección: el empleo que se pierde, las estafas, la desinformación, el poder concentrado en pocas manos.
Sostienen que esos porcentajes de extinción no son datos comprobados, sino cálculos personales sobre escenarios que quizás nunca ocurran.
Las encuestas reflejan esa división. Entre los investigadores de IA en general, el riesgo estimado de catástrofe suele rondar el 5 o el 10 %, mientras que entre los que se dedican a la seguridad, sube más. Nadie tiene certeza, y ese es justamente el punto. Como dijo el propio Hinton, es muy difícil de calcular porque nunca antes habíamos creado algo que pronto podría ser más inteligente que nosotros.
En lo único en que casi todos coinciden es en que esta tecnología necesita reglas, control, gobernanza. Y que las normas van mucho más lento que el avance de las máquinas, que se actualizan en meses mientras las leyes tardan años.
Al final, esto no es para perder el sueño ni para vivir asustados. Para usted y para mí, aquí en Boyacá, la realidad cercana de la IA no es la extinción, sino el trabajo, las pantallas y los cuidados de los que hablamos cada semana. Pero sí vale la pena saber que hasta los que crearon esta tecnología están pidiendo prudencia y límites. Cuando el que construye la casa dice que hay que revisar los cimientos, uno hace bien en escucharlo.
No se trata de temerle al futuro, sino de exigir que se maneje con cabeza. Porque una herramienta tan poderosa necesita que alguien la vigile, y esa decisión, por ahora, sigue estando en manos humanas. Ojalá sepamos usarlas bien.
Redacción Tecnología / IA
Escrito por
Milton L. Porras T.
Publicado el 12 de septiembre de 2026 · 12:00 p. m.
Ingeniero de Software - Redacción Tecnología / IA