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El domingo pasado en el templo del barrio Nazareth, del municipio de Nobsa, la comunidad se reunió para celebrar los 50 años de la creación oficial de la parroquia de Jesús Obrero, en una ceremonia presidida por monseñor Édgar Aristizábal Quintero, obispo de la Diócesis Duitama-Sogamoso. La celebración se dio por invitación hecha por el padre José Humberto Serrano Mora, párroco de esta comunidad; se dieron cita doce sacerdotes que a lo largo de su vida pastoral prestaron sus servicios a esta parroquia.
En esta celebración fue inevitable volver a los años ochenta y noventa, cuando para quienes crecimos en Nazareth el domingo tenía otro significado. La misa no era el punto final de la semana: terminaba la eucaristía y, en lugar de irse cada uno para sus casas, todos se ponían el overol y sacaban palas, picas, baldes, equipos de soldadura. Y sin que nadie lo ordenara, comenzaba otra liturgia: la del trabajo comunitario.
Los hombres levantaban muros, armaban estructuras o soldaban; los jóvenes ayudábamos en lo que podíamos, y si hubo un verdadero motor que motivaba esas jornadas fueron las mujeres: ellas organizaban, convocaban, cuidaban a los niños y, al final, preparaban un delicioso e inolvidable almuerzo. Esas comidas no eran solo un descanso, eran la confirmación silenciosa de que se estaba construyendo algo que era de todos. Con los años entendí que el verdadero cemento de esa obra era la confianza entre todos. Por eso, al cumplirse cincuenta años de la parroquia Jesús Obrero, el primer pensamiento que se me viene a la mente no es la obra física de ese templo, sino el sentimiento de esa cultura comunitaria que lo hizo posible.
Nazareth comenzó a construirse mucho antes de que existiera el templo; desde mediados de los años cincuenta, familias de distintos municipios de Boyacá y de otras regiones del país llegaron alrededor de Acerías Paz del Río, muchos pensaban que su paso sería temporal, trabajar unos años y regresar a sus lugares de origen, pero la vida cambió esos planes. Esas familias terminaron construyendo una identidad común: sin compartir apellidos ni tradiciones de origen, aprendieron a sentirse parte de algo mayor. Entre todos y desde comienzos de los años cincuenta hicieron el acueducto, el alcantarillado, las vías, la escuela, el colegio, trajeron el teléfono, y todo a punta de reinados y bazares en los que conseguían el dinero para los materiales y también, entre todos, ponían la mano de obra; realmente en esas épocas la mano del Estado estuvo francamente ausente.
Por eso no es casualidad que gran parte de la estructura del templo esté hecha de acero donado, forjado y soldado por manos nazarenas. Las mismas manos que durante la semana sostenían la siderúrgica, los domingos levantaban su templo. Difícil encontrar un símbolo más claro: un templo dedicado a Jesús Obrero, sostenido por el trabajo de obreros. En este recorrido, varios sacerdotes dejaron su huella. Todos, de una u otra manera, entendieron que esta era una comunidad especial. Acompañaron alegrías, incertidumbres, luchas… Y, entre ellos, el padre Justiniano Villamarín dejó una marca especial al idear y liderar este proyecto. Con una enorme capacidad de convocatoria, logró sentar en una misma mesa a personas con diferencias incluso políticas que ya empezaban a sentirse en la vida local para, entre todos, en el mismo lugar de la vieja y muy pequeña capilla, construir el nuevo templo, y para eso conformó un comité, el Comité del Templo, en donde no había bandos: había un propósito común. Esa lección, vista desde hoy, tiene un valor enorme.
Alrededor de la parroquia crecieron generaciones enteras. Las Hermanas de la Presentación también acompañaron durante años la formación de niños, jóvenes y mujeres que aprendían obras manuales en el «Taller de las Hermanas». La infancia misionera, los grupos juveniles, las celebraciones de Navidad, las representaciones de Semana Santa, todo eso fue tejiendo lazos que iban más allá de lo religioso. Era el espacio donde la vida comunitaria se encontraba y se fortalecía.
Por eso, estos 50 años son mucho más que una cifra. Son la oportunidad de rendir homenaje a todas esas generaciones que, desde mediados del siglo pasado, fueron tejiendo una comunidad ejemplar. Muchas de esas personas ya no nos acompañan; otras se fueron, algunas para no volver. Y a las que siguen en Nazareth las vi emocionadas el domingo. No se trata de nostalgia: se trata de reconocer el valor de lo común. Hoy, cuando tantas veces esperamos que otros resuelvan lo que es de todos, mirar hacia atrás nos recuerda que hubo un tiempo en que la comunidad se organizaba, sumaba y construía. Esa convicción de que lo común sí merece cuidado es, quizás, la mayor enseñanza que deja Nazareth. No es solo un templo que sigue en pie medio siglo después. Es la certeza de que, cuando una comunidad decide unirse, construye mucho más que edificios: identidad, pertenencia, futuro. Ese es el legado que perdura, y no está en el ladrillo ni en el cemento, sino en las manos que los pusieron.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 8 de septiembre de 2026 · 5:30 a. m.