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El domingo 26 de noviembre de 2023 asistí a un concierto de la Orquesta de Cámara Pro-Arte en el marco de la quincuagésima versión del Festival Internacional de la Cultura de Boyacá.
Fue en el auditorio Boyaquirá de Tunja, a las cuatro de la tarde. Llegué al recinto 20 minutos antes de la hora señalada para la iniciación del evento. Me ubiqué en una de las filas de adelante. De pronto, observé avanzar, por el pasillo lateral izquierdo, erguido y con pasos rápidos al comunicador social Ramiro Javier Dueñas Pinto.
Vestía chaqueta y pantalón de paño oscuros, camisa de color claro; su rostro expresaba placidez; en su mano derecha llevaba un portafolio; subió al proscenio y avanzó hacia los camerinos. Ahí lo perdí de vista. A las cuatro en punto apareció en el escenario, anunció el programa y presentó la orquesta.
Durante hora y media, a los espectadores nos cautivó la magistral interpretación de los músicos, el virtuosismo de los solistas y la magia del director. A mí me agradó la actuación de Ramiro como maestro de ceremonias. Habló con voz potente, animada, timbre grave y tono ceremonioso. Manejó con acierto sus movimientos en la tarima.
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Con el nombre de Ramiro Javier Dueñas Pinto comencé a familiarizarme por allá a finales de la década de los años setenta cuando él participaba en transmisiones deportivas, primero a través de la Voz de Garagoa y después en Radio Guateque. Desde entonces supe que era oriundo de Guayatá porque así lo manifestaba en sus intervenciones radiales.
Personalmente lo conocí a comienzos de 1995. Dos años después, durante el proceso de preparación y realización de la primera versión de Boyacá en Corferias trabajé cerca de él, porque ante la solicitud que le hizo el gobernador de Boyacá, José Benigno Perilla, al presidente de la Cadena Radial RCN, Ricardo Londoño, para que le ayudara en la difusión del evento y le permitiera a Ramiro dedicarse a las tareas de promoción y animación de los actos incluidos en el programa, este le dijo a Ramiro Javier:

—Póngase a órdenes del gobernador durante la realización del certamen.
En la segunda semana de agosto de 1997 su lugar de trabajo no fue, entonces, la sede de RCN, empresa a la cual pertenecía desde hacía más de 13 años y en donde desempeñaba las tareas de locutor comercial y narrador deportivo, sino el recinto de Corferias.
Como secretario privado de la Gobernación tuve que coordinar con él algunas actividades. Fue el presentador oficial de las diversas ceremonias protocolarias y el animador de las fiestas que se realizaron en las cinco noches de esa exposición, las cuales registraron lleno total y fueron amenizadas por las mejores agrupaciones musicales del país.
Después nos vimos esporádicamente. En el 2016 también tuvimos que interactuar, él como presentador de los desfiles de carrozas del Aguinaldo Boyacense y yo como asesor del alcalde de Tunja.
En 2023, cuando comencé a escribir piezas de periodismo narrativo (crónicas, perfiles y semblanzas) relacionadas con Boyacá, se me ocurrió hacer un relato sobre Ramiro, porque, a mi parecer, ha enarbolado, a nivel nacional e internacional, la bandera de Boyacá con un sentimiento que le brota impetuoso de su esencia vital, pregona a los cuatro vientos su identidad con el Valle de Tenza y manifiesta, sin vacilación, el afecto por su Guayatá del alma. Esperé algún tiempo para contactarlo. A finales de junio de 2024 lo llamé por teléfono. Sin demora me respondió y se mostró amable y receptivo.
—Ramiro, estoy interesado en redactar un perfil suyo para publicarlo, primero en el portal de Boyacá Sie7e Días y luego incluirlo en un libro que estoy preparando.
—Gracias Gustavo. He leído algunos de sus escritos. Acabo de ver el que le hizo a David Cañón.
—Le encarecería, me concediera unas entrevistas. Eso sí, una de estas tendría que ser en Guayatá. Quiero verlo en su tierra hablando con los suyos y recorriendo sus calles. Deseo palpar el ambiente en el cual nació y creció.
—Claro Gustavo, cuente con eso.
La oportunidad de ir a Guayatá se produjo el 11 de abril de 2026.
Fue un viaje en donde, a través de los recuerdos, desarrolló una narración cronológica de su existencia. Lo hizo mediante una conversación amena, repleta de información reveladora, matizada por expresiones de perplejidad y hasta de carcajadas festivas. Su voz pasó por todos los timbres; en algunos momentos fue de bajo, en otros de barítono y en no pocos, de tenor, sobre todo cuando revivía la narración de carreras de ciclismo o cantaba goles de partidos de fútbol, convertidos en acontecimientos notables que lleva vivos en su memoria.
Complacido disfruté de su voz, caracterizada por unos armónicos peculiares, muy agradables al oído. Esta constituye su gran talento, gracias al cual se encuentra en la cima de la radio y la televisión colombianas. Obvio, para llegar a tan privilegiado sitial han contribuido otras virtudes que le son propias: deseo de superación, disciplina de trabajo, espíritu alegre y divertido, incansable laboriosidad y, sin duda, los principios y valores heredados de sus antepasados del Valle de Tenza.
Cuando nos aproximábamos a la hora y media de recorrido, varios minutos después de haber pasado por Machetá, Cundinamarca, sentí el impacto de la tierra caliente. El bochorno me obligó a quitarme la chaqueta y el aumento de la presión atmosférica afectó mi sentido del oído. Justo en ese momento, Ximena, la esposa de Ramiro, dijo:

—Hagamos por acá una pausa. Paremos y nos tomamos un tinto.
—Y por supuesto, nos comemos una arepita —repuso Ramiro en medio de risas.
— Ah, eso sí es de rigor, porque las que preparan por acá son exquisitas — repliqué.
El receso fue de unos quince minutos. Al reiniciar la marcha, encendí la grabadora y Ramiro continuó su relato. Cuando ya estábamos llegando a Guateque, transitando en ascenso al borde de profundos y desafiantes precipicios, apareció allá, a lo lejos, a la derecha, aferrada a la superficie de una pronunciada ladera, una concentración urbana, conformada por pequeñas edificaciones, tuteladas por las dos torres del templo parroquial, pintadas de amarillo y blanco. Daba la sensación de que estas y las casas estuvieran a punto de precipitarse al cauce del río Súnuba.
—Mire Gustavo, ahí está Guayatá —me dijo Ramiro.
Por Guateque pasamos de largo. Al tomar la vía hacia Guayatá, la diferencia del estado de la carretera se hizo notoria. Entre Tunja y Guateque el pavimento se encontraba en buenas condiciones, en cambio este trayecto parecía no haber recibido mantenimiento por largo tiempo.
Al descender en dirección al río Súnuba comencé a sentir el aroma de los árboles frutales y a observar inquietos pajarillos que sobrevolaban por donde transitábamos.
Llegamos a Guayatá. Hacía por lo menos 30 años que yo no iba a ese municipio. Tenía claro que son famosas sus mogollas y sus arepas de maíz pelado. Estaba enterado de la alta calidad del café que allí se cultiva. No ignoraba que uno de sus hijos ilustres es el ciclista Roberto ‘Pajarito’ Buitrago, el primer boyacense en ganar la Vuelta a Colombia en bicicleta. También sabía de los dos récords Guinness que posee este municipio: el tapete natural de flores más largo del mundo y el mango más pesado, cultivado hasta ahora en el planeta tierra.
Una vez se bajó del vehículo al frente de la casa de su familia, donde pasó su infancia y parte de su juventud, lo vi sonriente y jovial. Me presentó a dos de sus hermanos, a un sobrino y a la esposa de este. Los dos últimos nos recibieron con mogollas guayatunas gigantes. Me invitó al interior de la casa, me paseó por ella y me condujo al segundo piso en donde existe un museo de las obras de su padre. Al regresar al primer piso, luego de mostrarme la cocina y el solar, en un pequeño zaguán se detuvo, me miró y con voz afectada por un trágico recuerdo, casi al borde del llanto, me dijo:
—Mi mamá murió en un accidente cuando yo tenía ocho años. La atropelló un carro al atravesar la carretera en El Sisga. Mi papá, solo, tuvo que sacarnos adelante.
Luego me invitó a la plaza principal. En la media cuadra que separa la casa familiar de esta, lo abordaron varios paisanos y amigos. Lo saludaron con fuertes abrazos y palabras amables. Mientras paseábamos por el parque, acariciados por una fresca y juguetona brisa que matizaba el calor del ambiente, Héctor Mauricio Dueñas, su sobrino, le dijo:
—Acabo de hablar con el párroco y me dice que se encuentra en el cementerio y ya se viene para acá. Quiere saludarlo.
—Ah, bueno, esperémoslo. Mientras tanto, entremos a la iglesia —anotó Ramiro.
Ingresamos al templo. En silencio avanzamos hacia el presbiterio. En uno de los escaños situados cerca del altar, en medio de un recogimiento máximo, Ramiro se arrodilló y sostuvo su mirada en el sagrario. Pasado algún tiempo llegó el párroco. Se saludaron con efusividad. El clérigo nos pidió que lo acompañáramos en una oración. Así lo hicimos.
Salimos de la iglesia y en el parque estaba esperándolo el alcalde. El saludo entre los dos fue afectuoso. Ramiro me lo presentó. El alcalde nos invitó a tomar café en una tienda del marco de la plaza. La charla fue cordial y emotiva, no exenta de temas políticos locales, regionales y nacionales.
Ya sobre el medio día recorrimos las calles del pueblo. Hacia las dos de la tarde almorzamos en un restaurante local. En seguida, Ramiro, con su esposa, su sobrino y la señora de este se dirigieron al cementerio local.
—Vamos a visitar las tumbas de mis padres —me comentó Ramiro.
Acompañado de un hermano de Ramiro y de la esposa de este, me dediqué, mientras tanto, a tomar fotografías en el parque y en sus alrededores, desde donde aprecié la agreste topografía y la pródiga vegetación del sector rural. Además, transité por sus empinadas calles y establecí el contraste físico y anímico de su descenso y ascenso. Experimenté vértigo en el primero y fatiga en el segundo.

Casi a las cinco de la tarde, en medio de un sol declinante, emprendimos el regreso a Tunja. No habíamos llegado al río Súnuba cuando le pedí a Ramiro que retomáramos el tema que nos convocaba ese día: el relato de su vida. Fueron otras dos horas de una conversación escueta y apasionante, llena de anécdotas y revelaciones, complementada con aportes precisos y pertinentes de su esposa.
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Ramiro Javier es el octavo de los once hijos que tuvieron José Domingo Dueñas Daza y María Elisa Pinto Hernández, oriundos del sector rural de Guayatá.
José Domingo construyó una casa en el perímetro urbano y allí montó un establecimiento comercial en donde, además de vender productos de consumo doméstico, estableció la agencia local de Flota La Macarena. Adicional a las labores comerciales, desarrolló actividades artísticas en el campo de la escultura en madera.
María Elisa, fuera de encargarse del hogar, apoyó a su esposo en la atención de la tienda y de la agencia de La Macarena.
—Mi mamá era muy activa y le gustaban los negocios. Los padres de ella se dedicaron a la agricultura y al comercio entre Guayatá y Bogotá; fueron prósperos gracias a su dinamismo. Mi madre les heredó esa laboriosidad: abrió una panadería, montó galpones y un pequeño hato ganadero.
Sus hermanos se dedicaron a diversas actividades laborales: Delma, maestra; Héctor, transportador y comerciante; Orlando, ingeniero e industrial; Dora, docente, fallecida en la pandemia; Nelson, arquitecto, profesor de la Universidad Nacional; Guillermo, administrador de empresas; Elizabeth, ama de casa y comerciante; Armando, industrial en el campo de los productos de belleza; Fernando, administrador de finanzas; Yenny Astrid, periodista, vive en la Florida, Estados Unidos.
Ramiro nació el cinco de diciembre de 1962. Está seguro de que, por dos circunstancias, la época de su nacimiento determinó su carácter y su destino. En primer lugar, porque a mediados de noviembre fue recibido en Guayatá Roberto ‘Pajarito’ Buitrago tras haberse proclamado, dos semanas antes, campeón de la Vuelta a Colombia en Bicicleta y, segundo, por ser diciembre un mes de alegría y festejos en su tierra natal.
—Soy muy sensible a la emoción, porque estando en el vientre de mi madre tuve que escuchar la gritería, las sirenas, las trompetas y la pólvora del recibimiento del ilustre guayatuno, quien además era primo hermano de mi padre. Sin duda, en mi inconsciente quedó el eco de los animadores y yo nací con algo de eso.
Y su segunda teoría alrededor del tiempo de su nacimiento, la expresa así:
—En los días siguientes a mi llegada a este mundo, el ambiente previo a la conmemoración del nacimiento del Niño Dios marcó y configuró mi temperamento. ¿Cómo desconocer los juegos pirotécnicos, el jolgorio, los villancicos y la música popular? Por eso soy un hombre festivo y alegre.
La atracción por los micrófonos nació con él. Mientras cursaba la primaria en Guayatá tuvo acceso al equipo de sonido de la institución.
—Usted lo hace bien. Tiene que seguir adelante. —le decía su profesor de español luego de escucharle sus intervenciones.
Con esta motivación, buscó otros canales por dónde hablar.
—Yo era muy inquieto. Sentía que la locución la llevaba en la sangre. Comencé a presentar eventos y a realizar perifoneo por las calles de Guayatá. Cuando la gente me escuchaba decía “¡guau!, se le oye excelente”. Eso me estimuló y me convenció de que tenía aptitud y condiciones para hablar a través de los micrófonos.
Desde niño se enamoró de la radio.
—Crecí escuchando La Voz de Garagoa y Radio Guateque, estaciones localizadas en el Valle de Tenza y afiliadas a Caracol. No me perdía el noticiero que de lunes a sábado estas retransmitían y que en la voz del reconocido locutor Armando Osorio Herrera se originaba desde Emisora Nuevo Mundo en Bogotá. Quedé fascinado con Caracol y trabajar en esa cadena radial se convirtió en mi sueño.
En 1976 llegó a Garagoa a estudiar en el Instituto Técnico Industrial. Su padre ya había enviado allí a sus hermanos mayores. Él estaba convencido de que una formación técnica era la apropiada para que sus retoños enfrentaran la vida.
A los pocos días de estar instalado en esta localidad, una tarde, luego de cumplir su jornada académica, fue hasta la Voz de Garagoa. No entró. Se detuvo en la puerta. Allí no conocía a nadie. Desde la acera de enfrente contempló las instalaciones de la emisora. Tuvo la seguridad de que en poco tiempo estaría hablando por sus micrófonos.
—En el colegio, el profesor Martínez, de matemáticas, quien era el encargado del equipo de sonido, comenzó a darme palomitas en el micrófono para hacer anuncios y presentar actos académicos.
Cuando aún no había cumplido los 14 años se le presentó la oportunidad de transmitir un partido de microfútbol por la voz de Garagoa.

—Este muchacho narra igual a los locutores de Bogotá —comentaron en el colegio.
A los directivos de la emisora les llamó la atención la voz de aquel guayatuno, pero no lo contrataron. Le sugirieron que transmitiera más eventos deportivos y que se financiara con la venta de publicidad. Lo intentó. Acudió a los comerciantes, pero sus propuestas no fueron atendidas. Uno de ellos, un antioqueño que era propietario de un almacén de calzado le dijo que no, cuando lo visitó, pero después él mismo lo buscó para decirle:
—Si vuelve a transmitir dígame cuánto vale. Me gustó su narración. Quiero que siga transmitiendo. Yo le pago a usted directamente. Deseo apoyarlo. Tiene buena voz y buen estilo.
La actitud de ese comerciante lo estimuló.
— Ahí me di cuenta de que comenzaba a marcar diferencia. Me interesé en mejorar, en contactarme con otros locutores, por eso viajé a Tunja a entrevistarme con algunos de ellos.
Además de ser el presentador de los eventos del colegio, de transmitir encuentros deportivos, se volvió popular en Garagoa y en algunos municipios del Valle de Tenza porque se convirtió en el presentador oficial de la ‘Orquesta de los Vargas’. Allí, el primer año de estudios lo aprobó y el segundo lo perdió. Ante esa situación al año siguiente (1978), su padre lo envió a estudiar a Turmequé.
—Cuando salgo de Garagoa, todo el mundo me conocía. Era popular por ser locutor, animador, presentador y narrador.
En Turmequé no había emisora ni orquesta, pero pronto comenzó a presentar un programa especial todos los domingos por los parlantes de la parroquia.
En vacaciones de junio de ese año viajó a Guayatá. En Turmequé tomó un bus hasta El Sisga y allí otro a Guateque. Delante de Machetá, a la altura de la variante a Manta, el bus se detuvo porque el tráfico estaba interrumpido debido a una competencia deportiva. Ramiro se bajó del vehículo y se dirigió a donde había una aglomeración de gente. Vio a dos conocidos: Rafael Fino y Miguel Espitia, el primero era el gerente de Radio Guateque y el segundo, locutor de esa emisora. Los saludó. Le preguntaron en dónde se encontraba porque en Garagoa les habían manifestado que no conocían su paradero. Respondió que estaba estudiando en Turmequé. En ese momento no había cumplido los 15 años.
—¿Por qué no nos acompaña a transmitir este evento? Quédese con nosotros y después lo llevamos a Guateque —le dijo Rafael Fino.
—Listo, ya bajo mi maleta del bus y me quedo — le contestó Ramiro.
—Yo narro desde aquí el paso de los participantes y ustedes váyanse para Manta y cubren el final de la competencia —sugirió Miguel Espitia.
Rafael Fino aprobó la propuesta. Llegaron a Manta, se valieron de la línea telefónica de la alcaldía, instalaron el control remoto y estuvieron listos para recibir a los participantes de la prueba.
—Ese día me pegué una narrada la berraca y Rafael Fino me dijo. “No, no, bárbaro, magnífica narración, venga, tiene que trabajar con Radio Guateque, hágame la sección de deportes.
Ramiro aceptó la propuesta. Durante esas vacaciones, de lunes a viernes, viajaba en Flota la Macarena a Guateque, hacía el programa al medio día y en la tarde se regresaba en la misma empresa transportadora a Guayatá. El pasaje no se lo cobraban porque el papá era el agente local de esa empresa de buses.
—Aquella experiencia fue muy enriquecedora. Me afianzó la convicción de que mi futuro estaba en la radio. Me desaparezco de Guateque, regreso a Turmequé y llego a Bogotá en 1979, siendo un peladito, a terminar mi bachillerato. Ahí me dije: llegué a la ciudad que yo quería.
Lo primero que hizo fue ir a conocer las instalaciones de Caracol, RCN y Todelar. Averiguó las direcciones. En bus urbano llegó hasta allá. Se paró frente a los edificios de esas cadenas radiales, los contempló y reiterar su propósito de trabajar algún día en aquellas.
En febrero reanudó su bachillerato. Se matriculó en el Instituto Técnico Industrial Piloto, ubicado en el sur de la ciudad. En este se apoderó del equipo de sonido; se convirtió en el presentador de ceremonias, animador de eventos especiales y relator de pruebas deportivas.
Ante sus familiares y compañeros de estudio insistía en que muy pronto trabajaría en una cadena radial.
Resultó tan reiterativo en ese propósito que un tío suyo, el ingeniero Rafael Dueñas, quien fue subdirector de Ferrocarriles Nacionales, un día le dijo:

—Ramiro, le voy a alcahuetear su cacareada locución. Usted tiene madera para eso. Nos vamos a matricular los dos en un curso sobre locución en la Escuela de Telecomunicaciones de Colombia.
En efecto, los dos comenzaron a asistir todas las noches a esa academia.
—Él me llevaba en su carro. Yo le puse mucho interés. Con juicio y dedicación hacía los ejercicios de vocalización, pronunciación, lectura de noticias, narración deportiva y mi tío asistía solo para apoyarme.
Asegura que le resultaron muy provechosas las clases que recibió sobre léxico, sinónimos, antónimos, gramática, pronunciación en italiano, francés e inglés.
En esa institución estudió dos semestres. Alguien le dijo que si deseaba formarse en locución tenía que matricularse en la Academia Arco, de propiedad del renombrado Armando Osorio Herrera.
Al año siguiente, ya con la ayuda económica de su padre, y mientras en el día cursaba el bachillerato, se matriculó en la jornada nocturna de Arco, en donde recibió clases de figuras muy conocidas de la radio como el narrador Gabriel Muñoz López y la actriz Chela del Río, quien les enseñaba la interpretación de textos y les hacía énfasis en la vocalización. De mucho provecho considera las grabaciones del icónico locutor Juan Caballero que hacían parte del pénsum; en estas él decía: “repitan conmigo” y los estudiantes juiciosos atendían la instrucción.
— Para mí, ese ejercicio resultó útil. Le saqué mucho provecho.
Mientras estudiaba en Arco presentó las pruebas para obtener la licencia de locución en el Ministerio de Comunicaciones; todas las aprobó, pero ese documento, que le fue conferido mediante la resolución 2017 del 17 de julio de 1981, solo se lo entregaron cuando cumplió los 18 años y tramitó su cédula de ciudadanía.
—La verdad es que fui un locutor prematuro.
La participación en los cursos de locución no afectó la continuidad de su bachillerato porque este lo adelantaba en el día y aquellos, en la noche.
Quien logró acercarlo a los medios de comunicación fue su tío Marco Aurelio Dueñas, administrador de empresas que por ese entonces se desempeñaba como gerente de una sucursal bancaria en Bogotá. Uno de sus clientes era el locutor y empresario radial Régulo I Puerto.
—¿En qué emisora trabaja? —le preguntó un día Marco Aurelio a Régulo.
—En Radio Súper. Pertenezco al equipo deportivo que dirige Óscar Restrepo Pérez, el narrador es Pastor Londoño.
—Tengo un sobrino que anda engolosinado con la radio, tiene muy buena voz. Lo único que quiere es trabajar como locutor. ¿Por qué no lo lleva allá un día de estos? De pronto les puede ayudar en algo.
Régulo, quien es oriundo de Boyacá e inició su carrera radial en Tunja, atendió la petición del gerente. Le dijo que con gusto llevaría a su sobrino a la emisora, le presentaría a los integrantes del equipo deportivo y le mostraría los estudios de esa estación radial. Se comprometió a comunicarle la fecha y hora de esa cita.
El día señalado, Ramiro llegó muy puntual a Radio Súper. Régulo le presentó a figuras de la radio que él había escuchado desde hacía varios años: Óscar Restrepo Pérez, Pastor Londoño, Fabio Restrepo Gómez, Edwin Tuirán Ruiz y Alejandro Cely, entre otros. Luego le hizo un recorrido por las instalaciones de la emisora.
— Yo no lo podía creer, me encontraba con personajes famosos de la radio y además estaba en los estudios de una de las emisoras más importantes del país.
Ese mismo día le hicieron pruebas de locución.
Óscar Restrepo Pérez le dio a entender que les gustaba la voz, pero fue tajante en decirle que en ese momento no tenían posibilidad de vincularlo. Sin embargo, le propuso:
— Como usted estudia entre semana, venga los domingos en la mañana. Aquí tenemos un programa que se llama ‘Matinal Deportiva’, ahí puede leer las cuñas.
Aunque sabía que no iba a recibir retribución económica aceptó gustoso. Lo podía hacer porque ya tenía la licencia de locución.
Le fue bien leyendo las cuñas y presentando algunos espacios radiales que Régulo compraba en Súper y en otras emisoras para cubrir eventos especiales. En la parte económica le iba mal porque no tenía sueldo y los cupos de publicidad que le daban no lograba venderlos. En consecuencia, enfrentaba dificultades económicas.
— Yo estaba frustrado. Me encontraba terminando el bachillerato.
Seguía yendo a Radio Súper porque Óscar Restrepo y Régulo I Puerto le decían: “usted sirve para esto, lo hace muy bien, a los oyentes les gusta su voz y la forma como lee”.

Fue un momento de crisis e incertidumbre que superó cuando Mauricio Rider, gerente de ‘Radio 24’, perteneciente al Grupo Radial lo nombró como ‘locutor bombillo’, es decir, el locutor encargado de cubrir el turno de doce de la noche a seis de la mañana. Además de estar vinculado por nómina a una emisora y, en consecuencia, recibir un ingreso mensual, esa oportunidad laboral le brindó también una gran satisfacción: viajar todos los días en el mismo vehículo con el famoso locutor Juan Caballero, quien por aquella época se desempeñaba como ‘locutor bombillo’ en Emisoras El Dorado, también de propiedad del Grupo Radial.
—Diariamente debía desplazarme en bus hasta el centro de la ciudad y allí subirme al taxi contratado por el Grupo Radial, para transportarme, junto con Juan Caballero, a Radio 24 y Emisoras El Dorado, situadas en inmediaciones de El Campín. Fue una oportunidad maravillosa que me permitió aprender mucho de un hombre grande de la radio colombiana.
Estando en Radio 24 recibió una llamada del gerente de Radio Súper Bogotá para ofrecerle vinculación laboral como animador en las horas de la tarde. Sin dudarlo aceptó. Fue nombrado en nómina. En ese momento ya no estaba el equipo de Óscar Restrepo Pérez. Este, tras no llegar a un acuerdo comercial con la cadena, se llevó a todos sus colaboradores para RCN y allí asumió el manejo de la franja de fútbol.
A la sección de deportes de Radio Súper llegó otro equipo de trabajo que no tuvo éxito, razón por la cual los dueños se contactaron con Armando Moncada Campuzano, un famoso narrador que había trabajado en varias cadenas radiales y dirigido los deportes en Caracol. Recientemente había constituido la empresa ‘Prodeportivo’ con la cual alquilaba espacios en cadenas radiales. Le propusieron que se fuera para Súper y él aceptó.
Transcurridos unos días después de suscrita la negociación con Armando Moncada, el gerente de Radio Súper le dijo a este:
— Armando, hay un pelado que se llama Ramiro Javier Dueñas Pinto, es nuestro animador de la tarde, lee muy bien las cuñas. ¿Por qué no lo oye y le da una oportunidad? Si le va bien lo deja como su locutor comercial.
Armando Moncada atendió la insinuación y citó a Ramiro en su oficina situada en la calle 34 abajo de la Avenida Caracas. Allí llegó Ramiro. Armando le hizo unas rigurosas pruebas de voz, le pidió que elevara el tono todo lo que pudiera e inclusive lo puso a hacer un coro con él. Ese día no le dio ninguna respuesta. A la siguiente semana le anunció que lo iba a llevar al estadio a probar la lectura de cuñas en vivo. Pasó la prueba, pero le advirtió que su empresa no estaba en capacidad de pagarle un sueldo, pero que le ofrecía la posibilidad de vender cupos publicitarios, de los cuales le daría el 40 %.
—Don Armando, yo no soy vendedor.
—Haga el esfuerzo, consiga un cupo, yo le colaboro.
Al día siguiente se fue para donde un familiar que era el dueño del Centro Radiológico de Suba y le ofreció un cupo publicitario. Este le firmó el contrato. Luego consiguió otros cupos. Semanalmente iba al estadio a leer los comerciales de Prodeportivo.
—Lo mejor que me ha sucedido en la vida es haber conocido a Armando Moncada, porque él fue quien me enseñó a narrar, a leer comerciales y titulares, me perfeccionó, me tomó cariño y me brindó confianza. Fue mi gran maestro.
Pasaron los días y de pronto lo llamó Armando Moncada y le dijo:
—Vea Ramiro, me voy a ir de Súper, me hicieron una buena propuesta económica en Todelar, allá no voy a ser empresario sino director de deportes. Pienso hablar con el Mono Tobón para decirle que quiero llevarme mi locutor comercial que es Ramiro Dueñas, pero, le soy sincero, no le garantizo nada.
Se fue Armando Moncada y Ramiro continúo amenizando las tardes en Súper. Transcurridos unos días lo llamó Armando, lo citó en Todelar para que presentara una prueba ante los directivos de Todelar. Asistió a la cita. Ese mismo día le dijeron:
— Pase por la administración para firmar el contrato.
Renunció a Súper. En Todelar le correspondió, entre semana, hacer un turno de ocho de la mañana a doce del día leyendo boletines de prensa, al medio día participar en el programa de deportes y los domingos, ir al estadio a leer los comerciales durante la transmisión de los partidos de fútbol.

En Todelar fue consciente del avance logrado en su carrera, pues el interrelacionarse con figura de primer orden de la radio colombiana implicaba el cumplimiento de su aspiración de trascender en los medios de comunicación. Mantuvo su sencillez y su entusiasmo en el trato con los demás.
—Cuando me encontraba muy a gusto en Todelar, se va de RCN Fabio Restrepo Gómez, quien era el locutor comercial. Tuvo una diferencia con alguien de la empresa, entonces necesitaban un locutor comercial urgente. Óscar Restrepo le dijo al director de deportes, David Cañón Cortés: “tenemos que traer a Ramiro Dueñas”. Óscar era quien manejaba las transmisiones de fútbol. El narrador era Sergio Ramírez. David le respondió, sí, he oído hablar de él.
Alguien de RCN llamó a Ramiro y le dijo que estuviera pendiente pues lo iban a contactar para cubrir la vacante dejada por Fabio Restrepo.
—Si le ofrecen el cargo, pida duro porque allá pagan muy poco — le aconsejó su fuente.
La llamada de David Cañón no se hizo esperar. Después de ofrecerle el cargo le preguntó su aspiración salarial. Ramiro le planteó una cifra que representaba tres veces lo que ganaba en ese momento en Todelar. La conversación terminó sin llegar a un acuerdo.
Pasaban los días y RCN continuaba sin locutor comercial. Probaron varias voces, pero Óscar Restrepo insistía en Ramiro. Ante la persistencia, David Cañón le manifestó que el sueldo solicitado por Ramiro estaba por fuera de los topes salariales establecidos por la cadena para ese tipo de cargos.
—Necesitamos a Ramiro, no hay alternativa —insistía Óscar Restrepo Pérez.
Transcurridas unas semanas, David Cañón volvió a llamar a Ramiro y le dijo:
— Mire Ramiro, no vamos a alargar esto. Yo le voy a decir algo: no piense solo en el dinero, recuerde que aquí está Héctor Urrego y Rubén Darío Arcila transmitiendo ciclismo y yo sé que a usted le gusta este deporte, por eso le voy a dar la oportunidad de que pueda hacer parte de ese equipo y ahí miramos si hay eventos internacionales. Otra cosa, no lo vea solo por el sueldo, va a llegar a RCN que es una empresa que tiene derechos de muchos eventos y usted va a estar ahí. Y también quiero decirle algo: como director de deportes me comprometo a que cuando haya viajes al exterior lo enviaré con el equipo de transmisión y no se le olvide que va a viaticar en dólares. Créame que usted va a llegar a una buena cadena radial.
Ramiro, entonces, bajó el monto de su aspiración económica y David le contestó:
—Esa cifra ya es manejable para nosotros. Bienvenido a RCN.
Comenzó a trabajar en RCN en 1984.
—Al mes ya estaba viajando por Suramérica, acompañando a Santa Fe y Millonarios en la Copa Libertadores. En el 85 empezamos a salir con la Selección Colombia para la eliminatoria de México 86. Iniciamos por Lima y seguimos a Buenos Aires y, la verdad, los viáticos eran muy buenos. Le daban a uno más de 100 dólares diarios. El sueldo rendía mucho. Yo estaba solterito.
En las transmisiones internacionales, además de ser el locutor comercial, debía asumir la parte técnica. A su cargo estaba el trabajo de transportar los equipos, instalarlos y establecer los enlaces telefónicos y satelitales.
En una de esas transmisiones, la correspondiente al partido Nacional del Uruguay contra Millonarios, en Montevideo, el narrador, Sergio Ramírez, se enfermó y se regresó a Bogotá unas horas antes del compromiso. Óscar Restrepo y otro comentarista de RCN (tal vez Iván Mejía) fueron los encargados de decirle a Ramiro en el hotel que esa noche le tocaba narrar el partido. Lo tranquilizaron y le manifestaron que estarían atentos a respaldarlo ante cualquier dificultad que se le presentara.
— Nunca en mi vida había narrado un partido de fútbol profesional y menos internacional. Usted puede debutar en el Olaya, pero debutar en cadena nacional, con un partido internacional, es otra cosa. Para colmo de males hubo cinco goles. Por fortuna, estos me salieron bien, limpios y emocionantes. Mis compañeros de transmisión, al final, me dijeron que había sorteado con éxito la emergencia.
Inició así su tránsito de la locución comercial a la narración deportiva.

— No soy el único que de locutor comercial ha pasado a narrador. Hay varios casos: Hernando Perdomo Ch., William Vinasco y Antonio Pasos, por solo mencionar tres de ellos.
En RCN, además de leer las cuñas en los partidos de fútbol, leer boletines de noticias de lunes a viernes de diez de la mañana a doce del día, coordinar desde cabina transmisiones de ciclismo realizadas por Rubén Darío Arcila, Rodrigo Vásquez y Héctor Urrego Caballero, durante la época dorada del ciclismo colombiano en Europa, participó en el programa Los Dueños del Balón como presentador y locutor comercial, al tiempo que contribuyó en la preparación y producción del mismo, a través de la consecución de información mediante llamadas a jugadores y entrenadores de fútbol.
—Allí fue donde comencé a desarrollar labores periodísticas que me condujeron a graduarme como comunicador social periodista, a través del ciclo de profesionalización ofrecido por la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
También, de la mano de Henry ‘El Bocha’ Jiménez, comenzó a transmitir partidos de fútbol desde el estadio Olaya en Bogotá. Inducido por su compañero de trabajo Héctor Paláu, incursionó en la narración de deportes de la rama olímpica, como atletismo y disciplinas ecuestres, entre otros.
—He transmitido, por radio y televisión, 18 deportes del ciclo olímpico.
En 1989 conoció en RCN a Ximena del Pilar Mejía Enciso quien trabajaba desde 1986 en la vicepresidencia de la empresa, en el departamento de publicidad. Oriunda de San Martín, Meta, se graduó en publicidad y cursó una maestría en Administración de Empresas. El flechazo entre los dos fue inmediato. Iniciaron un romance.
—Mientras estuve en Italia, haciendo parte del equipo de RCN encargado de transmitir el Mundial Italia 90, hablaba por teléfono diariamente con Ximena. Creo que gastamos más plata en llamadas que en la ceremonia nupcial.
Ramiro le pidió que se casara con él a través de una línea satelital que estaba probando para una transmisión. Lo hizo sabiendo que los técnicos de sonido lo escuchaban. Ella aceptó.
— Se nos casa el Rami, bravo — dijo uno de los operadores, mientras al fondo se escuchaban aplausos y vivas a los novios.
Celebrado el matrimonio, Ximena decidió renunciar a RCN, pues allí no permitían que laboraran parejas de esposos.
Reintegrado a sus labores, algún día abordó al presidente de la cadena, quien lo apreciaba bastante, y le expresó un deseo que le había surgido tiempo atrás:
—Don Ricardo, yo quiero ser narrador, no deseo seguir como locutor comercial.
— Sí, pero no puede ser en Bogotá porque aquí tenemos a los mejores. Déjeme, analizo si puede irse para Antena Dos Medellín —le respondió el presidente.
Días después Ramiro insistió ante Ricardo Londoño sobre su anhelo de convertirse en narrador. Le informó que el comentarista de RCN en Bucaramanga, ‘Papo’ Díaz le había hablado la posibilidad de narrar en esa ciudad. Londoño, le repuso que allá estaba el legendario José Antonio Churio. No obstante, de inmediato le manifestó:
— Bueno, váyase para Antena Dos Bucaramanga y luego veremos a donde lo mandamos.
De inmediato, con su esposa empacaron maletas y se trasladaron a la capital santandereana. Allí, mientras él narraba para Antena Dos ella comenzó a trabajar en Comultrasán y en la Universidad. Pasado un año, José Antonio Churio anunció su decisión de retirarse de la narración deportiva y dedicarse solo a leer el noticiero, pues estaba a punto de jubilarse. A Ramiro le fue bien en las narraciones deportivas de la básica de RCN Bucaramanga. En esa ciudad nació su primogénita.
Después de algún tiempo la familia Dueñas Mejía regresó a Bogotá. Ramiro se reintegró a RCN Radio y Ximena comenzó a trabajar en Revista Semana. Pronto nació el heredero varón.

Las responsabilidades de Ximena en el grupo de revistas Semana se incrementaron; estas le demandaban demasiado tiempo, al igual que continuos desplazamientos a distintos lugares del país. Ramiro, por su parte, debía salir con frecuencia de Bogotá a realizar transmisiones nacionales e internacionales.
— Los dos vivíamos muy atareados. En ocasiones solo podíamos vernos en el aeropuerto, él ausentándose y yo regresando o viceversa. Nuestros hijos estaban bajo el cuidado de una empleada —rememora Ximena.
Por ese tiempo, Óscar Restrepo Pérez, quien presentaba los deportes en el noticiero de Televisión TV Hoy, lo llamó para pedirle que lo reemplazara en la presentación de ese espacio durante los días que tuviera que viajar al exterior a realizar transmisiones deportivas. RCN no consideró que hubiera impedimento y le extendió la autorización respectiva.
—Después de regresar de Bucaramanga tuve en RCN mi mejor momento.
De su paso por RCN le han quedado tatuados en su memoria momentos afortunados, singulares, pletóricos de emociones y vivencias trascendentes. No se le olvida una tarde en un apartamento en la playa de Miami cuando asistió a un asado que les ofreció un compatriota a los integrantes de la Selección Colombia de comienzos del 90, en donde transmitió en directo para Barranquilla, junto con Édgar Perea, la actuación del Binomio de Oro, conformado en ese momento por Rafael Orozco e Israel Romero. Tampoco se le olvidan, el júbilo, primero, y el pavor, después, que vivió en Tel Aviv, en octubre de 1989, con motivo de la clasificación de Colombia al Campeonato Mundial de Fútbol Italia 90; de júbilo, porque con el resultado obtenido Colombia aseguró su participación en el máximo certamen futbolístico orbital y de confusión, porque antes de iniciar el viaje de regreso a Bogotá, en el aeropuerto de esa ciudad israelita, le requisaron exhaustivamente el equipaje y le desbarataron todo los equipos de transmisión que estaban a su cargo. Por supuesto, se sonríe al evocar esa tarde en las playas de Salvador Bahía, cuando después de un partido de Colombia en desarrollo de la Copa América de 1989 que se realizó en Brasil, participó del jolgorio de los brasileños y se convirtió en el único integrante de la delegación de periodistas colombianos que se atrevió a bailar con una corpulenta ‘garota’. Y, por último, lo emociona, traer de nuevo a su mente el momento en que, durante una transmisión, el narrador Sergio Ramírez, dijo: “Ahora les presento a Ramiro Dueñas, ‘el crédito de Guayatá’, ocasión sublime de un bautismo indeleble.
En 1999 le ofrecieron trabajo en Panamá a su esposa.
—Miguel Silva, gerente de la revista Gatopardo, brazo de la revista Semana, le hizo el ofrecimiento. Ella le respondió: “sí, yo me voy para Panamá”.
Ramiro la respaldó en su decisión, renunció a todos sus compromisos laborales en Bogotá y decidió acompañarla en esta aventura. Allá muy pronto comenzó a trabajar en espacios radiales y televisivos. Laboró en los programas de mayor audiencia. También se vinculó como docente en una universidad.
—Digamos que Panamá nos unió. Es un país pequeño. Pasábamos los fines de semana con los chicos. Yo los llevaba al colegio porque todo estaba a la mano. Hacía el noticiero, madrugaba a las cinco de la mañana. A Ximena le fue muy bien porque conocimos todo ese mundo comercial, a las grandes empresas y corporaciones que manejan la economía no solo de Centro América, sino de América toda. La verdad es que recuperamos el matrimonio, porque en Bogotá, debido a nuestras ocupaciones andábamos cada uno por su lado —apunta Ramiro.
—De haber seguido en Colombia, el matrimonio se hubiera acabado —precisa Ximena.
—Todos los fines de semana íbamos a la playa. Panamá nos dio oxígeno —reitera Ramiro.
Al entrar en el séptimo año de permanencia en Panamá, Ramiro percibió que profesionalmente allí ya había alcanzado el techo.

—Laboralmente no veía perspectivas de seguir avanzando. Además, Panamá no es un país futbolero sino beisbolero y siempre he tenido claro que lo mío es el fútbol y el ciclismo.
Su esposa lo secundó en la idea de regresar a Colombia.
Ya en Bogotá entró en contacto con cadenas radiales y programadoras de televisión. Desde Panamá había realizado gestiones para ingresar a Caracol y todo estaba listo, pero un día antes de iniciar actividades, le dijeron que se suspendía el trámite de vinculación. Fijó su atención en las empresas que transmitían fútbol por televisión los fines de semana y tuvo éxito. Primero lo acogieron en Telmex y luego, a partir de 2012 en la recién creada Win Sports, empresa en la que labora actualmente.
Ximena, por su parte, se acercó a RCN, en donde Fernando Molina, su antiguo jefe, era ya presidente de la cadena. Él la acogió y la envió como gerente de RCN Duitama; allí trabajó durante 14 años.
En el ejercicio de su cargo como gerente de RCN Duitama, a Ximena la cautivó la belleza de la campiña boyacense. Convenció a Ramiro de buscar, en esta, un retazo de tierra. Lo encontraron. En un paraje bucólico, perteneciente a la jurisdicción de Tibasosa y cercano al Pantano de Vargas, sobre un pequeño collado construyeron su nido de amor, en donde, abrigados por el afecto de los vecinos, el canto de pajarillos y el melódico rumor del viento disfrutan la plenitud de sus existencias. Hasta allí, procedentes de Bogotá, en donde residen, llegan a visitarlos, con frecuencia, sus hijos: María Alejandra, comunicadora social, y Juan Daniel, diseñador industrial y especialista en análisis de datos. Ramiro, aprovechando la tecnología, narra partidos de fútbol para Win Sports, y ella, con amor, mantiene el ambiente acogedor del hogar y con su marido desarrolla trabajo social que beneficia a personas necesitadas.
— Todos los martes asistimos a la catedral de Duitama a darles gracias a Dios y a la virgen por los beneficios que nos han concedido. Ah, lo del sueño de trabajar en Caracol es tarea pendiente, ja, ja, ja — dice sonriente Ramiro.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 6 de septiembre de 2026 · 7:00 a. m.