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¿Es posible escuchar la aniquilación de términos que han sido luchados, defendidos y resignificados gracias a las conquistas por los derechos humanos y, particularmente, por los derechos de las niñas y los niños en nuestro país?
Hay decisiones que parecen inofensivas porque aparentemente caben en una palabra. Sin embargo, algunos términos contienen una carga histórica. Por eso resulta indignante cuando, desde una institución que tiene precisamente la responsabilidad de proteger los derechos de la infancia, decide borrar del lenguaje institucional el término niñas para dejar únicamente niños.
No se trata de una discusión gramatical menor. Tampoco de una obsesión por las palabras. El lenguaje nombra, reconoce, representa y construye las realidades que habitamos. Cuando una sociedad aprende a nombrar aquello que durante siglos permaneció invisible, ese acto de nombrar también es una forma de reconocimiento.
‘Niñas’ no es un adorno del lenguaje. ‘Niñas’ no es una palabra que pueda desaparecer porque alguien considere que el masculino puede contenerlo todo. Detrás de esa palabra hay infinidad de historias: niñas que han sufrido violencia, que han sido víctimas de abuso, que han reclamado el derecho a estudiar, a jugar, a decidir sobre sus cuerpos, a crecer libres de discriminación y a ser escuchadas. Hay también niñas que lideran, crean, cantan, escriben, investigan, sueñan y transforman sus realidades.
Entonces, ¿qué significa eliminarlas del lenguaje institucional? ¡Borrar la lucha!
Muchas personas dirán que se trata simplemente de economía del lenguaje. Que ‘niños’ puede funcionar como término genérico. Pero el problema aparece cuando esa economía termina haciendo más pequeña la existencia de quienes durante mucho tiempo tuvieron que luchar para ser reconocidas. Porque no es lo mismo estar nombrada que estar implícita. No es lo mismo decir “niñas y niños” que asumir que unas están contenidas silenciosamente dentro de otros.
Además, las palabras también tienen memoria. Hemos aprendido, después de largas luchas sociales, que aquello que no se nombra puede volverse invisible. Por eso las instituciones no deberían preguntarse solamente si una palabra es gramaticalmente correcta, sino también qué realidad está reconociendo cuando decide utilizarla y qué realidad está dejando fuera cuando la elimina; y más allá de la gramática, está la dignidad.
Pero, ¿por qué incomoda nombrar a las niñas?
Se ha avanzado en reconocer sus derechos, entonces, no deberíamos tener que explicar que las niñas existen y mucho menos desde las instituciones encargadas de protegerlas, porque borrar una palabra no borra la existencia, pero sí puede enviar un mensaje peligroso: que algunas presencias oscuras puedan volver a hacerse presentes. Y eso, en un país que ha aprendido a luchar por nombrarlas, sí debería prender las alarmas para proteger a nuestras niñas.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 27 de agosto de 2026 · 7:00 a. m.