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Más allá de la fachada: el agotamiento de nuestro modelo de estratificación

El modelo de estratificación implementado en Colombia en 1994 a través de la Ley 142, que categoriza el territorio en una escala del 1 al 6, ha generado una segregación espacial significativa. Lo que inicialmente se diseñó como un mecanismo de solidaridad fiscal para los servicios públicos se ha transformado en un catalizador de fractura social, convirtiendo la vivienda en un marcador de identidad y destino urbano.

El sesgo en el diseño urbano es evidente, ya que la calidad del espacio público, incluyendo infraestructura, arborización e iluminación, parece depender del estrato y no de la dignidad de sus habitantes. Esto ha llevado a la creación de enclaves homogéneos que rechazan la mixtura social, institucionalizando la exclusión. La ONU-Habitat señala esta fragmentación socioespacial como un obstáculo para la integración, generando una «geografía del miedo» y convirtiendo la mejora urbana en una paradoja que desplaza a los residentes originales a través de procesos de gentrificación.

El reto para la planeación nacional y para realidades urbanas en crecimiento como la de Tunja es trascender esta etiqueta y centrar la política pública en las personas y su vulnerabilidad real. El sistema actual, aunque funcional para el recaudo, legitima una segregación que choca con la justicia espacial. Es momento de dejar de diseñar barrios de estratos y comenzar a construir una ciudad de ciudadanos, entendiendo que el espacio público es el escenario donde se ejerce la democracia y que la ciudad nos pertenece a todos por igual, más allá de las tarifas y la estratificación.

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Lo que nació en Colombia en 1994 (Ley 142) como un mecanismo de solidaridad fiscal para los servicios públicos se ha transformado en un potente catalizador de segregación espacial. Al categorizar el territorio en una escala del 1 al 6, creamos una ilusión de orden que, en la práctica, fractura el tejido social y convierte la vivienda en un marcador de identidad y destino urbano.

El sesgo en el diseño urbano

Como urbanistas, observamos con preocupación cómo la calidad del espacio públicoinfraestructura, arborización e iluminaciónparece supeditada al estrato y no a la dignidad de sus habitantes. Bajo esta lógica, hemos planificado enclaves homogéneos que rechazan la mixtura social. Cuando el acceso a un entorno de calidad es un privilegio asociado al predio y no un derecho, institucionalizamos la exclusión.

Esta fragmentación socioespacial —que la ONU-Habitat señala hoy como un obstáculo para la integracióntiene graves consecuencias. No solo genera una “geografía del miedo”, sino que convierte la mejora urbana en una paradoja: cada vez que se interviene un sector con infraestructura de calidad, el estrato y el costo de vida suben, desplazando silenciosamente a los residentes originales mediante procesos de gentrificación.

Hacia la justicia espacial

El reto para la planeación nacional, y para realidades urbanas en crecimiento como la de Tunja, es trascender esta etiqueta. Mientras la tendencia global sugiere centrar la política pública en las personas y su vulnerabilidad real, nuestro modelo sigue atado a la fachada del inmueble. El sistema actual, aunque funcional para el recaudo, legitima una segregación que choca con la justicia espacial.

Es momento de dejar de diseñar barrios de estratos y comenzar a construir una ciudad de ciudadanos. La equidad urbana comienza cuando entendemos que el espacio público es el escenario donde se ejerce la democracia y que, más allá de las tarifas, la ciudad nos pertenece a todos por igual.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 5 de agosto de 2026 · 7:00 a. m.

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