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La investigación que Colombia todavía no se atreve a hacer

La investigación en Colombia enfrenta un desafío fundamental: ¿está generando conocimiento que realmente responda a las necesidades del país para transformarse? Históricamente, el éxito de la investigación se ha medido por indicadores como el número de artículos publicados, patentes registradas y posiciones en rankings. Sin embargo, este enfoque puede estar limitando la capacidad del país para abordar sus problemas más profundos.

El país presenta profundas desigualdades territoriales, una riqueza cultural extraordinaria y más de ochenta años de conflicto. En este contexto, es crucial que la investigación se realice de manera localizada, es decir, que se lleve a cabo en los territorios, escuchando las voces de las comunidades y comprendiendo sus realidades cotidianas. La academia debe aprender a formular preguntas correctas y reconocer que parte del conocimiento necesario ya existe en las comunidades que han aprendido a resolver problemas durante generaciones.

Colombia necesita un enfoque que dialogue permanentemente con la innovación, la creación artística, la cultura y la pedagogía. La innovación no solo se refiere al desarrollo de nuevas tecnologías, sino también a nuevas formas de organización comunitaria, aprendizaje, arte y liderazgo social. La creación artística y cultural debe ser vista como un componente fundamental del desarrollo, ya que permite a las sociedades cambiar sus imaginarios colectivos.

Para lograr una transformación nacional, Colombia requiere un ecosistema de conocimiento que conecte a investigadores, artistas, maestros, comunidades, empresas, gobiernos y organizaciones sociales. La verdadera innovación ocurre cuando el conocimiento se convierte en patrimonio colectivo y las comunidades son protagonistas de la investigación. Es hora de que el país aprenda a escuchar lo que los territorios llevan décadas intentando decirnos.

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Fray Ricardo Ernesto Torres

Durante décadas hemos medido el éxito de la investigación por el número de artículos publicados, las patentes registradas, los grupos categorizados o las posiciones alcanzadas en distintos rankings. Sin desconocer la importancia de estos indicadores, quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta mucho más incómoda: ¿está investigando Colombia aquello que realmente necesita para transformarse? Un país con profundas desigualdades territoriales, con una riqueza cultural extraordinaria y con más de ochenta años de conflicto no puede aspirar a construir un futuro distinto si continúa produciendo conocimiento desde una mirada centralista, homogénea y distante de la realidad cotidiana de sus comunidades.

La investigación no puede seguir ocurriendo únicamente en los laboratorios, los escritorios o las bibliotecas de las grandes ciudades. Debe caminar los territorios, escuchar sus voces, comprender sus silencios y reconocer que buena parte del conocimiento que el país necesita ya existe en quienes han aprendido a resolver problemas durante generaciones. La academia no siempre está llamada a descubrir respuestas; muchas veces su mayor responsabilidad consiste en aprender a formular las preguntas correctas. Colombia necesita una investigación localizada. No existen soluciones universales para realidades tan diversas como el Pacífico, la Amazonía, La Guajira, el Catatumbo, los Llanos Orientales o las grandes ciudades. Pretender diseñar políticas, tecnologías o modelos educativos desde un único centro de pensamiento es desconocer la diversidad que constituye nuestra mayor riqueza. La investigación debe dialogar permanentemente con la innovación, con la creación artística, con la cultura y con la pedagogía. Separarlas ha sido uno de los errores más costosos de nuestro sistema de conocimiento.

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La innovación no consiste únicamente en desarrollar nuevas tecnologías. También innovan las comunidades que encuentran nuevas maneras de organizarse, los docentes que reinventan el aprendizaje, los artistas que transforman la manera como una sociedad comprende su historia y los líderes sociales que construyen confianza allí donde antes existía miedo. Innovar significa producir nuevas formas de vivir juntos. De igual manera, la creación artística y cultural no puede seguir siendo vista como un componente accesorio del desarrollo. Las sociedades no cambian únicamente porque cambian sus leyes o sus instituciones; cambian cuando transforman sus imaginarios colectivos. Allí el arte, la memoria, la literatura, la música, el teatro, el cine y todas las expresiones culturales cumplen una función insustituible: permiten que una sociedad se piense de otra manera.

Colombia necesita un ecosistema capaz de conectar investigadores, artistas, maestros, comunidades, empresas, gobiernos y organizaciones sociales alrededor de un mismo propósito: comprender mejor el país para poder transformarlo. La verdadera innovación ocurre cuando el conocimiento deja de circular únicamente entre expertos y comienza a convertirse en patrimonio colectivo. Cuando las comunidades no son objeto de investigación sino protagonistas de ella. Cuando el conocimiento científico conversa de igual a igual con los saberes ancestrales, campesinos, populares y comunitarios. Cuando la universidad deja de mirar el territorio como un lugar al que se lleva conocimiento y empieza a reconocerlo como un espacio donde también se produce conocimiento. Quizá el mayor desafío de nuestra investigación ya no sea descubrir algo que nadie conoce. Tal vez sea mucho más difícil y más urgente: aprender a escuchar aquello que los territorios llevan décadas intentando decirnos.

Porque las grandes transformaciones nacionales no comienzan cuando cambia un gobierno. Comienzan cuando cambia la manera como una sociedad comprende su propia realidad. Y ese cambio, inevitablemente, empieza por la investigación.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 7 de julio de 2026 · 7:00 a. m.

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