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La música que canta al pueblo, pero en condiciones

La música tradicional colombiana, lejos de ser un refugio de diversidad y unión, puede estar reproduciendo las mismas jerarquías y exclusiones que critica. En algunos festivales de música folclórica, el color de la piel, el apellido, la forma de vestir y el estatus social parecen funcionar como credenciales invisibles para pertenecer.

Señala el autor de la columna que hay una fractura entre lo que se canta y la manera como se mira al otro. Mientras las canciones hablan de unión, humildad y raíces, algunos espacios fomentan la exclusión y establecen que existen personas más dignas que otras.

Esta paradoja se hace más notoria al comparar los escenarios del evento con la calle, donde la música pertenece a todos y las familias se reúnen sin importar su origen o estatus social. Sin embargo, en algunos recintos exclusivos, el acceso depende del dinero, las relaciones o el reconocimiento social.

Finalmente, se cuestiona qué se está celebrando realmente en estos eventos que honran la identidad colombiana. El folclor pierde autenticidad cuando deja de abrazar a la gente que le dio vida, y ninguna melodía puede ocultar el silencio ético de una sociedad que confunde el privilegio con el valor humano.

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Hay lugares donde uno espera encontrarse con la diversidad de un país. Los festivales de música tradicional son, al parecer, uno de ellos. Allí convergen las voces y los sonidos de los territorios, las memorias campesinas, los cantos heredados de los ancestros que hicieron de la música una forma de resistir al olvido. Uno llega creyendo que esos escenarios son un refugio entre tanto caos político electoral donde la identidad vale más que la apariencia y donde el arte logra aquello que la sociedad todavía no consigue: reconocernos desde la diferencia con respeto. Sin embargo, la realidad a veces desafina.

Hace algún tiempo escribí sobre el clasismo que atraviesa silenciosamente a Colombia. Pensé, quizá con ingenuidad, que los escenarios dedicados al folclor serían una excepción. Me equivoqué. Nunca imaginé descubrir que, en algunos espacios, incluso en un encuentro que celebra la música del pueblo, el color de la piel, el apellido, la forma de vestir, la estatura o el estatus social siguen funcionando como credenciales invisibles para pertenecer.

Resulta inquietante observar cómo quienes interpretan canciones sobre la tierra, la humildad, los campesinos y las raíces terminan reproduciendo las mismas jerarquías que esas composiciones, en teoría, denuncian o intentan superar. Hay una fractura entre lo que se canta y la manera como se mira al otro. Una distancia dolorosa entre el discurso artístico y las relaciones humanas. Es una especie de distopía cultural. La música habla de unión, pero algunos espacios fomentan la exclusión. Las letras evocan la dignidad de los pueblos, mientras ciertos comportamientos parecen establecer que existen personas más dignas que otras. Como si el arte pudiera desprenderse de la ética que le da sentido.

La paradoja se hace más notoria cuando se recorren los escenarios del evento. Afuera, en la calle, la música pertenece a todos. Las familias se reúnen, las tiendas abren sus espacios para albergar a los músicos y a los turistas en una tertulia musical donde todos cantan sin preguntar de dónde viene o quién tiene al lado. Allí el folclor conserva su naturaleza: un patrimonio compartido.

Pero basta cruzar las puertas de algunos recintos exclusivos para que el ambiente cambie. El acceso depende del dinero, de las relaciones, del reconocimiento social o de la cercanía con determinados círculos. El pueblo que inspira las canciones permanece afuera, mientras adentro se construyen fronteras invisibles que poco tienen que ver con la esencia de la tradición.

Entonces cabe preguntarse qué estamos celebrando realmente. Porque un evento que honra la identidad colombiana no puede olvidar que Colombia también tiene el rostro moreno de sus montañas, el cabello crespo de sus costas, las manos callosas de quienes cultivan la tierra y la diversidad inmensa que ha dado origen a su música.

El folclor pierde autenticidad cuando deja de abrazar a la gente que le dio vida. Y ninguna melodía, por hermosa que sea, logrará ocultar el silencio ético de una sociedad que todavía confunde el privilegio con el valor humano. Tal vez el mayor desafío de nuestra cultura no sea aprender nuevas canciones, sino aprender, por fin, a mirar al otro sin los prejuicios que durante siglos han desafinado la partitura de este país.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 2 de julio de 2026 · 7:00 a. m.

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