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Cuba ante el espejo de Vietnam: ¿una reforma económica sin apertura política? – #ColumnistaInvitado

Cuba ha aprobado 176 reformas económicas, lo que ha generado comparaciones con el proceso de reformas implementado en Vietnam en los años ochenta. Ambos países comparten una historia de revoluciones socialistas y economías centralmente planificadas, pero también existen diferencias significativas que podrían determinar el éxito o fracaso de la apuesta cubana.

Vietnam lanzó el programa Đổi Mới en 1986, que permitió la propiedad privada, impulsó la inversión extranjera y abrió la economía al comercio internacional. Esto llevó a una de las historias de crecimiento más exitosas de las últimas décadas, convirtiendo a Vietnam en una potencia manufacturera exportadora y reduciendo drásticamente los niveles de pobreza.

Las reformas anunciadas por Cuba guardan semejanzas con la experiencia vietnamita, como la ampliación del espacio para las pequeñas y medianas empresas, la flexibilización de la inversión extranjera y la reducción de subsidios generalizados. Sin embargo, Cuba enfrenta un entorno más complejo, con sanciones estadounidenses que limitan su acceso a financiamiento y mercados, y una economía global con menor crecimiento y mayores tensiones geopolíticas.

Además, existen diferencias demográficas y sociales fundamentales entre ambos países. Vietnam comenzó su proceso reformista con una población joven y una estructura productiva rural con gran potencial de expansión, mientras que Cuba llega a este momento con una población envejecida, una emigración masiva de jóvenes y profesionales, y una infraestructura deteriorada.

La velocidad y profundidad de las reformas también han sido diferentes. Vietnam implementó sus reformas de manera coherente y continua, mientras que Cuba tiene un historial de avances y retrocesos. El dilema que enfrenta el Gobierno cubano es si puede combinar apertura económica con un sistema político de partido único, y si está dispuesto a asumir las consecuencias de una apertura económica profunda.

La experiencia vietnamita demuestra que es posible combinar apertura económica con un sistema político de partido único, pero también evidencia que las reformas de mercado producen nuevas dinámicas sociales y mayores demandas ciudadanas. La prosperidad genera expectativas, y las expectativas terminan transformando las relaciones entre Estado y sociedad.

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Por estos días, la aprobación de 176 reformas económicas por parte del Gobierno de Miguel Díaz-Canel ha reavivado una pregunta que parecía reservada a los académicos y especialistas en sistemas políticos comparados: ¿está Cuba intentando recorrer el mismo camino que Vietnam inició en los años ochenta?

La comparación no es casual. Ambos países comparten una historia marcada por revoluciones socialistas, economías centralmente planificadas, un partido único en el poder y largos periodos de aislamiento económico. En ambos casos, además, las reformas surgen como respuesta a profundas crisis económicas que amenazan la estabilidad del sistema político. Sin embargo, aunque las similitudes son evidentes, las diferencias son tan importantes que podrían determinar el éxito o el fracaso de la apuesta cubana.

En 1986, Vietnam lanzó el programa conocido como Đổi Mới (‘renovación’), una transformación económica que permitió la propiedad privada, impulsó la inversión extranjera, descentralizó la producción agrícola y abrió gradualmente la economía al comercio internacional. El resultado fue una de las historias de crecimiento más exitosas de las últimas décadas. Vietnam pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en una potencia manufacturera exportadora, reduciendo drásticamente los niveles de pobreza y mejorando los indicadores sociales de su población.

Las reformas anunciadas por Cuba guardan semejanzas notables con aquella experiencia. La ampliación del espacio para las pequeñas y medianas empresas, la flexibilización de la inversión extranjera, la reducción de subsidios generalizados, la modernización del sistema financiero y la búsqueda de mayores incentivos para la producción agrícola recuerdan claramente algunos de los pilares de la estrategia vietnamita. En ambos casos, la lógica es similar: preservar el control político mientras se introducen mecanismos de mercado que permitan dinamizar una economía estancada.

Sin embargo, es precisamente en las diferencias donde se encuentra el principal desafío para La Habana.

Cuando Vietnam inició sus reformas, el contexto internacional era favorable. El país se integró progresivamente a los mercados globales, aprovechó la expansión del comercio internacional y se convirtió en un destino atractivo para las inversiones extranjeras. Cuba, por el contrario, enfrenta un entorno mucho más complejo. Las sanciones estadounidenses continúan limitando su acceso a financiamiento y mercados, mientras que la economía global atraviesa una etapa de menor crecimiento y mayores tensiones geopolíticas.

Existe además una diferencia demográfica y social fundamental. Vietnam comenzó su proceso reformista con una población joven, una estructura productiva rural con gran potencial de expansión y un Estado que todavía conservaba una importante capacidad de movilización económica. Cuba llega a este momento con una población envejecida, una emigración masiva de jóvenes y profesionales, una infraestructura deteriorada y una profunda crisis de confianza entre los ciudadanos y las instituciones.

Pero quizás la diferencia más importante sea la velocidad y la profundidad de las reformas. El liderazgo vietnamita entendió que las transformaciones económicas requerían coherencia y continuidad. Una vez iniciado el proceso, las autoridades evitaron retrocesos significativos y ofrecieron señales relativamente claras a inversionistas y productores. En Cuba, en cambio, existe un historial de avances y retrocesos. Reformas anunciadas con entusiasmo en distintos momentos han sido posteriormente limitadas, suspendidas o revertidas por temor a perder control político o generar desigualdades sociales.

Ese es precisamente el dilema que enfrenta hoy el Gobierno cubano. La experiencia vietnamita demuestra que es posible combinar apertura económica con un sistema político de partido único.

Sin embargo, también evidencia que las reformas de mercado producen inevitablemente nuevas dinámicas sociales, nuevas élites económicas y mayores demandas ciudadanas. La prosperidad genera expectativas, y las expectativas terminan transformando las relaciones entre Estado y sociedad.

Por ello, el verdadero interrogante no es si Cuba puede parecerse a Vietnam, sino hasta qué punto está dispuesta a asumir las consecuencias de una apertura económica profunda. No basta con permitir más empresas privadas o atraer inversión extranjera, es necesario construir confianza, garantizar reglas estables y aceptar que una economía más libre genera actores sociales con mayor autonomía.

Las 176 reformas aprobadas pueden representar el inicio de una nueva etapa para Cuba o convertirse en otro capítulo de cambios parciales que terminan atrapados por las propias limitaciones del sistema. La historia vietnamita ofrece una hoja de ruta inspiradora, pero no una fórmula mágica. Después de todo, las reformas económicas no transforman únicamente los mercados: terminan transformando también las sociedades que las impulsan.

Y es precisamente ahí donde se encuentra la prueba más difícil para el régimen cubano. No en la aprobación de las reformas, sino en su capacidad para sostenerlas cuando comiencen a producir cambios que vayan mucho más allá de la economía.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 28 de junio de 2026 · 7:00 a. m.

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