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La época de Navidad y Año Nuevo era el tiempo para estar con la familia, con los amigos y con todas aquellas personas que se estimaban; siempre se estaba pendiente del broche y la sabana, esperando a los familiares que bajaban de Boyacá a pasar la Navidad, el Año Nuevo y el día de Reyes en el llano. Época ideal para hacer la paz y reanudar la amistad con los viejos amigos que, terminando el año, se encontraban distanciados. Ocasión para estar agradecidos con todo lo que nos pasaba, lo bueno y lo malo, al fin y al cabo, se llegaba con vida a celebrar una nueva Navidad y un nuevo año. —“Nunca se sabe cuándo será la última Navidad”—, decían.
Así recuerdan estas épocas las antiguas familias que llegaron de Boyacá a colonizar al agreste llano, como Ciro Reina y Elsa Riveros, a quienes trajeron siendo muy niños por el viejo camino de Mongua a Labranzagrande y, luego a Marroquín y el Morro y poco a poco, bajar al llano a construir las casas de bahareque en el sitio que llamaban El Brosquero, un lugar donde abundaba el palo de Yopo, que se utilizaba para sacar postes y cercar potreros y mantener ganados vacunos, orejanos, que según contaban los viejos, habían dejado los Jesuitas luego de que fueron expulsados por el Gobierno.

Ciro Reina: sus padres lo trajeron muy pequeño a colonizar las agrestes tierras del llano. Foto: Boyacá Sie7e Días
Desde mitad de año se compraba un lechón que se alimentaba bien, para que estuviera gordo y pesado, listo para sacrificarlo en la época de fin de año, unos pollos y gallinas para preparar los tradicionales tamales boyacenses, elaborados con pollo, carne de cerdo, tocino, longaniza, harina de maíz, cebolla larga, perejil, ajo triturado, ajo en polvo, laurel, orégano, color, sal y aceite de cocina.
Desde el 16 de diciembre en todos los hogares, tanto del pueblo como en las fincas, se iniciaban los preparativos para conmemorar el nacimiento del creador y despedir el año. Como no había iglesias, las novenas se rezaban por quienes sabían leer, y cantaban los villancicos como lo habían aprendido en sus pueblos, con la ayuda de un librito que habían comprado en las casas curales.
En el pueblo se programaban las fiestas patronales por parte de las damas prestantes. Se hacían reinados con la colaboración de las señoritas que lograban el permiso de sus padres; fiestas que culminaban precisamente la noche del 23 de diciembre, pues, el 24 estaba reservado exclusivamente para los niños, aunque estos participaban desde el 16 paseando por las polvorientas calles, casa por casa cantando las coplas que les había enseñado la profesora Ester Albarracín.

En Navidad y Año Nuevo las familias se reunían para celebrar la llegada de una nueva esperanza. Foto: archivo particular
Por las tardecitas, una vez terminaban las novenas y se acostaban los niños, se iniciaban las verbenas, con artistas que llegaban de la sabana, unos y otros que bajaban de Labranzagrande, Mongua y Marroquín, quienes con tiple, bandolines, guitarras y maracas animaban los reinados en los que participaban las más hermosas niñas de la región.
Para la época, ganaba el reinado la niña que más dinero hubiera recaudado, dinero que regularmente se invertía en la construcción de la iglesia o de la escuela Salvador Camacho Roldán.
Era costumbre que las candidatas solo podían salir a bailar con quienes ofrecieran dinero por ser parejo en cada canción.
De esa época se recuerda a Olegario Cely, un ganadero destacado quien esgrimía en las fiestas una gruesa chequera de la Caja Agraria y giraba un cheque por cada vez que quería bailar con una de las aspirantes al reinado, títulos valores que regularmente resultaban ‘chimbos’, sin fondos, hasta que una de las candidatas no se aguantó la chanza y le protestó en el juzgado promiscuo municipal el cheque; lo amenazó que si antes de las 2:00 de la tarde no le conseguía la plata, lo hacía meter a la cárcel.
“Olegario consiguió la plata y la candidata ganó el reinado ese año”.
También eran los días de las adivinanzas: -“Doce señoritas en un balcón, todas tienen medias, zapatos no, ¿qué es?”. —Cada quien hacía gala de su ingenio, para crearlas, y eso tenía un precio si atinaba y un castigo si no lo lograba.
—El ‘Beso robao’, ‘Pajita en boca’ el ‘Sí y el No’. “Mis Aguinaldos”— eran parte de los juegos populares que entretenían los tiempos previos a la Navidad.

A la medianoche la familia se reunía para la cena y a celebrar la llegada del nuevo año. Foto: archivo particular
De tarde en tarde lo jóvenes se disfrazaban de matachos, con máscaras que ellos mismos fabricaban con papel y almidón de yuca, representando figuras diabólicas que perseguían por las calles a otros muchachos, los que se suponían se habían portado mal y los castigaban dándoles golpes con vejigas de vacunos que conseguían previamente donde sacrificaban ganado.
El 24 de diciembre, ya terminadas las fiestas y coronada la reina, toda la actividad del día se concentraba en el interior del hogar, cada quien preparando ricos manjares, tamales y arepas boyacenses, dulces, galletas y panes que se asaban en los hornos cónicos de barro, que casi todas las casas tenían en los solares.
El 25, la mayoría de los habitantes, calmaban el guayabo que dejaba la ingesta del aguardiente Onix Sello Negro o el ron de vinola traído a lomo de mula desde Tunja y Socotá (Boyacá) o, con los brebajes preparados de casa, chicha, majule y guarapo y para terminar el día, con un colorido paseo de olla en el río Cravo y otros al Charte.
Para despedir el año se sacrificaba el cerdo que se había comprado seis meses antes y se fritaba la carne, o una novilla, bien tierna, que se asaba en chuzos de cubarro para ofrecer a las familias y vecinos, que llegaban exactamente a la media noche para iniciar un parrando que fácilmente se prolongaba en algunas casas, hasta el 3 de enero…
A la despedida del Año Viejo y la llegada de un nuevo año se renovaban las esperanzas con el arribo de una nueva época, un nuevo sol, una nueva luna y unos nuevos días.
Poco a poco los tamales boyacenses se fueron reemplazando por hayacas, un ‘tamal’ de origen venezolano que las mujeres aprendieron a preparar en las haciendas de Arauca, Apure, Barinas, Cojedes, Portuguesa y otros Estados, ubicados al norte del río Arauca. Pero aun así, el llanero sigue celebrando la llegada de un nuevo año con un abrazo, con mucha fe, gratas sorpresas y
¡Muchas felicidades!
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 24 de diciembre de 2025 · 7:00 a. m.