
El sueño de su vida era ser un gran músico con reconocimiento en el ámbito internacional. Nació en Támara, un pueblo enclavado en la cordillera central, con hondas raíces coloniales, donde dicen los historiadores llegó el primer piano de cola y las finas sedas para vestir la oligarquía española que entro por Casanare para tomar camino hacia Tunja y Santafé.
Desde muy pequeño Javier Montoya demostró un extraordinario talento para la música, tanto que, se voló del seminario menor donde estudiaba para irse a Yopal, donde se ofreció como voluntario para “cargarle” el arpa al maestro Ramón Cedeño y participar en conciertos y presentaciones a lo largo y ancho de la geografía llanera.
Con el maestro Cedeño adquirió los conocimientos académicos para tocar arpa, guitarra, tiple, bandola y, en general, todos los instrumentos musicales y, además, descubrió que lo que escribía, una vez le agregaba música, le gustaba a la gente.
Cuando consideró que tenía las habilidades como arpista, buscó en su tierra una oportunidad para demostrar su talento, —¡nada, nadie le paró bolas!—.

En uno de los muchos conciertos tuvo la oportunidad de compartir con el expresidente Ronald Reagan. Foto: archivo particular
Pensó que seguramente —“nadie es profeta en su tierra”—. Empacó con mucho cuidado el arpa que construyó con el maestro Cedeño y en la Flota Sugamuxi, luego de más de 18 horas de viaje, llegó a Bogotá e inició una vida de músico en diferentes centros nocturnos, actividad que le permitió, además de alimentarse y pagar el arriendo de una alcoba, iniciar un oneroso proceso para obtener la visa y viajar a los Estados Unidos, donde soñaba con volverse un músico famoso, pero se la negaron.
Alguien le recomendó que se “metiera por el hueco” a los EE. UU., aprovechando su pinta de gringo, mono, de ojos claros y una buena talla física, ¡como son los gringos!

Fue destacado por haber llevado el folclor de Colombia y Venezuela a los Estados Unidos. Foto: archivo particular
Entonces resolvió viajar en busca del sueño americano, de manera ilegal. Consiguió el dinero para el pasaje a Panamá y desde allí, llevando como equipaje una tula con poca ropa y el arpa, empezó un largo peregrinaje de país en país, de ciudad en ciudad, por todo Centroamérica ofreciéndose como músico en los centros nocturnos, tocando en los parques y en las calles, hasta llegar a la frontera con los Estados Unidos, —“Solo era pasar de Tijuana a San Diego y allí estaba el éxito del gran compositor y musico colombiano”—.
—¡Lo consiguió!, logró entrar a los Estados Unidos como ilegal. Estaba en la tierra del dólar, de la riqueza—. “¡Por fin el sueño Americano!”.
Después de mucho caminar y preguntar consiguió un hospedaje económico, paga diario, en una pequeña alcoba donde apenas hubo espacio para un catre de lona y el arpa, además de un espejo en el pasillo de la casa, donde paraba a mirarse y ratificar, que “efectivamente parecía Gringo”.
Una vez asegurado el techo y la cama para descansar, salió a las calles con el arpa en el hombro, de cuando en cuando se paraba en un sitio donde la gente transitaba y empezaba a tocar, pero no le prestaban atención. Los gringos van a todas partes de prisa y no tienen tiempo para oír a un artista que necesita ser escuchado. Además, no entendía el lenguaje de las personas, ¡no hablaba inglés! Por suerte, su porte y físico eran similares al de los norteamericanos, eso le permitió mimetizarse por un tiempo entre la población.

Con su físico agringado pudo mimetizarse entre la población, pero lo descubrieron y lo deportaron cinco veces. Foto: archivo particular
Los pocos dólares que portaba en el bolsillo se agotaban y necesitaba pagar el hospedaje. Alguien lo recomendó para lavar platos en un restaurante, limpiar pisos, barrer y otros oficios domésticos, labor que aceptó mientras educaba el oído para aprender inglés.
Como empleado de oficios varios se ofreció en establecimientos de comidas, y en los momentos en que no estaba de turno, se paraba a la entrada de los negocios y tocaba en arpa; joropos, pasajes, tonadas, todas del folclor colombiano, recibiendo a cambio unos aplausos y algunos dólares a manera de propina.
A las pocas semanas de estar en esta rutina se estabilizó económicamente y con algo de idioma, se le ocurrió visitar las instituciones educativas del sector y ofrecer conciertos de entretenimiento para los estudiantes; al principio fueron gratuitos, hasta que, poco a poco, fue haciéndose conocer y eso le dio la posibilidad de cobrar por sus presentaciones.
Aún no sabe cómo las autoridades descubrieron que era un inmigrante ilegal, “tenía la pinta de gringo”. El caso es que lo apresaron y lo deportaron a Guatemala.

Gracias a la virtud de tocar el arpa viajó de costa a costa por los Estados Unidos. Foto: archivo particular
En los Estados Unidos quedaron, además de sus elementos personales como el vestuario, el arpa, un cuatro y unos capachos que con unos ahorros había encargado desde Casanare.
Le tocaba volver a intentar entrar a los Estados Unidos para recuperar sus enseres y los instrumentos musicales con los que hasta ahora se había ganado la vida. Se resolvió, esta vez por la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso, logrando reiniciar la vida artística y conseguir unos dólares. Igual, “alguien lo zapió” y otra vez deportado. Lo intentó en tres ocasiones más y como en las dos anteriores, lo “detectaron” y deportaron.
Finalmente, las cosas cambiaron desde que entró cinco veces como inmigrante ilegal y cinco veces fue deportado.
Con la ayuda de unas organizaciones humanitarias, a las que les había brindado unos conciertos gratuitos, logró primero su residencia, luego permiso de trabajo y finalmente se acreditó como ciudadano norteamericano e inició de esa manera una carrera legal, como concertista de arpa, situación que le permitió presentarse en las más refinadas tribunas de la cultura gringa, soñando con que algún día, entraría dando un concierto en el Madison Square Garden del distrito de Manhattan, en Nueva York.
En uno de esos conciertos que ofreció en un centro cultural, tuvo la oportunidad de compartir, brevemente, con quien, más adelante, sería presidente de la Unión Americana, Ronald Reagan.
Legalmente viajó por todos los Estados de la Unión Americana, brindando conciertos en arpa, con música llanera, tangos, balada americana, boleros latinos románticos, flamencos y, en general, todos los ritmos musicales del mundo, que lo hicieron reconocido en el ambiente de la farándula.
Luego de algunos años, Javier Montoya regresó a Colombia con la satisfacción de haber vivido el ‘sueño americano’, pero con la frustración de no haber hecho posible un concierto en el Madison Square Garden del distrito de Manhattan, en Nueva York.