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A eso de las cinco y media de la mañana del siete de agosto de 1969 me despertó un ruido producido por alguien que se acercó a la cabecera de mi cama. Me encontraba en uno de los cuartos de la casa de mi tío Gustavo Núñez Puentes, situada detrás de la Zona de Carreteras, al comenzar la falda del cerro de San Lázaro, en el occidente de Tunja. Ese sitio es un privilegiado mirador. Desde allí se observa toda la ciudad y se aprecian los cerros detrás de los cuales se levanta el sol. A no más de dos cuadras se encuentran los cojines del zaque, sitio en el cual, antes de la conquista española, el cacique local en compañía de su esposa, todos los días, a las seis de la mañana, de rodillas, adoraban al sol, máxima divinidad de los muiscas, al que denominaban “Xue”.

Antonio Bonilla.
Mi cama estaba al lado de la ventana que cubría los tres metros de ancho del cuarto. Como no había cortinas, la visibilidad hacia el exterior era plena.
Me removí y traté de establecer lo que acontecía a mi alrededor. Vi a mi compañero de habitación en ese momento, el tallador cocuyano Antonio Bonilla, ensimismado, mirando a la distancia sin siquiera parpadear.
—Buenos días. ¿Descansó? —le pregunté.
— Buenos días. Dormí sabroso —me respondió con la vista fija al frente—. ¡Qué belleza! ¡qué belleza! ¡qué madrugada tan hermosa!
Sus palabras me impulsaron a levantarme y observar aquello que lo conmovía.
La singular luminosidad de esa madrugada me impresionó. El sol anunciaba su llegada con destellos dorados por encima de esa línea lejana, donde parecen juntarse el cielo y la tierra. Estiradas y densas nubes formaban arreboles en los cuales el rojo y el carmesí cambiaban paulatinamente sus tonalidades; de oscuras pasaban a claras.
Cuando apareció el sol, nos retiramos de la ventana.
Entablamos una conversación sobre la jornada que lo esperaba en las siguientes horas. Mientras hablábamos, detallé sus rasgos físicos: tez morena, estatura mediana, robusto, rostro ovalado, cabello negro, frente amplia, pómulos y barbilla bien marcados, ojos negros, cejas pobladas, nariz recta y prominente, labios simétricos, orejas tamaño medio, bigote corto y rectangular al estilo ‘Hitler’ o ‘Charles Chaplin’. En cuanto a su edad le calculé unos 40 años. Por entonces yo tenía 15 años y cursaba tercero de bachillerato en el Seminario Menor de Tunja.
Aquel jueves no era un día cualquiera. En esa fecha se conmemoraban los 150 años de la batalla del Puente de Boyacá. A Tunja llegarían, con tal motivo, los presidentes de Colombia y Venezuela, Carlos Lleras Restrepo y Rafael Caldera, respectivamente, al igual que delegados de los otros países bolivarianos: Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá.
La presencia de Antonio en Tunja tenía que ver con esta efeméride. Un paisano suyo, el dirigente político Hernán Villamarín Gutiérrez, quien a la sazón era el Contralor General de Boyacá, intervino para que en el programa conmemorativo se incluyera una exposición de sus tallas en madera sobre Simón Bolívar y la Campaña Libertadora.
Se hospedó en la casa de mi tío Gustavo porque era muy allegado a mi familia paterna desde hacía muchos años y un tío mío, Alfonso, vivía en la casa de él, en El Cocuy.
—Gustavito, ¿usted tiene tiempo para que me acompañe a estar pendiente de la exposición? —me preguntó.
—No veo problema. Estoy disponible porque no tengo que ir al colegio. De todas maneras, voy a consultarle a mi tío —le respondí.

Atuendo típico de Antonio Bonilla.
Mi tío no vio ningún inconveniente y me autorizó para que lo acompañara.
Se vistió con una camisa blanca de tela gruesa, pantalón de dril habano, zapatos negros y un sombrero de pajilla. Yo me puse el uniforme de gala del colegio: vestido de paño azul, camisa blanca, corbata gris y zapatos negros. Desayunamos. A las siete y media de la mañana salimos con destino al centro de la ciudad. Este trayecto, de 10 cuadras aproximadamente, lo realizamos a pie.
El tibio sol mañanero, opacado por densas y blancas nubes, neutralizaba el frío tunjano. Pocos vehículos transitaban a baja velocidad en distintas direcciones. Los establecimientos comerciales aún estaban cerrados. Los peatones, en su mayoría adultos, no parecían tener prisa. Mi compañero miraba hacia todos lados con ávida curiosidad.
Faltando unos 10 minutos para las ocho llegamos a la plaza de Bolívar.
Frente al edificio municipal, Antonio se le acercó a un señor de edad avanzada que conocía con anterioridad, bien vestido, de baja estatura, a quien saludó y me lo presentó; resultó ser don Ramón C. Correa, secretario perpetuo de la Academia Boyacense de Historia. Luego de despedirnos de él, nos dirigimos a la Casa del Fundador, situada en la mitad del costado oriental de aquel espacio público. En una de las salas interiores de la emblemática y centenaria edificación había sido montada su exposición. Observé tallas y cuadros en alto relieve con motivos históricos de la jornada emancipadora.
—Esta es mi obra. Es un homenaje a Bolívar y a los héroes que lo acompañaron en la gesta libertaria. Ayer estuvo bien concurrida. Hoy al presidente Caldera le voy a regalar este retablo —me dijo.
A los pocos minutos de abrir la puerta de la sala, comenzaron a llegar espectadores, quienes miraban las obras y formulaban preguntas relacionadas con las técnicas, tipos de pinturas y materiales utilizados. Algunos lo interrogaron sobre su sombrero. Con naturalidad y buen ánimo respondió todas las preguntas.
Hacia las once de la mañana entraron tres o cuatro personas, que dijeron ser funcionarios de la Presidencia de la República. Anunciaron la presencia en pocos minutos en ese recinto de los presidentes Lleras y Caldera y de los invitados especiales. Advirtieron que allí solo podía permanecer el expositor. Yo tuve que salir.

Retablo del viacrucis tallado por Antonio Bonilla.
Me atrajeron los acordes de bandas marciales que avanzaban de norte a sur por la carrera once hacia el Bosque de la República. Me uní al desfile. El tiempo se me pasó rápido. Cuando llegué de nuevo a la Plaza de Bolívar, los presidentes y sus acompañantes se dirigían a almorzar en el Club Boyacá. Al ver al presidente Caldera no pude contenerme y resulté extendiéndole la mano. Él me correspondió. Sentí la calidez de su piel y la fuerza del fugaz apretón de su mano derecha.
—Debemos almorzar rápido porque de aquí salimos para la representación en vivo de la Batalla —le oí a uno de los concurrentes, de corbatín, cuyo rostro se me grabó y después supe que se llamaba Julio Barón Ortega.
Cuando regresé a la exposición, Antonio estaba exultante. Me dijo que le había ido muy bien. Hacia las cinco de la tarde, el encargado de la Casa del Fundador indicó que culminaban las actividades por ese día. Tuvimos que salir de allí.
—Venga nos tomamos un café porque estoy entumecido. ¿A dónde podemos ir? —me preguntó.
—Si quiere vamos a la Cafetería San Carlos, frente a la iglesia de Santo Domingo —le propuse.
—Está bien, vamos para allá —contestó.
Mientras avanzamos hacia ese lugar lo saludaron varias personas.
—Qué bueno que lo reconozcan a uno los paisanos. En Tunja vive mucha gente del Norte. Estos últimos son de Panqueba y El Espino —me comentó.
Ya cuando estaba oscureciendo regresamos a la casa.
Al día siguiente desmontó la exposición y regresó a El Cocuy.
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Mis abuelos paternos fueron los profesores Eliécer Núñez Vargas y Emelina Puentes Urrea. Él trabajó inicialmente en Chiscas, su pueblo natal y luego fue trasladado al municipio de El Cocuy, en donde conoció a la joven cocuyana con quien contrajo matrimonio. Tuvieron cuatro hijos: Alfonso, Gustavo, Gonzalo (mi padre) y María Helena. Los dos primeros nacieron en El Cocuy, el tercero en Güicán, en donde trabajaron durante tres años y luego regresaron a El Cocuy; allí se radicaron definitivamente y nació la cuarta heredera.

Antonio Bonilla en distintas ciudades del mundo.
Los Núñez Puentes vivieron en la casa de los padres de mi abuela, situada frente a la escuela de varones; era una edificación amplia, en donde, durante un buen tiempo, funcionó una fábrica de gaseosas de propiedad de un tío abuelo mío; además, existió una reconocida tienda de golosinas manejada por mis tías abuelas Adelia y Betulia Puentes Urrea.
Mi tío Gustavo y mi padre estudiaron bachillerato en el Colegio León XIII de los Salesianos en Bogotá. Allí, además de cursar las materias del pénsum académico, debido a las habilidades que demostraron los dos para la pintura y la escultura, recibieron capacitación por parte de artistas allegados a esa comunidad religiosa. Terminados los estudios secundarios, y luego de trabajar algún tiempo en la capital de la República, regresaron a El Cocuy. Mi tío Gustavo entró a desempeñar un cargo público y en sus ratos libres pintaba y elaboraba manualidades artísticas. Mi padre se dedicó de lleno a la pintura y a la escultura; pintaba óleos y murales en la iglesia, residencias particulares y edificaciones institucionales e inclusive viajaba a otros municipios por solicitud de los párrocos a elaborar estatuas y a decorar iglesias. Los dos hacían máscaras para los matachines, disfraces y ornatos de ambientes para distintas festividades, utilizando materiales como cartón, papel y madera liviana.
Mi tío Alfonso solo cursó la primaria y se quedó en El Cocuy ayudando a mis abuelos y tíos abuelos en distintas actividades. Igual ocurrió con mi tía María Helena
A la casa donde vivían los Núñez Puentes comenzó a ir, desde muy niño, Antonio Bonilla, a hacer mandados y a colaborar en oficios menores.
Mis tíos Gustavo y María Helena, al igual que mi padre salieron de El Cocuy definitivamente a comienzos de 1952. Los dos primeros se radicaron en Tunja y el tercero, en Úmbita. Alfonso siguió viviendo en El Cocuy con mis tías Adelia y Betulia, quienes en 1966 vendieron la casa en El Cocuy y se fueron a Tunja a vivir con mis tíos Gustavo y María Helena.
Mi tío Alfonso se quedó en El Cocuy. Se fue a vivir a la residencia de Antonio Bonilla, a quien desde hacía más de 10 años venía colaborándole en algunos emprendimientos que este había iniciado como la elaboración de féretros, talla de madera y toma de fotografías.
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A raíz de la interacción que tuve en agosto de 1969 con Antonio Bonilla, me surgió la inquietud de conocer más información sobre él. Me llamó la atención su peculiaridad. Quise conocer su historia. Al otro día de su regreso a El Cocuy comencé a hacerles preguntas al respecto a mis tías Adelia, Betulia y María Helena y, semanas después, a mi padre.
—Antuco es hijo de un hombre rico de El Cocuy. No le dio el apellido, pero lo llevó a vivir a su casa desde muy pequeño. Claro que pasaba mucho tiempo con su abuela materna, quien lo quería bastante. Era un chicuelo muy despierto. A nuestra casa iba con frecuencia. Le gustaba ver trabajar a Gonzalito y a Gustavito cuando pintaban o hacían manualidades artísticas —evocó Adelia.
Por su parte Betulia me contó:
—Era un chinito cuando comenzó a ir a nuestra casa. Después de llevar cosas que nos mandaban algunas personas o de hacernos mandados, se quedaba lelo mirando trabajar a mis sobrinos. En ocasiones le ayudaba a Alfonso a preparar los materiales que ellos utilizaban; lo vi amasando arcilla para los moldes de las máscaras y afinando madera pequeña para estructuras decorativas.
Mi tía María Helena me habló de la amistad de siempre entre Antonio y mi tío Alfonso.
—Alfonso le llevaba como 20 años, pero lo protegía y estaba pendiente de él.
Por su parte, mi padre me comentó que Antonio permanecía mañanas o tardes enteras observando lo que él hacía.
—Era muy acomedido. Estaba listo para alcanzarme una pintura o una herramienta.
Mi tía Adelia, en alguna ocasión me dijo:
—Uy, el Antuco hace unas cosas que es como para uno santiguarse. Imagínese que a los hijos los ha bautizado con nombres de artistas y personas famosas como Beethoven, Schubert y Yury. A la mayor si le puso un buen nombre: Ruth.
Después de aquel siete de agosto lo volví a ver en tres ocasiones, dos en Tunja y una en El Cocuy.
En televisión lo vi concediendo entrevistas a Gloria Valencia y a su hija Pilar; también leí la semblanza que le hizo el periodista Germán Castro Caicedo, incluida, bajo el título ‘Tuquito’, en el libro ‘El Cachalandrán amarillo’.
Amigos y familiares me contaron de sus andanzas en Venezuela.
La última vez que hablé con él fue en 1980. En esa ocasión viajé a Guacamayas por invitación de un joven ingeniero que trabajaba en el INTRA, Víctor Manuel Buitrago Gómez, quien tiempo después fue representante a la Cámara. Yo me desempeñaba como corresponsal y coordinador en Tunja de la Página de Boyacá del periódico El Espectador. Él me invitó para que conociera sobre el terreno la problemática que estaban viviendo las gentes de la provincia de Gutiérrez debido a la caída del puente Pamplonita en la vía Panqueba-Capitanejo. Al aceptarle la invitación le comenté que deseaba ir a El Cocuy a visitar en su tumba a mi tío Alfonso y a saludar a Antonio Bonilla.

Antonio Bonilla frente al Arco del Triunfo en Moscú.
Viajamos desde Tunja un viernes en la noche; nos hospedamos en Soatá. El sábado en la mañana seguimos nuestro viaje. Pasamos por Boavita, La Uvita y San Mateo. A media mañana llegamos a Guacamayas. Después de almuerzo salimos para El Cocuy. Allí fuimos al cementerio; ubiqué la tumba de mi tío Alfonso. Luego nos dirigimos a la funeraria de Antonio; como no se encontraba, pasamos a la fotografía, pero tampoco estaba. Nos dirigimos al vehículo, montamos y cuando ya íbamos a emprender el viaje al sitio donde se había caído el puente, aparecieron Antonio y su esposa Emperatriz. No pude hablar mucho tiempo con ellos. Solo les di un abrazo y un rápido saludo.
Volví a saber de él a comienzos de 1987 cuando siendo jefe de prensa del gobernador Álvaro González, su hija mayor, Ruth, fue a mi oficina a visitarme y a llevarme saludos de Antonio. En ese momento ella estaba vinculada a la Secretaría de Agricultura de Boyacá.
Después perdí todo contacto con él y con su familia.
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A comienzos de julio del 2025 se me ocurrió escribir un perfil del historiador Ramón C. Correa para publicarlo en la sección ‘Crónicas y semblanzas’ del portal Boyacá Sie7e Días. En desarrollo de la redacción de este, al referirme al momento en el cual conocí personalmente a dicho historiador recordé que quien me lo presentó fue Antonio Bonilla. Entonces me pregunté: “¿Qué será de la vida de Antonio, de su esposa, de sus hijos?”.

Retablo tallado por Antonio Bonilla.
Para satisfacer mi curiosidad, lo primero que se me ocurrió fue acudir al buscador de Google en internet. Allí encontré muchas personas con ese nombre. Tuve que ser más específico en la búsqueda y por eso coloqué: “Antonio Bonilla El Cocuy”. De inmediato aparecieron varios resultados, uno de estos me dejó helado; correspondía a una publicación aparecida el 21 de enero del 2025 en la cuenta de Facebook de la secretaría de Cultura y Patrimonio de Boyacá; allí leí: “Hoy, el arte de la talla en madera pierde a uno de sus más grandes exponentes, el maestro José Antonio Bonilla, cocuyano por antonomasia y orgulloso representante de su tierra…”.
En uno de los comentarios de la publicación, suscrito por Wilson Quintero Quintana, apareció su biografía. El párrafo inicial dice: “José Antonio Bonilla nació en El Cocuy, Boyacá, el 30 de octubre de 1929. Falleció hoy 21 de enero de 2025 en la ciudad de Bogotá a la edad de 95 años. Sus padres fueron doña Rebeca Bonilla y don Víctor Vera. En 1955 se casó con Emperatriz Buitrago y de esta unión nacieron sus hijos: Walter, Ruth, Yury, Gade, Schubert y Beethoven Bonilla Buitrago”.
No sabía que su primer nombre fuera José. Me sorprendió que no me hubiese enterado de su fallecimiento y que viviera en Bogotá, la misma ciudad en donde he residido casi permanentemente los últimos 25 años.
En el texto se agrega: “Inició de forma autodidacta el arte de tallador en El Cocuy, fabricando globos de papel de seda con mecha de algodón y parafina; máscaras para los matachines elaboradas de papel sobre moldes de arcilla; pirotécnica con pólvora de luces; sillas de montar en cuero, diseño de carrozas para las fiestas y eventos municipales; puertas; ventanas; ataúdes; trompos y horquetas para las caucheras de los muchachos del pueblo. Para ello hizo uso de palos rústicos como el mortiño, el arrayán, el tobo y el naranjo. Construyó el altar del Señor de Las Misericordias de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de El Cocuy”.
Sobre su obra se afirma: “Sus temáticas preferidas fueron la vida del Libertador Simón Bolívar, la vida de Jesucristo, los santos de la Iglesia católica, la sociedad indígena, elementos de la naturaleza y la cultura popular. Su abuela era muy bolivariana y siendo niño le leía las historias del Libertador Simón Bolívar. Sus abuelos le enseñaron a fabricar sus propios colores, usando plantas naturales y cortezas de árboles. También le enseñaron a usar la clara y la cáscara de huevo, la cal, la arena, el carbón, la ceniza de aguacate, la cebolla, la pepa de linaza y la miel de abeja venenosa. Sus obras están basadas en la inspiración y creación propias, no en la copia de obras o modelos de otros autores. Lo que leyó de niño se convirtió en el alimento fundamental de su obra creativa. No repite ninguna obra para garantizar que cada persona que adquiera alguna pieza artística suya tiene en su poder una obra sin par y original”.
Se hace también, en este texto, un resumen de su producción artística: “Desde 1954 se dedicó a tallar cerca de 780 obras bolivarianas en madera. Obtuvo grandes reconocimientos artísticos principalmente en países como Venezuela y en otros como Emiratos Árabes, Grecia, Rusia, donde presentó sus obras en múltiples exposiciones a diferencia de las pocas oportunidades que le ofreció Colombia como artista autodidacta. En Venezuela llevó a cabo exposiciones en Mérida, Valencia y presentó en el año 2011 su colección “Tiempos de Héroes” en la Sala
Exposición de PDVSA. Sus valiosos cuadros adquiridos en su momento por el museo de Artes y Tradiciones Populares han sido vendidos a colecciones del extranjero y a colecciones privadas nacionales. En la Casa de La Cultura de la ciudad de Mérida, Venezuela, se encuentra una valiosa muestra de su arte, consistente en una colección de 32 obras alusivas a la campaña libertadora. Su aporte a la cultura nacional y en especial a Bogotá ha sido muy valioso participando en 15 exposiciones. Realizó 17 exposiciones en Venezuela y una en Atenas, Grecia”.
También, se suministra información sobre el reconocimiento de su obra: “Cuatro premios le fueron otorgados: Salón Nacional de artistas de Bogotá (1970); Academia Nacional de Historia de Caracas, por su obra bolivariana (1990); Honor al Mérito por Artesanías de Colombia (1995); Museo de Artes y Tradiciones (1996)”.
En cuanto a la temática de su producción artística se puntualiza: “Talló la vida de los aborígenes tunebos, con quienes compartió siete años de su vida y aprendió su lengua. Inventó varios santos como la virgen de los pensionados, la virgen de los perezosos. Talló pájaros, animales, bodegones, cuadros costumbristas. Construyó instrumentos musicales de cuerda, muebles, réplicas de balcones coloniales, fachadas de casas de El Cocuy, bailes típicos, retratos tallados y policromados. Cada cuadro y obra tiene una historia que sólo él sabe o conoce. Hasta los marcos de sus obras son de su propia creación”.

Distintas facetas de Antonio Bonilla.
Termina así: “Por el recuerdo y gran aprecio que le tiene a sus antepasados y a su patria chica, todas sus obras las firmó agregando las palabras: Cocuy (Boyacá)”.
Esta reseña biográfica me pareció muy completa y bien elaborada. Después, en el proceso investigativo que realicé para escribir este perfil, establecí que se encuentra incluida en el portal digital del ‘Museo Comunitario Santos Gutiérrez’, en la sección ‘Artistas, poetas’.
La noticia del fallecimiento de Antonio me impactó. Sentí tristeza. Me hubiera gustado haberlo visitado en su casa en Bogotá o asistir a sus exequias. Decidí establecer contacto con su familia para presentarle, así fuera tarde, mi saludo de condolencia. No tenía número telefónico de contacto de ninguno de los hijos. Intenté localizarlos por internet. A través de Messenger envié mensajes a Ruth y a Yuri pero no me respondieron. Acudí también por internet a varios amigos míos de El Cocuy, pero tampoco tuve contestación. Revisé en mi celular contactos de amigos cocuyanos y encontré dos: Jaime Meléndez Boada y Jaime Cifuentes Mogollón. Meléndez me contactó con otro amigo mío: José Manuel Castañeda, quien me facilitó los números de Ruth y Walter, los cuales, a la postre, resultaron desactualizados. Llamé, entonces, a Jaime Cifuentes; él me suministró otro número de Ruth, al igual que el contacto del ingeniero forestal Cayo Acevedo, amigo cercano de Antonio y admirador de su obra.
Simultáneamente con la búsqueda telefónica continué mi averiguación en Internet. Encontré en YouTube una entrevista que Pilar Castaño Valencia le realizó en el programa ‘Correo especial’ del Canal Uno de la televisión colombiana en 1983 y un video sobre la obra artística de Antonio.
En la entrevista, Antonio se presenta con ruana, sombrero, fumando tabaco y utilizando el lenguaje del campesino del norte de Boyacá. Él aprovechaba estos espacios para caracterizar a las gentes de su tierra. La forma de hablar que le conocí era distinta a la que utilizó en ese programa.
Ante la pregunta que Pilar le hizo sobre su infancia, le respondió:
—Bueno, yo en mi pueblo empecé a pintar y a tallar maderita, haciendo horquetas de caucheras para jugar matando bichos en los pueblos, en el páramo. Me gustó hacer eso. Estuve dos años en la escuela. Yo me crie entre las bestias, entre los caballos.
—¿Y no le gustaban las bestias y los caballos?
—A mí no me gustó, no me gustó más que hacer las cosas que los demás no hacían en el pueblo. En mi pueblo nadie pintaba cosas raras y a yo me llamó mucho la atención la pintura desde niño. Siempre he hecho en la vida eso. En mi pueblo hacía ataúdes, tiples, todo lo que eran instrumentos de cuerda. A mí nadie me enseñó. Me llamó mucho la atención Bolívar porque leí algo de pequeño sobre él (…) es el único tipo que ha gastado su dinero en la revolución y quise conocer a Venezuela desde muy temprana edad. Estuve en el año 50 por allá (…) y luego volví a conocer los lugares más importantes donde estuvo Bolívar.
Más adelante le preguntó sobre sus obras.
—Cuénteme una cosa sobre las obras ¿Usted va primero a los lugares y luego las talla o las ha tallado sin conocerlos?
—He tallado sin conocerlos, con la mera historia, pero después sí los he conocido. He tenido la oportunidad de conocer Caracas (…) todas las partes más importantes donde estuvo el Libertador.
La entrevistadora le insistió sobre su afición por la historia.
—Es lo más que me ha gustado. Sé leer muy bien, escribir no sé muy bien, pero leer sí.
—¿Lee mucho?
—Sí, leo mucho, sobre todo la historia de Bolívar. He tenido oportunidad a última hora de armarme de libros, muy buenos, sobre la historia de Bolívar y me ha gustado mucho, ahora que era el bicentenario de su nacimiento. Cuando vino el presidente Caldera a Tunja en el 69 yo lo recibí. También le hice una exposición de Bolívar (…). Por segunda vez le di la mano a un presidente venezolano, Luis Herrera Campins, el 19 de diciembre del año pasado en Valencia en otra exposición que hice allá.
—¿Que le dijo el presidente Herrera sobre la exposición?
—Estuvimos dialogando un rato y le llamó mucho la atención la obra.
En cuanto al video, fue elaborado por PDVSA en Venezuela con motivo de la muestra ‘Tiempo de héroes’ que Antonio Bonilla exhibió en las salas de exposiciones ‘La Estancia’ en 2011. Lo presentan como “un destacado representante del arte popular colombiano del siglo XX”. Mientras enseñan sus obras, entrevistan al pintor, crítico de arte, curador y docente venezolano Perán Erminy, formado en la Escuela del Louvre y en la Universidad de La Sorbona en París, quien asegura que:
—Bonilla, tal vez tiene más reconocimiento y más trayectoria en Venezuela que en Colombia a pesar de que ha vivido toda su vida en Colombia y muy poco en Venezuela.
De su obra dice:
—Es hecho como muy a pulso todo y sin embargo uno ve la imaginación, la elocuencia de la obra, que es de fácil lectura. Lo puede comprender cualquiera. Estas son las virtudes que tiene. Temas que son muy complejos los hace muy visibles, muy entendibles y con un trabajo tan complicado como es este, lo resuelve de maravilla. Es un ejemplo de un trabajo muy bien hecho, del afán de excelencia y del afán de lograr la mayor expresividad, la mayor elocuencia en la obra.
Con respecto a la exposición asegura:
—José Antonio Bonilla ha plasmado en sus tallas la memoria en planos simultáneos donde las emociones del pueblo están presentes.
Lo ubica dentro del arte popular.
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Jaime Cifuentes Mogollón nació en El Cocuy en 1953. Hizo la primaria y el bachillerato en ese municipio. A los 20 años se fue a trabajar a Villavicencio como profesor, luego se trasladó a Bogotá en donde laboró algún tiempo y, finalmente, hace 50 años llegó a Tunja; allí estableció su residencia. Estudió Administración de Empresas en la UPTC y se dedicó a la asesoría empresarial y a la docencia universitaria. Conoció de cerca a Antonio Bonilla y fue compañero de curso, en el Colegio Santos Gutiérrez, de la hija mayor de él, Ruth Rebeca.
Con Jaime nos tratamos desde 1976, año en el cual, durante un buen tiempo, coincidimos en tomar el almuerzo en el mismo restaurante. Me lo presentó el periodista Miguel Ángel Molina.
—Soy Jaime Cifuentes, oriundo de El Cocuy —me dijo al estrecharme la mano.
—Gustavo Núñez, a sus órdenes. En El Cocuy hasta hace poco vivió en la casa de Antonio Bonilla un tío mío, Alfonso Núñez —le respondí.
Los recuerdos que tiene de Antonio Bonilla datan de comienzos de la década de los años sesenta. Se lo encontraba casi todos los días en el pueblo. Después, al salir de allí, en sus continuas visitas a El Cocuy, lo veía en los negocios que había montado. Se hicieron amigos.
—José Antonio Bonilla era una persona que no pasaba desapercibida en ninguna parte, porque andaba con su cámara y se ponía un sombrero que poco se utilizaba en esa región, que era de ‘tapia pisada’. Un sombrero que ya tiene poco uso. Es una pajilla especial, cosida con fique.
Evoca algunos de los rasgos de su actuar.
—Tenía una risa estruendosa, una manera de hablar particular. Siempre andaba con su cámara fotográfica alerta a cualquier cosa de lo que veía para tomar las fotografías y guardar todos esos recuerdos. Además, en el local de su negocio de fotografía permanentemente tenía exhibiciones muy especiales sobre casos y cosas que pasaban en el pueblo.
No se le olvidan sus ocurrencias como la de hacer bromas el Día de los Inocentes. En esa fecha, 28 de diciembre, colocaba letreros curiosos, con temas picantes, en las puertas de la residencia de personas sobresalientes o cambiaba de lugar los avisos de los despachos públicos y de algunos establecimientos comerciales.
Resalta su condición de fabulador.
—Inventaba unos cuentos que si bien nadie los creía, sí divertían a la gente. Tenía un tronco de unos 40 centímetros de alto, no era de madera propiamente, era algo pajizo. Le dio forma de hueso. Decía que era la pierna de un mastodonte bebé que había encontrado detrás de la Sierra Nevada. Sus invenciones, que en El Cocuy las llamamos “garlerías”, las contaba con mucho convencimiento.
Una de sus ficciones consistió en dejar abiertas las puertas de su funeraria permanentemente, con el argumento de que había practicado un rezo y que a quien entrara en la noche las ánimas lo asustarían.

Foto de Antonio Bonilla ocho días antes de su fallecimiento.
—Una vez le hicimos una trastada. Un grupo de muchachos fuimos y sacamos un cajón, lo llevamos para la salida hacia el Carrizalito y lo dejamos en el sitio denominado ‘El ensayadero’. Eso le causó disgusto y escozor porque supuestamente el ataúd sufrió daños considerables.
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El uso del sombrero rústico, conocido como de ‘tapia pisada’,se convirtió en su sello personal. Lo llevaba para todas partes. En sus encuentros con presidentes de la República, ministros y personajes distinguidos, sin importar el lugar, llevaba puesta esta prenda. En sus viajes al exterior siempre lo lució con orgullo. Hay fotografías de él en Moscú, en Pizza (Italia), en Atenas y en otras ciudades europeas, tocado con este atavío.
Resulta curiosa la denominación de ‘tapia pisada’ pues por lo general se refiere al sistema de construcción de viviendas campesinas, a base de palos o cañas entretejidos y recubiertos con barro.
Este sombrero, llamado en algunas partes como ‘de pico’, fue muy utilizado por los campesinos de Boyacá, Cundinamarca y Santander. Actualmente se elaboran sombreros de ‘tapia pisada’ como curiosidad artesanal, en las localidades boyacenses de El Cocuy, San Mateo, El Espino y Gachantivá.
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Cayo Acevedo es oriundo de El Cocuy. Nació en 1945. Vivió en esta población hasta 1960. Fue enviado por su familia a Tunja a estudiar bachillerato y luego se radicó en Bogotá. Se graduó como ingeniero forestal. Conoció a Antonio Bonilla en su infancia. Durante sus frecuentes viajes a visitar a su familia se hizo amigo de él. Lograron una afectuosa cercanía. Desde el exterior, Antonio siempre le enviaba postales, las cuales conserva en su archivo personal.
Me comuniqué con él. Hablamos varias veces por teléfono y nos citamos en Bogotá en el Centro Comercial Mazurén. Allí me mostró textos y documentos que se han escrito sobre Antonio Bonilla. Me comentó que en su casa conserva algunas tallas que le obsequió, lo mismo que fotografías y otros recuerdos.
Me habló de él con entusiasmo.
— En una ocasión lo entrevistó doña Gloria Valencia de Castaño. Eso no la dejó hablar. También entrevistó a la esposa, a quien le preguntó: “¿Cómo es que se casó con este hombre tan loco? y ella le respondió: “Es que él me dijo que tenía un banco. Lo que no me explicó fue que el banco a que se refería era el de su carpintería”.
También me contó, en medio de risas, el siguiente apunte:
—Por ahí le debía plata al prestamista de El Cocuy, que era don Poncio Zambrano. Se colgó en el pago de los intereses. En ese tiempo la carpintería la tenía en la plaza Olimpo Gallo. Estaba en la puerta y de pronto vio venir a don Poncio. De inmediato se metió en un féretro que estaba terminando y colocó la tapa encima para eludir al prestamista. Poncio llegó al local y al no verlo supuso que se había escondido. Alzó la tapa del cajón, lo descubrió y le preguntó: “¿Y usted qué hace ahí?”. Este le respondió: “Aquí muerto de la pena porque no he podido pagarle los intereses”. Sin duda era el rey de la picardía.
También me refirió una de las muchas experiencias que tuvo con él.
—En una ocasión estábamos con Eudoro Carvajal en el barrio 20 de julio. Vivía allí. Cuando nos vio nos dijo: “necesito unos personajes como ustedes porque en mi casa tengo almorzando al embajador de Polonia y a la señora”. Efectivamente, ahí estaban comiendo mute norteño y cabro, con cuchara de palo y plato esmaltado.
Sobre las exequias apunta:
—Fueron muy concurridas, asistió la flor y nata de El Cocuy.
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Gracias a los buenos oficios de Jaime Cifuentes pude contactarme telefónicamente con Ruth Bonilla. Eso ocurrió en la mañana del sábado 20 de septiembre del 2025. Inicialmente le envié este mensaje escrito por WhatsApp: “Estimada
Ruth, buenos días. La última vez que hablamos fue hace como 40 años cuando los dos trabajábamos en la Gobernación de Boyacá. Lamentablemente perdimos el contacto. Solo hasta hace pocas semanas me enteré, con profunda tristeza, del fallecimiento de su padre. No sabía que él estuviera viviendo en Bogotá, porque, sin duda, lo hubiera buscado para saludarlo. A usted y a todos los Bonilla Buitrago les expreso mi estimación y afecto”. De inmediato me respondió: “Buenos días. Un gusto saludarlo. Cuando tenga espacio me puede llamar. Todos estamos felices de volver a contactarnos. Muchas gracias por su mensaje”. Enseguida la contacté telefónicamente vía WhatsApp. Comenzamos a hablar. A los pocos minutos esa comunicación la convertimos en video llamada. Se encontraba en la casa de sus padres, en el barrio Las Villas. Allí estaba con su madre y sus hermanos Walter y Gade. La mamá estaba indispuesta y por eso no pude saludarla. Hablamos durante una hora. Quedamos en vernos más adelante. Días después, el 29 de septiembre, me reuní, al calor de un café, con Ruth y Gade.
En estas dos charlas, enmarcadas dentro de la alegría por el reencuentro, abordamos varios temas. Inicialmente me contaron sobre la vida de cada uno de los hijos de Antonio. Me enteré de que Ruth había estudiado licenciatura en Biología y Química en la Universidad de la Salle en Bogotá, Química Agrícola, Microbiología de Suelos y Fisiología en la Universidad Nacional de Colombia, maestría en Química Agrícola en Polonia y doctorado en Microbiología de Suelos en ese mismo país; actualmente vive entre Chocontá y Bogotá. Walter se graduó de abogado en la Universidad Autónoma de Bogotá; reside en Bogotá. Schubert obtuvo el título de economista y murió hace más de 30 años. Yuri estudió artes en Moscú y en esa misma ciudad obtuvo el doctorado en Historia del Arte; se casó con un profesional oriundo de Azerbaiyán y vive en Emiratos Árabes. Gade estudió Ingeniería Ambiental en Moscú; actualmente vive en Bogotá. Beethoven estudió Geofísica en Moscú; trabaja desde hace 22 años en una empresa petrolera en México.
Cuando les pregunté por separado a Ruth y a Gade sobre el fallecimiento de Schubert, en los rostros de las dos apareció un gesto de tristeza y me dieron la misma respuesta: “Lo mataron en Cúcuta”.
Otro de los temas que abordamos, durante un largo rato, fue sobre el gesto que tuvo Antonio de acoger en su casa a mi tío Alfonso Núñez, cuando este se negó a trasladarse a Tunja junto con las tías Adelia y Betulia, quienes eran sus familiares más cercanos. Sus hermanos intentaron llevárselo a vivir con ellos, primero mi padre y luego mi tío Gustavo. En 1955 vivió cerca de seis meses en Úmbita y luego, en 1970, estuvo no más de tres meses en Tunja.
—A su tío Alfonso le gustaba cuidar a los niños. Cuando vivió con nosotros en Úmbita su oficio fue el de sacarlo a usted en brazos a pasear. Luego se fue para El Cocuy en donde estuvo pendiente de atender a los niños de Antonio Bonilla. Siempre llevaba en sus bolsillos, de una parte, un frasquito con sal para agregarle a todas las comidas que le servían y de otra, unas canicas con las que distraía a los pequeños allegados a él —me dijo en alguna oportunidad mi madre.
Ruth y Gade me lo corroboraron.
—Para nosotros don Alfonso fue el abuelo que no tuvimos —dijo Gade.
Ruth agrega:
— Era nuestro protector. Cuando mi papá nos iba a pegar por daños que habíamos hecho, nos amparábamos detrás de don Alfonso y él le decía: “Este gran paparote ¿qué es lo que va a hacer? Pégueme a mí primero”. Mi papá le tenía un gran respeto, así que no se metía con él. Estaba pendiente de nosotros porque mi mamá, tomando y revelando sus fotos, ayudándole a mi papá a construir cajas andaba muy ocupada. Don Alfonso era nuestro abuelo, se hacía cargo de nosotros.
Emocionada dice:
—De don Alfonso tengo los recuerdos más hermosos. En mi caso, no permitía que me fuera sin desayuno al colegio. Él todos los días me tenía listo el uniforme. Con mi hermana Yuri era un consentimiento especial porque la crio desde chiquitica. Me acuerdo de que andaba con Beethoven alzado y con Yuri de la mano. Uy, cuando murió don Alfonso, Beethoven sufrió más que cualquiera. Murió a los 64 años por causa de sus riñones, él comía mucha sal. La noche que falleció yo estaba en Bogotá y sentí un ruido como el que hacen las canicas al caer al suelo. Esta fue su despedida. Estoy segura. Él siempre andaba con canicas en el bolsillo.
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Aunque en la cédula de Antonio Bonilla figuraba como fecha de nacimiento el 30 de octubre de 1929, Ruth cree que su padre nació unos cinco años antes, pues según afirmaciones de familiares y del historiador de El Cocuy, en esa época a los hijos naturales los denunciaban varios años después. Se supone, entonces que al momento de fallecer tenía 100 años.
—Mi padre estaba superbien. En diciembre del año pasado vino Beethoven de México, hicimos fiesta en la casa; él tocó guitarra y maracas; estuvo muy animado. A mediados de enero le tomamos una foto y lucía muy bien conservado, no tenía ni una arruga en el rostro. De un momento para otro lo afectó uno de esos virus fuertes que han dado en Bogotá y comenzó a sentirse desanimado. Ese malestar se le convirtió en neumonía.
—Las terapias que debieron realizarle fueron dolorosas. Ante eso nos dijo: “No, a mí no más, yo no voy a volver a comer” y a los ocho días se murió. Murió aquí tranquilito en su cama, sin agonía.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 19 de octubre de 2025 · 7:00 a. m.