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Entre el viento de Boyacá y el rumor de los plausos, una mujer sogamoseña desafió la historia en el Mundial de Ciclismo de 1995. Su bicicleta era sencilla, pero aprendió a volar entre cuestas y sueños.
*Por: Nury Vargas
El aire de Boyacá todavía guarda el sonido de las ruedas que pasaron hace treinta años. Algunos nombres se escribieron con tinta dorada, otros con el polvo del camino. Pero entre ellos hubo uno que se gravó con alas: Maritza Corredor, la muchacha de Sogamoso que todos llaman la ‘Condorita’.
“Nací el 21 de enero de 1966. Acá en Sogamoso estudié en el Integrado, hice hasta séptimo de bachillerato no más”, recuerda, con esa voz que conserva el timbre del viento boyacense. “A mí empezó a gustarme el ciclismo desde pura joven, y empecé a practicar las carreras que había por ahí… y salí adelante”.
Su historia no comenzó con grandes equipos ni bicicletas finas. Empezó con la intuición de quien siente que el camino cuesta arriba no es obstáculo, sino destino. A los diecinueve años, cuando muchos ya habían dejado el sueño, ella apenas lo comenzaba.
“Me cogió el equipo Postobón, y se dieron cuenta de las condiciones que tenía. Rafael Acevedo me ayudó porque yo tenía capacidades para correr… entonces armaron el equipo y empecé a correr”.
Y así, entre entrenamientos con hombres en las cuestas de Boyacá y viajes a Bogotá para competir, la vida la fue empujando hacia un punto que cambiaría su historia: el Mundial de Ciclismo de 1995, en casa, frente al mundo.
“Fue una carrera muy bonita, una experiencia muy especial que tuve, porque fue mi primer mundial que yo corrí en Colombia y corrí con las mejores del mundo, y me siento orgullosa”, dice con una sonrisa que todavía ilumina el recuerdo.
El primer día en la contrarreloj un disparó al aire marcó el inicio: “Tiraron un tiro y yo me asusté… me despisté un segundo, pero no me les dejé quedar del lote”. Montaba una bicicleta sencilla —“baratica” dice—, distinta a las máquinas relucientes de las europeas. “El error que cometieron fue que me cambiaron de bicicleta, yo tenía otros cambios, y no me explicaron cómo funcionaban. Pero aún me fue bien, gracias a Dios”:
Y le fue bien: novena en la contrarreloj, séptima en la ruta, primera colombiana en cruzar la meta. En el asfalto la gente escribió su nombre con tiza blanca: Maritza la ‘Condorita’. “Me gritaban los niños, la gente me apoyaba, escribieron mi nombre en el suelo… un apoyo muy grande, muy bonito, era muy emocionante”.
El alto de El Cogollo fue su prueba más dura. “Era durísimo… y bajando era terrible porque era una bajada de pinada en pinada, tocaba tener cuidado porque si no, usted se iba de cabeza”. En esas cuestas, ella voló. Entre el frío y el polvo se sostuvo en punta junto a las europeas.
Frente a ella, la sombra elegante de Jeannie Longo, campeona del mundo, marcaba el ritmo. “Una excelente deportista, una campeona durísima”, dice Maritza, con admiración sincera.
Después del mundial su camino no se detuvo. Viajó a México y fue campeona. De allí a los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, donde volvió a sentir el vértigo del mundo. “Después me fui a Italia a correr con un equipo italiano… y allá duré casi dos años”, y también sobresalió.
Pero la gloria no siempre es un lugar a donde se llega, sino del que se parte. “Mi mamá se me enfermó de cáncer, y me vine a correr acá. Luego me dio piedra porque no tenía patrocinio y me tocó correr por mi cuenta, ir a los almacenes a pedir que me patrocinaran”.
El tiempo siguió su curso. Los aplausos se apagaron, pero ella siguió pedaleando en silencio, esta vez en la vida. “Me fui a trabajar a la bomba de gasolina, me llamaron de Cootradelsol y gracias a Dios me patrocinaron y seguí trabajando. Hace como unos 20 años trabajo allá”.
A veces todavía toma su bicicleta. “Salgo a veces a montar… me gusta ir a Paipa, Iza, por recreación”. Y cuando lo hace dicen que el viento parece reconocerla, como si Boyacá entero se inclinara un poco para verla pasar.
En las vitrinas del recuerdo su camiseta intercambiada con sus contrincantes, sus guantes y las memorias del mundial son testimonio de que una mujer sencilla, nacida en Sogamoso, una vez voló entre gigantes.
Todavía sueña, y espera, con que el Estado le reconozca mediante un aporte económico sus esfuerzos en las carreteras de Colombia y el mundo, que los aplausos del pasado se conviertan ahora en un apoyo para la corredora que lo dejó todo en el asfalto y que actualmente recuerda sus momentos de gloria mientras atiende a los conductores en la estación de servicio donde labora.
*Redactora de Boyacá Sie7e Días
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 10 de octubre de 2025 · 5:30 a. m.








