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Ramón Cayetano Correa Samudio nació en el municipio de Nobsa el siete de agosto de 1896. Por su consagración al estudio, investigación, conservación y compendio de los documentos históricos conquistó un lugar privilegiado en la memoria cultural de Boyacá y de Colombia.

Ramón C. Correa, óleo elaborado por el maestro Jorge Alberto Casas.
De los 95 años que vivió, 68 los dedicó al ejercicio de un solo cargo: secretario perpetuo del organismo rector de la historia en su departamento.
Fue el mayor de los nueve hijos que tuvieron los profesores Felipe Neri Correa Rojas y Rita Samudio Ortega; él, oriundo de Tibasosa, y ella, de Turmequé.
Pocos meses después de su nacimiento, sus padres se trasladaron a Tibasosa, donde cursó la primaria. El bachillerato lo realizó en el Colegio de Boyacá de Tunja. Allí mostró inclinación por la historia. Además de leer cuanto libro y documento llegaba a sus manos, empezó a redactar artículos manuscritos para el periódico del colegio.
Por Tibasosa sentía atracción y simpatía. Creció creyendo que ese era su lugar nativo. Según el docente e historiador Eutimio Reyes, don Ramón C. en una ocasión afirmó: «Vine a saber que mi nacimiento había tenido ocurrencia en Nobsa y no en Tibasosa, ante lo cual sentí gran tristeza», agregando, con su acostumbrado humor que «a uno le deberían preguntar dónde quiere nacer y de haber sido así, yo habría preferido la bella Tibasosa».
Luego de terminar la secundaria siguió viviendo en Tunja. Mientras conseguía un empleo, se dedicó a investigar en archivos históricos y bibliotecas y a elaborar escritos que le publicaban periódicos locales. Pasado algún tiempo entró a trabajar como policía de tránsito en Tunja.
Para el sacerdote Cayo Leonidas Peñuela, presidente del Centro de Historia de Tunja, el entusiasmo del joven Ramón por la historia no pasó inadvertido. Le hizo seguimiento a su actividad y leyó sus escritos. Convencido de que este sentía atracción por los acontecimientos del pasado y tenía disciplina investigativa y habilidad para la escritura, lo hizo nombrar en 1923 secretario del Centro de Historia, organismo que en aquel momento no tenía sede propia.
«Desde los 27 años cumplidos se puso a órdenes del padre Peñuela, quien lo llevó a trabajar en una pieza de su casa, donde tuvo como primer oficio encargarse del libro de actas y sesiones solemnes del Centro de Historia y seleccionar en una biblioteca la colección del instituto y la personal del Repertorio Boyacense. Así principió a desempeñar su destino de historiador», señala su sobrino nieto el abogado, historiador y académico Hernán Alejandro Olano García, en un artículo publicado en el Repertorio Boyacense bajo el título: “Ramón C. Correa: primer secretario perpetuo de una academia”.
En 1924 el clérigo Peñuela, por entonces canónigo de la catedral de Tunja, debido a quebrantos de salud, pidió a su diócesis traslado a Soatá, el cual le fue concedido. Dejó encargado del Centro de Historia a su pupilo con la siguiente advertencia que incluye Hernán Alejandro Olano García en el ya referido artículo: “Ramón, en sus manos dejo las vidas futuras del Centro de Historia y del Repertorio Boyacense. Reúna la corporación, cite a los socios a las juntas, publique el Repertorio Boyacense, no olvide las sesiones solemnes del 12 de octubre de cada año y todos los homenajes a los próceres, heroínas y hombres excelsos de Colombia y de Boyacá. Si usted es activo, trabajador, constante y estudioso, recibirá en el futuro honores en el campo de la historia, pero si es perezoso lo sacarán del Centro de Historia por arracacha, por tusa y por muérgano”.
Fue muy aplicado en el ejercicio de su cargo. Además de las funciones asignadas por el canónigo Peñuela se dedicó a investigar y a producir obras relacionadas con la historia y la cultura de Boyacá.
Se radicó en Tunja, donde contrajo matrimonio con Adalia Segura. De esta unión hubo cinco hijos: Román, Jaime, Guillermo, Álvaro y Graciela.
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Portada del Tomo II del libro ‘Monografías de los pueblos de Boyacá’.
La primera noticia que tuve de este personaje fue a comienzos de la década de los años sesenta a través de la radio. Yo vivía en Úmbita y en mi casa todos los días se sintonizaban en la mañana algunas emisoras de Bogotá (Radio Santafé, Nuevo Mundo, Nueva Granada, Metropolitana, principalmente) y al mediodía y en la tarde las radiodifusoras que operaban desde Tunja (Radio Tunja, Radio Boyacá y Transmisora de la Independencia). En estas últimas presentaban con frecuencia noticias sobre las actividades de la Academia Boyacense de Historia y en fechas especiales como el 25 de julio, el 6 y el 7 de agosto de cada año transmitían en directo las sesiones solemnes y actos especiales que esta corporación realizaba. Tanto en las noticias como en las transmisiones siempre se mencionaba al secretario perpetuo de la Academia, a quien se le presentaba como don Ramón C. Correa. Solo mencionaban la inicial de su segundo nombre y nunca incluían su segundo apellido.
Por esos mismos años tuve acceso en la casa de un tío mío en Tunja al libro ‘Presencia de Boyacá’, en el cual encontré resumidas las monografías de los municipios de Boyacá, elaboradas por él.
Personalmente lo conocí el 7 de agosto de 1969. Ese día se conmemoraba el Sesquicentenario de la batalla del Puente de Boyacá. Tuve que ir a la Casa del Fundador porque allí un allegado a mi familia, el maestro tallador cocuyano José Antonio Bonilla, estaba presentando una exposición artística sobre Simón Bolívar. Él me invitó para que lo acompañara. A las siete de la mañana salimos de la casa con destino al centro de la ciudad. Faltando unos diez minutos para las ocho, al llegar a la Plaza de Bolívar, frente a la entrada del Edificio Municipal se encontraba un hombre de edad avanzada, de baja estatura, vestido con traje de paño oscuro, sombrero encocado negro y abrigo del mismo color. Tenía en su mano izquierda algunos legajos.
—Mire, ahí está don Ramón C. Correa, el secretario perpetuo de la Academia Boyacense de Historia, saludémoslo —me dijo José Antonio.
Nos acercamos a donde se encontraba. José Antonio lo saludó y él le respondió con cortesía. A mí me miró y me dijo:
—¿Cómo está joven?
No me acuerdo qué le respondí. Me impacté en ese momento porque estaba al frente de alguien famoso, cuyos escritos había leído y de quien hablaban continuamente en la radio, en el colegio y en distintos lugares. La voz era delgada, suave y pausada. Lo sentí amable y sencillo. Me llamó la atención su pequeño y canoso bigote.
Solo ahora, luego de 56 años, caigo en cuenta que ese día don Ramón C. estaba cumpliendo 73 años de vida.
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Fue a mediados de 1974 cuando comencé a tratarlo de cerca. En mi condición de redactor del Radioperiódico ‘Avance Boyacense’ lo llamaba por lo menos una vez a la semana para solicitarle informes sobre las actividades de la Academia Boyacense de Historia. Él no tenía secretaria; directamente contestaba al teléfono; lo hacía de buen modo, con paciencia y era minucioso en sus respuestas. Me informaba sobre los nuevos miembros admitidos, las sesiones especiales previstas y las nuevas publicaciones de la corporación.
A partir de 1977, año en el cual asumí la jefatura de redacción del Diario El Oriente de Tunja, me llamaba con cierta frecuencia para comentarme los artículos que publicaban en ese periódico el padre Ernesto Reyes Sarmiento y el educador Max Gómez Vergara, los dos miembros de número de la Academia Boyacense de Historia. También me telefoneaba para puntualizar imprecisiones y señalar errores de tipografía que aparecían en las noticias que se publicaban. Este aporte se lo agradecía y le encarecía que lo siguiera haciendo.
Cuando en agosto de 1978 fui designado corresponsal del periódico El Espectador, acudí a su oficina en la Casa del Fundador, me puse a sus órdenes y le manifesté mi plena disposición para atender sus sugerencias y escuchar sus observaciones.
En diciembre de ese año al crearse la Página de Boyacá en El Espectador, no ocultó su complacencia por el hecho de que Boyacá tuviese una vitrina cotidiana en la prensa nacional. A partir de entonces comenzó a hacerme sugerencias. Lo visitaba en su oficina para pedirle asesoría y consejo. Me atendía con plena disposición. Cuando me veía decaído de ánimo por los ataques que me hacían quienes se sentían afectados por los comentarios o informaciones que yo presentaba en ejercicio de mi labor periodística, me instaba a seguir adelante.
Las conversaciones con él me agradaban porque, además de ser ilustrativas, bien contextualizadas y provechosas, siempre contenían picantes apuntes, fruto de la chispa y picardía que le caracterizaban. Me hablaba de todo, inclusive de su familia. Hacía comentarios sobre sus hermanos, principalmente de Antonio Ezequiel y de Soledad. El primero se graduó en Filosofía y Letras, al igual que en periodismo, en la Universidad Javeriana; fue representante a la Cámara y fundador del periódico El Demócrata. La segunda estudió lírica y canto en Bogotá, se radicó en Tunja, donde contrajo matrimonio con Publio Alejandro Olano Rojas.
Fueron muchos los detalles de amabilidad que tuvo conmigo. Ante las consultas que personalmente o por teléfono le formulaba, además de suministrarme verbalmente la información, me hacía llegar fotocopias de documentos en los cuales aparecían datos y textos que explicitaban el tema respectivo. Cuando me concedían distinciones o destacaban mi trabajo, me felicitaba telefónicamente o me enviaba un mensaje escrito. En 1982 durante una conferencia dictada por el subdirector del diario El Espectador, José Salgar, realizada en uno de los auditorios del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, en el marco del Segundo Seminario de Periodismo Científico, al final de la disertación tomó la palabra para agradecer a El Espectador el hecho de asignar una página diaria dedicada a Boyacá, al tiempo que destacó el trabajo periodístico que diariamente yo realizaba.
Terminada la conferencia y cuando se aprestaba a regresar a Bogotá, José Salgar me dijo:
—Muy bien por ese concepto que tiene de usted el secretario de la Academia de Historia. Es un hombre ilustrado y valioso. No lo conocía personalmente, pero tenía referencia de él a través de varias personas, quienes lo consideran una institución en materia histórica.
Por supuesto, este comentario me llamó la atención y me indujo a la reflexión.
Al producirse el elogio del ilustre historiador lo consideré como un gesto atento y generoso, nada más. No obstante, saber el alcance que le daba José Salgar, de una parte, me halagó y de otra, entendí que la importancia de los enaltecimientos y de las críticas depende de quién los manifieste. Consideré que en este caso quien lo hacía, don Ramoncito, era una persona erudita, madura, con mucha lectura, de gran experiencia, que a sus 86 años de vida ya se encontraba por encima del bien y del mal y que aquello que decía le salía con espontaneidad de su ser. Decidí, por tanto, darle las gracias por sus palabras. Días más tarde llegué temprano a su oficina. Estaba leyendo lo que en un principio consideré era un pequeño folleto. Resultó ser un ejemplar de la revista ‘Repertorio Boyacense’.
Cuando me vio, dejó sobre su escritorio el texto, se puso de pie y me saludó con amabilidad.
—He venido a agradecerle sus palabras en la conferencia de don José Salgar. Usted es muy generoso conmigo.
—Eso lo hice con agrado, don Gustavito.
No se detuvo en este asunto. Agradeció mi visita. Me comentó que antes de que yo llegara estaba seleccionando unos documentos para entregárselos a un estudiante de arquitectura de una universidad bogotana que le había consultado sobre el convento de San Agustín en Tunja,
—Este convento fue inaugurado en 1578. Ahorita estaba leyendo el ejemplar del Repertorio Boyacense correspondiente a enero-junio de 1979. En este hay un relato del padre agustino Fernando Campo del Pozo sobre el proceso de construcción de tan importante monumento.
—Me gustaría leer ese artículo.
—Si quiere llévese este ejemplar. Aquí hay otros en el archivo.
—Mil gracias. Me agradaría que me lo autografiara.
—Y eso ¿para qué?
—Para tener un recuerdo suyo en mi biblioteca.
—Pero léalo todo. Ahí encontrará otros artículos interesantes.
En la primera página interior del ejemplar, sobre el título de la publicación, escribió su nombre con un lapicero de tinta azul. No le agregó leyenda de dedicatoria.
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Autógrafo de don Ramón C. Correa
Trabajó en todas las sedes que ha tenido el organismo rector de la historia en Boyacá, creado en 1905 como Centro de Historia de Tunja y elevado a la categoría de Academia Boyacense de Historia a través de la Ley 7 de 1946, sancionada por el presidente Mariano Ospina Pérez.
Luego de laborar en la residencia del canónigo Peñuela debió trasladarse al segundo piso de la Asamblea Departamental, hoy Palacio de Justicia, sede asignada al Centro de Historia por el gobernador Antonio Córdova Mora. Después, ya como Academia, fue trasladada a la Escuela Industrial, hoy Primera Brigada.
Según evoca Eutimio Reyes: «(…) don Ramoncito repetía que había sido un verdadero milagro el haber trasladado la sede de la Academia, porque un año después el edificio de la Asamblea fue pasto de un voraz incendio que no habría perdonado la existencia del rico archivo histórico de Boyacá».
Después de estar en la Escuela Industrial, la Academia Boyacense de Historia tuvo otras sedes en edificaciones del centro de la ciudad, siempre bajo la tutela de su secretario perpetuo.
A partir de 1970 su oficina estuvo ubicada donde hoy es la sala de consulta de la biblioteca de la Academia Boyacense de Historia, situada en el costado derecho del interior de la Casa del Fundador, enseguida de la actual sala de sesiones de esta. Allí me recibió muchas veces. Siempre lo encontré sentado, revisando documentos, de la misma manera como el escritor Vicente Landínez Castro lo describe en un perfil titulado ‘Ramón C. Correa buceador infatigable y tenaz del pasado boyacense’, incluido en su libro ‘Estampas’(1989): «…lo encontré doblegado sobre los gruesos infolios en la penumbra evocadora y un tanto empolvada de su gabinete de trabajo, rodeado de anaqueles donde se alinean y apretujan opulentos volúmenes de cantos dorados o venerables códices encuadernados en toscas pieles de carnero. Enclaustrado dentro de cuatro muros encalados y sobrios, de los que penden viejos óleos de notables varones…”.
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Su producción como escritor fue prolífica. Dentro de sus obras se encuentran: ‘Historia de Tunja’, ‘Diccionario de boyacenses ilustres’, ‘Monografías de los pueblos de Boyacá’, ‘Guía histórico-geográfica de la ciudad de Tunja’, ‘Guía para el turismo en Boyacá’, ‘Parnaso boyacense’, ‘Historia de la literatura boyacense’ y ‘Vida de Manuelita Sáenz’, entre otras.
Perteneció a las academias de historia de Boyacá, Bogotá, Cartagena, Medellín, Cali, Ocaña, Envigado, Bucaramanga y Magdalena. También fue miembro de otras academias, sociedades y organizaciones culturales como: Sociedad Geográfica de Colombia, Sociedad Folclórica de Colombia, Comisión Nacional del Folklore, Academia Lingüística Aborigen, Sociedad Lingüística de Boyacá, Academia Bolivariana de Boyacá y de la ciudad de Panamá, Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, Academia Hispanoamericana de Letras, Centro de Historia de Coro, Academia de Historia de Caracas y Academia Franciscana de Historia.
Hizo parte de la Academia Colombiana de Historia, primero como miembro correspondiente, desde el primero de diciembre de 1928 y luego como miembro honorario desde julio de 1990, distinción que compartió con los expresidentes de la República Carlos Lleras Restrepo y Misael Pastrana Borrero.
También fue miembro de la Asociación de Periodistas de Boyacá.
Recibió varias distinciones. La Contraloría de Boyacá le concedió la Orden Francisca Josefa del Castillo y Guevara en 1983, el Gobierno de Boyacá le impuso la condecoración Orden de Los Lanceros en el grado de Collar de Oro en 1989 y el Gobierno Nacional, en 1990, durante la administración del presidente Virgilio Barco Vargas, le confirió la Orden Nacional al Mérito.
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Según lo ha señalado el actual presidente de la Academia Boyacense de Historia, Javier Ocampo López, a partir del año 1923 don Ramón C. Correa se dedicó al Archivo Histórico, hasta su muerte. Se convirtió en su mecenas y guardián.
Este archivo se creó a través de la Ley Tercera de 1882 del Estado Soberano de Boyacá. Al constituirse el Centro de Historia de Tunja en 1905, la Asamblea de Boyacá le asignó a esta organización su cuidado.
«En la Década de los Ochenta del siglo XX se consideró necesaria la modernización del Archivo Histórico de Tunja, con la colaboración del Instituto Colombiano de Cultura y la Fundación para el Patrimonio Cultural Colombiano del Banco de la República. Con la iniciativa, orientación y organización definitiva del Dr. Jorge Palacios Preciado, se creó el Archivo Regional de Boyacá, el 20 de octubre de 1983», señala Ocampo López en un artículo titulado ‘Academia Boyacense de Historia ciento veinte años de labor histórica 1905-9 de abril-2025’, incluido en el ejemplar 367 del Repertorio Boyacense, correspondiente al periodo enero-julio de 2025.
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Vicente Landínez Castro en el perfil arriba mencionado resalta la tarea adelantada por Ramón C. Correa. «Ningún historiador de profesión, desde hace 70 años, ha empleado tan juiciosa y útilmente su vida, como Ramón C. Correa, en desentrañar, examinar, comprender, evaluar y analizar el pasado de Boyacá en provecho del presente, para que los boyacenses de hoy y los del porvenir, vivan mejor y piensen mejor (…)».
Landínez, con claridad, muestra la dimensión del aporte de Ramón C. Correa a Boyacá. «Él ha prestado a nuestra tierra ingentes, preciosos e invaluables servicios cuyos resultados benéficos son verdaderamente inconmensurables», señalando además que «lo ha hecho sin alharacas, sin fanfarrias, sin exhibicionismos impúdicos por plazas y escenarios, sin redobles, sin propaganda, sin alto parlantes», concluyendo que, por tanto, «se convirtió en desconcertante obrero de la historia».
Fruto de la consagración y constancia, virtudes materializadas a lo largo de su vida en juiciosas jornadas diarias de trabajo, que las iniciaba siempre después de asistir a la misa de siete de la mañana en la iglesia de Santo Domingo, consolidó una obra que el mismo Landínez califica como “una colosal columna maestra de la cultura boyacense, sobre la que descansa firme e inconmovible la historia de nuestra alma común; su laboriosa vida es índice del vigor intelectual de nuestra raza y lo acredita suficientemente como uno de los cultivadores más espléndidos del difícil género histórico entre nosotros, formando con José Joaquín Ortiz, Cayó Leonidas Peñuela y Ulises Rojas, la tetralogía de los más ilustres historiadores boyacenses». En cuanto al estilo de sus escritos, lo considera “sobrio, llano, correcto, horro de adornos innecesarios, adobado con giros y modismos (…) que comunican a su prosa un sabor un tanto arcaico, pero que se equilibra por el uso frecuente de americanismos, por el empleo de una sintaxis muy personal, y por el ingrediente de una juguetona malicia que mantiene en permanente estado de alerta al lector, y lo prepara a la vez para seguir una entretenida vena de sugerencias y de sutilezas».
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El antropólogo tunjano Antonio José Gómez luego de trabajar en las universidades de Antioquia y la UPTC viajó en 1984 a la nórdica ciudad de Helsinki, en donde actualmente vive luego de haber ejercido allí, durante más de 30 años, la docencia en varias universidades. Conoció a Ramón C. Correa en 1951.
—Me lo presentaron en casa de sus sobrinos Olano Correa. Me dio dos suaves palmaditas en la cabeza a manera de saludo.
Gómez tenía 6 años y Correa 55.
Lo recuerda como “un viejito simpático”.
—Todos hablaban bien de él y de sus exaltadas descripciones de los hechos heroicos plenos de hazañas casi sobrehumanas de las huestes de Bolívar. Y cuando eso hacía le brillaban los ojos con los apasionados fulgores que adornaban su discurso. No he conocido a otra persona más versada en cada uno de los episodios de aquella gesta, que él conocía mejor que nadie, ¡no solo dando las fechas sino, además, la hora en que ocurrieron!
Tiene la convicción de que era alguien muy conocido en la Tunja de aquel momento.
—Se le oía nombrar en Tunja en todas partes y puedo asegurar que lo conocía más por referencias que por trato personal.
Reconoce el dominio que tenía de los temas históricos.
—Parecía no hablar de otra cosa y tampoco escribir, excepto quizás en un libro de la Academia de Historia que se editó en 1987 en el que hizo una excelente recopilación de autores y cronistas que me sirvieron de base para conocer con todo detalle la llegada de los conquistadores, datos con los que ilustré mi libro ‘Historias de Tunja’ acerca de cómo se fundó la ciudad.
No se le olvida la ocasión en la cual intercambiaron ideas sobre asuntos históricos.
—Un día, allá por los años sesenta, me encontré en una animada charla con él. Y naturalmente el tema era la independencia. Aquel día me atreví a objetar el apelativo de «patriotas» que adornaba casi todos sus discursos. Se calló y se quedó mirándome fijamente y un poco desconcertado antes de que en su cerebro calara el obvio razonamiento de que él era un historiador curtido en décadas y sin pedirme ninguna aclaración procedió a instruir a ese jovenzuelo que seguramente se le antojó como ignorante o mal informado. La retahíla fue larga e incluso muy interesante. Cuando por fin pude intercalar un «pero» en un momento en que tomó aliento para continuar con su discurso, me obsequió su atención. Me atreví a decirle que en mi opinión los realistas nacionales eran tan leales y patriotas como los que estaban dispuestos a dar la vida por su soberano Fernando VII. Aquel día nos despedimos en buenos términos y debo añadir que nunca lo vi enojado y, lo que es más, jamás escuché a nadie decir que lo hubiera visto de manera diferente a esbozar su familiar mueca de docto en el tema que trataba.
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Miembros de la Academia Boyacense de Historia en la actual sala de sesiones de la corporación
El siete de agosto de 1996 con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de Ramón C. Correa, al intervenir en representación de la familia en el acto que con tal motivo se realizó en la Casa del Fundador de Tunja, su sobrino nieto Hernán Alejandro Olano García, dijo de él: «La inteligencia perspicaz, el juicio recto, el sentido concreto de las cosas, la seguridad y firmeza de sus convicciones, la experiencia, el don de consejo y la lealtad de su corazón, como algunas de las manifestaciones del temperamento de Ramón C. Correa, dieron a su estampa rasgos tan definidos y sólidos, que hicieron que sus actos fueran siempre altos, nobles y proporcionados a las circunstancias, para ser “paradigma solitario de una voz apacible, de una época humana, que al cerrar de sus ojos documentados, es ya un ciclo de historia concluido” como lo expresaba ante su tumba el maestro Medina Flórez, quien en ese momento agregaba: “Con este varón humilde y grandioso enterramos al último baluarte de la Boyacá mansa y agraria. Ojalá que las eras que sobrevengan vean retornar almas tan evangélicas, aunque sea entre el ruido fabril y el sulfuroso vapor de las jornadas turbulentas”».
Olano García finalizó esta intervención afirmando: «empezó su vida siendo un hombre y la terminó como una institución”.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 17 de agosto de 2025 · 8:00 a. m.