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Boyacá tierra bendecida ha sido nominada como Principal Destino Turístico de Suramérica en los World Travel Awards 2025, un reconocimiento que estremece el alma boyacense. Pero esta nominación no surge de un golpe de suerte, sino de la fuerza de un pueblo que ha hecho de la tierra, el fuego, la lana, la madera y el metal, una extensión de su historia, de su identidad y de sus sueños. Boyacá no es solo un destino: es un territorio de manos que crean, corazones que resisten y saberes que trascienden generaciones.
Boyacá no solo es una herencia de montañas y batallas libertadoras, sino un territorio donde el arte, el trabajo honesto y la memoria construyen el tejido invisible que da sentido a cada pueblo y rincón. He tenido la fortuna y el honor de acercarme, de forma íntima, a esa vena artesanal que da vida y orgullo a nuestra tierra. De todos los lugares, fue Nobsa, el legendario “rincón de las campanas” y próximamente parque temático de la campana, el que me abrió una ventana al corazón mismo de nuestra memoria colectiva.
Allí, al sudor de una cerveza fría y rodeado del eco metálico de historias profundas, compartí una mañana inolvidable con don Saúl Tristancho mientras aplicaba una capa más a sus moldes y su esposa doña Rosa, quien limpiaba una campana recién fundida para enviar a Venezuela; con don Octavio Tristancho y su esposa, María Consuelo, quiénes me contaron y me hicieron vivir de primera mano su historia, su legado, guardianes humildes y a la vez grandiosos de la familia Tristancho. Escuché de boca de don Octavio cómo el legado fundidor de campanas empezó hace más de dos siglos y, sorprendentemente, cómo sus campanas han cruzado océanos y continentes, haciendo vibrar iglesias en China, Alemania, Londres (en Inglaterra), Venezuela y tantas tierras que se maravillan ante ese sonido nacido del fuego y la paciencia boyacenses. Sus relatos, cosechados a punta de vida, forjados más allá del metal, me inspiraron a comprender algo fundamental: la historia, el oficio y la memoria no pueden permitirse ser olvidados.
La artesanía boyacense no es solo una destreza, es un acto de resistencia cultural y una afirmación de identidad. Desde la emblemática fundición de campanas en Nobsa, pasando por la cestería en Guacamayas, la cerámica de Ráquira, los tejidos en Monguí o el pirograbado de Paipa, cada objeto nacido de manos boyacenses lleva impresa la memoria de todo un pueblo. Son prácticas, técnicas y saberes transmitidos con perseverancia en el seno de familias y comunidades, muchas veces a contracorriente de la modernidad fugaz que amenaza con tecnificarlo u homogeneizarlo todo.
Esta riqueza, sin embargo, no se sostiene sola desde el afecto o la admiración: requiere del reconocimiento y apoyo decidido desde los Gobiernos locales y departamentales. Nuestra responsabilidad, desde la administración pública territorial, va mucho más allá del fomento turístico o de la economía creativa.
Es una invitación urgente a gestionar la memoria. Generar archivos vivos, archivos visuales, publicaciones, exposiciones, rutas y talleres que conviertan a la historia viva del arte manual en una herramienta de identidad y desarrollo. Incluir la artesanía y sus relatos en los diseños curriculares; dignificar el oficio con inversión y formación; facilitar herramientas para la documentación y difusión de saberes; crear entornos en los que los niños y jóvenes sientan orgullo por lo que somos: estas son tareas impostergables.
La memoria no puede ser vista como un lujo, ni la cultura como un accesorio: son el eje mismo sobre el que giran la cohesión, integración social, la dignidad y un futuro con sentido.
Hoy el mundo nos está mirando. Y tenemos la oportunidad de hacer sonar nuestras campanas más fuerte que nunca. Debemos votar, sí. Pero más que votar, debemos conocer, valorar, comprar lo nuestro, recorrer las rutas artesanales, sentarnos a conversar con los artesanos, aprender su lenguaje de manos y corazón. Cada campana, cada canasto, cada ruana, cada talla en tagua o en carbón es un testimonio de que Boyacá está viva y que su gente sigue haciendo patria desde lo pequeño, desde lo esencial.
Ser testigo directo del legado de la familia Tristancho, escuchar a don Octavio narrar historias de fundiciones, ver cómo don Saúl enseña con pasión, sentir el respeto con que doña Rosa y María Consuelo sostienen con orgullo ese universo artesanal, fue para mí un recordatorio poderoso de que cada campana, cada cesta, cada vasija, cuenta una historia que nunca debe dejar de ser contada. La nominación de Boyacá como Principal Destino Turístico de Suramérica en los World Travel Awards 2025 es, por sobre todo, un reconocimiento a la fuerza transformadora de nuestra memoria viva.
A nuestros artesanos les digo: su obra es patrimonio de todos, fuente de futuro y orgullo. Les agradezco y honro, en nombre de una administración pública que debe ser, siempre, aliada y guardiana, no solo de la economía o el turismo, sino principalmente de la historia colectiva. La historia no puede darse el lujo de olvidarse, porque olvidar es perderse; y Boyacá, así como Colombia entera, tiene la obligación y el privilegio de recordarse en cada pieza que sus hijos crean con esmero y coraje.
Boyacá es para vivirla, sí, pero también para honrarla y preservarla en la memoria de todos. Que esta columna sea un eco más, una campana más, que resuene para que jamás olvidemos nuestra esencia, nuestro arte y nuestra historia viva.
Volveré al rincón de las campanas, pero también te buscaré allí donde tus manos sigan labrando arte e historia. Porque cada artesano es memoria viva, y Boyacá no puede darse el lujo de olvidarte.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 4 de agosto de 2025 · 7:00 a. m.