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Hay lugares en Colombia que parecen tocados por la mano de Dios. Santa Marta, con sus atardeceres que incendian en el mar Caribe, y Paipa, con su bruma tempranera que abraza las montañas, son dos de esos sitios donde la belleza natural enseña, recrea y alegra. Distantes en kilómetros, estas dos ciudades están cerca, muy cerca, por el idioma universal de la música.
Una, la más antigua del país, con 500 años a cuestas y una herencia que mezcla culturas, ritmos y resiliencias. La otra, de alma campesina, cuna de batallas libertarias y melodías andinas. Santa Marta y Paipa son distintas y, a la vez, hermanas. La primera, donde Bolívar cerró sus ojos a la vida. La segunda, donde el libertador comenzó a sellar la victoria que le daría la independencia de América ante España.
Este año, tan difícil para Colombia, tendrá un sedante necesario del 1 al 5 de octubre y la música es el puente. Las directivas del Concurso Nacional de Bandas, con medio siglo de historia, rendirán homenaje a Santa Marta con motivo de la conmemoración de sus 500 años. No será solo un evento. Es un acto de gratitud. Una sinfonía de encuentros.
Más de 35 bandas de todo el país llegarán a Paipa para hacer sonar melodías en distintos géneros: porros, cumbias, pasillos, bambucos, inspirados en la bahía más hermosa de América, estarán en las partituras y batutas de juiciosos maestros. Niños, jóvenes y adultos, con instrumentos de cobre, madera, viento y percusión como clarinetes, flautas, saxofones, fagots y redoblantes, entre otros, interpretarán el alma de una ciudad caribeña desde los pulmones del altiplano.
Se interpretarán piezas como el himno a ‘Santa Marta’, de Mariano Barreneche; ‘Santa Marta, Santa Marta’, de Mario Gareña; ‘Taganga’, de Lucho Bermúdez; ‘Santa Marta tiene tren’, de Eduardo Arman; ‘Tres perlas’, de la Billos Caracas Boys; ‘A orillas del Magdalena’, de Alejo Durán; ‘El samario’, de Nelson Enríquez; ‘Indio tayrona’, de Alfonso de la Espriella; ‘Para Santa Marta’, de Gustavo Quintero; ‘Santa Marta’, de Cuco Valoy, y ‘La tierra del olvido’ y ‘La perla’, de Carlos Vives.
No es poca cosa. Es un gran menú porque la música no solo alegra: une, reconcilia, enseña. En cada compás se cuela la historia de un pueblo, sus luchas, sus nostalgias, sus fiestas y sus fracasos. Y al compartir, las diferencias se hacen riqueza. La diversidad se celebra, no se teme.
Santa Marta y Paipa se miran ahora como se miran los viejos amigos que se reencuentran. Con afecto: distintos, pero cómplices. Uno puede sentir que algo grande está pasando cuando dos ciudades se acercan así, sin imposiciones, sin discursos vacíos, solo con instrumentos afinados por la convivencia.
Ojalá que este homenaje no se aproveche por gobernantes y oportunistas electorales. Así ha pasado en la mayoría de los concursos. Eso no sucede en otros eventos. El orden lo imponen directivos que deberían promover respeto y en eso tienen la palabra. Que no haya tarima para la demagogia, sino para los músicos, los niños, los maestros, los artesanos del sonido. Que la cultura no sea pretexto, sino propósito.
En todo caso, desde ahora aplaudo por ese homenaje. Santa Marta se lo merece. Y Paipa también. Y los que llegan. Y, sobre todo, porque Colombia necesita estos gestos simbólicos que demuestran que es posible caminar juntos desde la diferencia y desde la creación. Entre el mar y la montaña, que suene la música. Que hable el arte. Que vibre la hermandad. (Mirador de Las Palmas – Paipa). [email protected]
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 22 de julio de 2025 · 7:00 a. m.