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Y pintaron la ciudad de gris

Un gris que no podía entenderse, no podía explicarse: era solo gris. Plomizo, pesado, como si cargara el peso de las ausencias. ¿Plomo? ¿Ceniza? Era un gris que se extendía, vivo y voraz, como una mancha insaciable que devoraba los colores, los rostros, las voces.
Se deslizaba por las calles, se aferraba a los hombres, a las mujeres, a los niños, y hasta a las aves. Los loros y las guacamayas, que antes llenaban los días con sus gritos y colores, se desteñían en silencio. Sus plumas apagadas eran testigos de la mudez colectiva.
El gris crecía inmutable y lento, como si nadie pudiera notarlo. Pero no era solo un color: era un mandato, una imposición que callaba, borraba, silenciaba. Las paredes, antes llenas de vida, se cubrieron de ceniza. El gris hablaba sin palabras, en un discurso que resonaba más allá de la muerte y el tiempo.
Sin embargo, en lo alto de un cerro, por caminos estrechos y polvorientos, algo resistía. Desde lejos, se veía un desfile de colores: mujeres con faldas floreadas, cestas cargadas de frutos, pañuelos blancos en sus manos. Caminaban al ritmo de su dolor, pero sus pasos eran firmes, como si cada uno fuera una denuncia.
En la cima del cerro, formaron un círculo. Sus manos se unieron, fuertes como raíces que no se dejan arrancar. Eran madres. Madres de los hijos arrancados por la violencia, masacrados y olvidados en fosas clandestinas. Allí, en la altura, levantaron su clamor. Imploraban, exigían que la verdad no se apagara, que no se perdiera en las cenizas que cubrían la ciudad.
“Nuestros hijos no son olvido,” gritaban.
“Nuestros hijos tienen voz.”
El gris intentó tragarse también sus cantos, pero ellas cantaron más fuerte. Su dolor se convirtió en un eco que atravesó las montañas, bajó por los cerros, llegó a las calles grises. Cantaban por los rostros ocultos, por los nombres borrados, por los cráneos que el gris había intentado enterrar en el silencio.
Y aunque el gris aún cubría la ciudad, su mensaje quedó grabado en las piedras, en las paredes, en el viento: una verdad oculta siempre sale en La Escombrera.
Patricia Bonilla Thorschmidt nació en Bogotá, Colombia. Médica especialista en Patología de la Universidad Javeriana de Bogotá. Desde muy joven interesada en los problemas sociales y culturales del país y del mundo, vocación que la ha llevado a incursionar en el campo de la literatura, escribiendo cuentos y poesía.
Dedicada por completo desde hace cinco años al quehacer literario. Varios cuentos y poemas han sido publicados en revistas y periódicos del país. Fue una de los 50 ganadores del Concurso Internacional Cometa de Cuentos 2023 con su relato “No hubo tiempo para pensar”, incluido en la antología Cometa de Cuentos.
Su primer poemario “Como en un día cualquiera” ha sido publicado por el Grupo Editorial SIAL Pigmalión de España, y fue lanzado como una de las novedades en de la FILBO 2024.
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Los escritores interesados en participar en este espacio dominical, deben enviar sus trabajos al correo: [email protected].
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¡Todos los domingos serán de Cuento y poesía, porque siempre hay algo que contar!
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 26 de enero de 2025 · 6:30 a. m.