Últimas noticias

Hola, Sancho – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas

Escucha este artículo

Audio generado con IA

0:00
0:00
ⓘ ¿Necesitas detener la lectura? Si el botón no responde en tu móvil, recarga la página deslizando hacia abajo o sal de la noticia. El audio se detendrá inmediatamente.

El deseo que sentí en 1967 de ver con mis propios ojos el Monumento a Cervantes en Madrid estaba oculto entre espesos nubarrones de mi memoria. Cincuenta años después, un domingo de octubre de 2017, se hizo realidad.

Justo 24 horas antes había llegado a la capital española procedente de Bogotá.

Madrid era el punto de partida de una excursión de 20 días por Europa, en la que participaba junto con algunos familiares.

El día anterior, sábado, pocas horas después de haber aterrizado en el aeropuerto de Barajas, los integrantes del grupo turístico que nos correspondió fuimos conducidos, con una rapidez de parpadeo, por varios de los sitios de interés de Madrid: el estadio Santiago Bernabeu, la Puerta de Alcalá, la Fuente de Cibeles, el monumento de Colón, el Palacio Real y la Gran Vía, entre otros.

Y ese domingo, mientras la mayor parte del grupo viajó a conocer la histórica ciudad de Toledo, con mis familiares decidimos permanecer en Madrid y aventurarnos a explorar, por nuestra cuenta y riesgo, lugares llamativos de esa urbe.

Plaza de Cibeles en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.
Plaza de Cibeles en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.

En el hotel, situado al norte, en el distrito de Chamartín, nos sugirieron como medio de desplazamiento para llegar al centro de la ciudad el Tren de Cercanías.

—Es el más rápido, solo gasta 10 minutos. Los otros dos sistemas de transporte masivo, el autobús y el metro, requieren más tiempo: el primero gasta una hora y quince minutos y el segundo, tres cuartos de hora —nos dijo un funcionario de la recepción.

Al llegar a la estación de la Puerta del Sol y salir de esta, una brisa sostenida refrescaba el ambiente.

En la plaza, había una manifestación en favor de la eutanasia. Hombres y mujeres, casi todos por encima de los cincuenta años, portaban carteles, en algunos de los cuales se leía: “¡Libres hasta el final!”, “Morir en paz es un derecho”. Nadie lanzaba consignas verbales. Era una jornada silenciosa.

En el firmamento madrileño, ligeras nubes, como esparcidas con pincel, matizaban el azul celeste en medio de un sol benévolo.

El color beige y el amarillo piedra dominan las fachadas de las edificaciones que enmarcan la Puerta del Sol. Se destacan, de otra parte, el marrón borgoña y el siena pálido del antiguo edificio de Correos, hoy convertido en la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, frente al cual se halla en el piso una baldosa con la placa que señala el kilómetro cero de las carreteras radiales de España. Protagónico, también, está el antiguo Hotel París sobre el cual reposa un imponente cartel publicitario de neón de los vinos Tío Pepe.

Una escultura en bronce de un oso erguido, apoyado con sus extremidades delanteras en un arbusto, está ubicada en el costado oriental. Se le conoce con el nombre de “El oso y el madroño”.

En la mitad del lugar, sobre un alto pedestal se levanta el monumento ecuestre de Carlos III, quien fue Rey de España al igual que Rey de Nápoles y Sicilia, a quien se le llamó “el político” y “el mejor alcalde de Madrid”, sin haber ejercido nunca este último cargo.

La temperatura llegaba a los 21 grados centígrados. Mi indumentaria era informal: bluyín y una camisa de rayas azules y blancas.

Plaza donde se encuentra el Monumento a Colón en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.
Plaza donde se encuentra el Monumento a Colón en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.

Fue fácil definir hacia dónde íbamos a dirigirnos enseguida. Durante la vertiginosa travesía del sábado nos llamó la atención la Gran Vía. Aunque la habíamos visto congestionada, consideramos que ese sería nuestro destino inicial. Pedimos orientación a un policía para llegar allí. Su respuesta fue desconcertante:

—No sé. Lo siento. Pertenezco a la Policía de Galicia y ayer, junto con otros compañeros, fui trasladado temporalmente aquí para suplir a los agentes de Madrid que fueron enviados a Barcelona a controlar las manifestaciones en Cataluña.

Acudimos, entonces, a una señora mayor, quien nos dio indicaciones precisas y acertadas.

**

Ansioso de encontrar detalles que marcaran diferencia de la cultura colombiana, avancé con lentitud. Agucé el oído y paseé mis ojos con cautelosa observación. Por supuesto, tomé fotos de todo aquello que me atrajo.

No había basura en las calles. No sonaban pitos ni motores de vehículos. Los almacenes estaban cerrados. Solo se encontraban abiertos los quioscos y ventas ambulantes de jamón, lotería, refrescos y recordatorios de la ciudad.

En una iglesia, repleta de fieles, un sacerdote oficiaba la misa dominical. Afuera dominaba un murmullo de voces; sobresalía el acento español; de vez en cuando se escuchaban palabras en inglés.

Habiendo avanzado unas pocas cuadras, observé, sobre un edificio mediano, un letrero llamativo de letras verdes en estilo script: El Corte Inglés. Desde hacía tiempo había querido visitar un almacén de esta cadena comercial, reconocida como la primera de su género en Europa y la tercera en el mundo.

La fachada del edificio era de ladrillo prensado a la vista. Conté ocho pisos. Al entrar pregunté a uno de los celadores el nombre de la sucursal.

—El Corte Inglés Preciados-Callao —me respondió.

—Y ¿por qué Preciados-Callao? —le repliqué.

—Preciados porque así se llama la calle y Callao porque al lado está la plaza que lleva ese nombre —me explicó con amabilidad.

**

Luego de recorrer todo el almacén, en la última planta me deslumbró la amplia terraza, abierta hacia un interminable paisaje de ensueño.

Vista del Edificio Carrión desde la terraza del Corte Inglés. Foto Gustavo Núñez Valero.
Vista del Edificio Carrión desde la terraza del Corte Inglés. Foto Gustavo Núñez Valero.

La visual era de 180 grados. Comencé a tomar fotografías. A la izquierda vi las torres de una gran iglesia; en el centro, la cúpula de un edificio de estructura arquitectónica griega, y a la derecha, una imponente edificación. A lo lejos avisté centenares de tejados de arquitectura española y más al fondo, altos edificios y un manto verde formado por un tupido bosque.

Estaba abstraído y feliz tomando fotos cuando de pronto mi esposa, que se había dirigido a otro lado de la terraza comenzó a hacerme señas para que fuera hasta allí. No quería salir del encantamiento en que me encontraba.  Siguió insistiendo. Acaté su llamado.  Cuando llegué a donde se encontraba, me sugirió que mirara al frente y… Dios mío, ¡qué vista tan impresionante! Mis ojos se desorbitaron. Quise decir algo, pero no pude articular palabra.

En ese lugar se veía majestuoso el edificio icónico de Madrid, ese que había visto en distintas publicaciones; el mismo que por el año de 1962 mi padre, que era pintor, había plasmado en un telón de fondo para una obra de teatro en mi natal Úmbita. Aquel edificio era de arquitectura expresionista, con forma de proa de barco y su perfil ha sido difundido en el mundo como imagen de presentación de la capital española.

A los pies de este se extendía, a la distancia, una formidable avenida; justo en el punto donde se perdía de vista, sobresalían dos altas construcciones.

Ese mismo día averigüé que las torres de la iglesia grande son las de la Catedral de La Almudena, la cúpula de arquitectura griega pertenece al Teatro Real, la imponente edificación corresponde al Palacio Real, el mítico edificio frente a la terraza de El Corte Inglés es el Edificio Carrión, la avenida que pasa al lado de este se llama, ni más ni menos, la Gran Vía  y las dos altas  construcciones al final de la avenida se conocen como la Torre de Madrid y el Edificio España. 

**

El Carrión tiene 14 plantas. En la parte alta aparece el imponente letrero en neón de la marca alemana de bebidas carbonatadas Schweppes. Por su significado arquitectónico para la ciudad fue declarado por el Gobierno de la Comunidad de Madrid como Bien de Interés Cultural.

Luego de salir de El Corte Inglés avanzamos hacia la plaza del Callao. Allí, primero, nos tomamos fotografías con El Carrión de fondo y después, al lado de la escultura Nimbus 2000, que es una réplica de la escoba voladora utilizada en las películas de la saga de Harry Potter. 

Al salir de este lugar optamos por caminar a lo largo de la Gran Vía. No sabíamos si íbamos en dirección norte, sur, oriente u occidente. Caminábamos hacia adelante mirando vitrinas de los almacenes. Por las seis calzadas de la Gran Vía transitaban pocos vehículos. Vimos callejuelas con edificaciones antiguas a lado y lado.

Habíamos recorrido cinco o seis cuadras cuando al llegar a una esquina, a la izquierda, encontramos un espacio público amplio. Era una plaza en donde en primer plano aparecía una fuente enorme, luego una feria con toldos y casetas; más al fondo, un monumento de unos 30 metros de alto, en forma de obelisco, con una fuente alrededor de su enorme base, coronado por un globo terráqueo rodeado de figuras humanas de tamaño natural.

Plaza Puerta del Sol, Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.
Plaza Puerta del Sol, Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.

Esa plaza, por su ambiente apacible, amplios espacios verdes y árboles frondosos, seducía. Hombres y mujeres de distintas edades, en su mayoría con apariencia de turistas se desplazaban parsimoniosos por el lugar.

–Perdón, ¿cómo se llama este lugar? –le pregunté a un hombre de unos sesenta años con fisonomía árabe que estaba sentado en una pequeña silla cerca de la esquina atendiendo una venta ambulante de bebidas.

–Plaza España –me contestó, sin siquiera mirarme.

**

Fue durante el primer semestre de 1967 cuando siendo interno del seminario Misional La Milagrosa de Chita, Boyacá, escuché la lectura de los dos tomos del libro “Don Quijote de la Mancha”, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. De lunes a sábado, mientras desayunábamos en comunidad, estudiantes del cuarto año de bachillerato, que era el mayor grado que existía en ese plantel, leían los textos que señalaba el padre rector.

De aquel libro ya tenía referencias. Había leído algunos fragmentos y un artículo en uno de los 20 volúmenes de la colección El Tesoro de la Juventud.

Recuerdo que los internos del seminario disfrutamos esa lectura. Con sonoras carcajadas celebramos las ocurrencias de Don Quijote y de su fiel escudero Sancho Panza. Nos causaron gracia palabras como “malandrín” y “follón”, para citar solo dos. Desde luego, cuando el lector mencionaba términos poco comunes, el rector hacía sonar una campanilla, interrumpía la lectura y explicaba su significado.

Fue una mañana de septiembre, o quizás de octubre, de 1967 cuando la lectura correspondió a un artículo de prensa de Eduardo Caballero Calderón.  Ese escrito me llamó la atención. Describía su visita, un día lluvioso, al monumento de Miguel de Cervantes en Madrid. 

Para aquel año Eduardo Caballero Calderón era el novelista colombiano más destacado. Hacía unas semanas había llegado a mis manos su novela El Cristo de Espaldas y la había leído con voracidad.

La curiosidad que me produjo ese artículo sobre el monumento a Cervantes no fue solo por la jerarquía intelectual de su autor y lo atrayente del tema, sino porque dentro de mí palpitaba muy fuerte la atracción hacia la literatura.

Desde el día que escuché en Chita ese artículo tuve la sensación de que algún día visitaría ese monumento. 

**

En la Plaza España termina la Gran Vía y comienza la Calle Princesa.

Como aquel sitio nos pareció acogedor resolvimos entrar y pasear por su interior.  Nos acercamos a la primera fuente. Es ovalada, ocupa una extensión de por lo menos 300 metros cuadrados, tiene dos niveles, sus aguas son cristalinas y circulan con profusión; está construida en piedra, posee dos esculturas en bronce que muestran a mujeres esbeltas agachadas con jarrones en sus manos. Es evidente el esmero en el mantenimiento y conservación del lugar.

Mi esposa al verme embelesado me pidió la cámara fotográfica, me dijo que me sentara en el borde de la fuente y comenzó a tomarme fotos. Posé con la sonrisa que brotaba de mi interior, dominado por una complacencia suma.

Panorama de Madrid desde la terraza del Corte Inglés. Foto Gustavo Núñez Valero.
Panorama de Madrid desde la terraza del Corte Inglés. Foto Gustavo Núñez Valero.

Seguimos avanzando hasta una amplia zona con piso de baldosas, en donde se desarrollaba un mercado de artesanías.

Y caminando nos topamos con el monumento del fondo, precedido de una zona verde. Su imponencia y magnitud impacta; también refleja cierto enigma. Alrededor de su base de piedra y mármol hay una fuente constituida por una pila en forma de hongo gigante con pequeñas ventanas de vidrio iluminadas desde dentro y sobre las cuales corre el agua que procede de un surtidor invisible.  La fuente, por su original diseño y delicadeza de sus detalles decorativos arquitectónicos, es una obra de arte que encanta.

Busqué con interés alguna leyenda que explicara el significado de los elementos allí ubicados o que identificara las figuras que representaban, pero fue vana tal pretensión.

Mis acompañantes, aprovechando que se encontraban en una zona verde y había un sugestivo y acariciante prado, decidieron tomarse un descanso. Se descalzaron y caminaron allí, convencidos de que, como les había aconsejado un médico tunjano, el contacto directo de los pies con el pasto aliviaba el soroche propio de los largos viajes. Mientras ellos aplicaban ese consejo, quise averiguar qué había detrás del obelisco.

Caminé prevenido a su alrededor, siempre protegiendo la cámara fotográfica.  No fueron más de seis pasos los que di antes de que, al girar mi vista a la izquierda, sintiera un lancetazo en las fibras sensibles de mi ser al percatarme de que estaba frente a dos personajes de bronce que identifiqué de inmediato. Experimenté temblor y sudor frío en mi cuerpo.

Absorto estuve durante unos instantes. Deseaba que esa agradable sensación se prolongara. No obstante, un empujón me sacó del encantamiento. Un turista que tomaba fotografías se fue encima de mí, me desestabilizó y por poco me envía al piso.

**

Si en la parte de adelante del monumento no había podido identificar ninguna figura, ni había interpretado el significado de este, al respaldo todo era distinto.  Sentado en un pedestal, con un libro en la mano, en la mitad del obelisco estaba Miguel de Cervantes Saavedra y sobre una plataforma en la parte inferior se encontraban las esculturas ecuestres de las máximas creaciones de su ficción: Don Quijote y Sancho Panza, el primero sobre los lomos de Rocinante y el segundo, sobre su asno, “el rucio”, como su dueño le decía por el color de su pelo.

Me concentré en Don Quijote. La imagen que veía era distinta a la que me había formado desde cuando escuché las lecturas del libro de Cervantes y la confirmé con mis relecturas posteriores. El que estaba viendo no era un Quijote demacrado y huesudo como me lo había imaginado o como lo muestra una estatuilla que conservo desde 1996 en mi estudio. El Sancho que observaba tampoco era el que, basado en alguna ilustración, tenía en mi mente. Y el Rocinante que veía, tampoco era el mismo de mis impresiones de infancia y juventud; este era más robusto.

En seguida del monumento, separado por un espacio peatonal, se encuentra un estanque ornamental de forma cuadrangular. Me situé detrás de este. Desde allí tuve de frente un panorama espléndido.

Parte frontal del Monumento a Cervantes en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.
Parte frontal del Monumento a Cervantes en Madrid. Foto Gustavo Núñez Valero.

El majestuoso complejo escultórico, los coloridos jardines, el verde y rasante césped y los árboles de follaje denso componen un paisaje tentador que contrasta con el telón de fondo formado por tres soberbias edificaciones situadas en los costados norte y oriente de la plaza España.

**

Lo que en un comienzo creí era la parte posterior del monumento resultó ser el frontis de este.

Aquel monumento fue erigido para conmemorar el Tercer Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra (1916). Para el efecto, en 1910 se convocó en Madrid un concurso. Comenzó a construirse en 1915 y el 13 de octubre de 1929 fue inaugurado sin estar terminado aún.

En cuanto al significado de las piezas que lo constituyen, el globo situado en la parte superior representa el mundo y las figuras humanas que lo rodean son los cinco continentes leyendo El Quijote de la Mancha.

Las demás imágenes situadas en el frente del obelisco son alegorías. La principal, en el centro, es la alegoría a la Literatura, representada en una dama y flanqueando a esta aparecen las correspondientes al misticismo y al valor militar. En un costado están las figuras representativas de los personajes de una de las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, “Rinconete y Cortadilla” y en el otro, las pertenecientes a otra de sus novelas ejemplares, “La Gitanilla”.

Y a los lados de donde se encuentran las figuras de Miguel de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza, se levantan, destacadas, las figuras de Dulcinea del Toboso y la campesina Aldonza Lorenzo. En la novela, a la primera, Don Quijote la convierte en señora de sus pensamientos y la segunda es la campesina en la cual este caballero andante se basó para crear en su imaginación a Dulcinea del Toboso.

**

Las figuras centrales del Monumento a Cervantes. Foto Gustavo Núñez Valero.
Las figuras centrales del Monumento a Cervantes. Foto Gustavo Núñez Valero.

¿Por qué ante el repentino hallazgo del monumento de Cervantes en la plaza España de Madrid se conmovió mi ánimo? ¿Por qué ese súbito golpe de vista a las esculturas de Don Quijote y Sancho Panza hizo temblar mi cuerpo y humedecer mis ojos? ¿Por qué esos personajes de ficción me impresionaron tanto? ¿Por qué a la figura de Don Quijote la miré con reserva? ¿Acaso creí que podría tener un arrebato de locura, confundirme con un personaje malvado y atacarme? ¿Por qué me acerqué más a la escultura del escudero y le dije con voz queda y espíritu apacible: ¿hola, Sancho? 

¿Está bien idolatrar un libro que, aunque clásico, no deja de ser fruto de la imaginación y la fantasía? Todos estos interrogantes me han estado rondando en la cabeza desde aquella visita. Aunque algunos me surgieron allí mismo, no intenté responderlos de inmediato. Solo me limité a disfrutar el instante que estaba viviendo y que sabía, sería irrepetible.

**

No puedo negar que las cuatro o cinco veces que he leído El Quijote de la Mancha lo he disfrutado a plenitud. Las reacciones siempre han sido distintas. En mi infancia y adolescencia lo gocé y reaccioné a carcajada plena. En mi juventud, e inclusive entrado en la edad adulta, lo tomé como fuente de sabiduría. Ya en la madurez me hizo reflexionar y activó alarmas sobre mis sueños no cumplidos. De todas maneras, al leer y releer este libro he encontrado respuestas a comportamientos humanos, me he identificado en el actuar de personajes allí involucrados, he reconocido lucidez y sabiduría de su autor, pero, por sobre todo, he extractado y encarnado en mí valores humanos allí consignados. Además, en Don Quijote de la Mancha he encontrado explicación a la cultura a la que pertenezco.

En fin, haber cumplido el anhelo que nació escuchando un artículo periodístico de Eduardo Caballero Calderón hace 50 años me convenció de que en mí hay algo de Don Quijote y, sin duda, mucho de Sancho Panza.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 29 de diciembre de 2024 · 8:00 a. m.

Las más leídas

Pico y placa Tunja
Domingo, 11 de octubre de 2026
Tunja
No aplica
Fin de semana
Lun. 12 de octubre
No aplica
Festivo
Pico y placa Bogotá
Domingo, 11 de octubre de 2026
Bogotá
No aplica
Fin de semana
Lun. 12 de octubre
No aplica
Festivo
PAUTE AQUÍ - WhatsApp 322 817 2265