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Un viaje para no olvidar – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas

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En la noche del 17 de octubre de 1981 un fuerte remezón me despertó. Dormía en una habitación del Centro de Salud de Cubará. La cama se bamboleó. Los muebles chocaron entre sí. La edificación crujió. Un rugido, que parecía provenir del interior de la tierra, retumbó en mis oídos. Gritos de terror de quienes se encontraban en las habitaciones contiguas evidenciaron el pánico del momento. 

Quise salir corriendo de allí, pero al instante escuché la voz de mi compañero de cuarto, el médico Francisco Suescún Pedraza, quien, en medio de la desesperación, me dijo:

—No se baje de la cama. Espere que prenda la linterna. No se baje, no se baje.

Él, una hora antes, al momento de acostarnos, me había advertido:

—Gustavo, si necesita bajarse de la cama avíseme para prender la linterna. Aquí de noche las serpientes entran a las habitaciones y si pone el píe en el baldosín o pisa una, lo atacan y son venenosas. Además, tenga cuidado porque pueden estar enroscadas en los zapatos.

Los gritos desde afuera no cesaban. Mi desespero por no poder saltar de la cama me invadía. El médico Suescún, iracundo, decía:

—¡Carajo! No encuentro la linterna. ¿Ahora qué se me hizo?

En medio de la oscuridad y el espanto, de pronto, la linterna iluminó el lugar. Suescún dirigió el haz de luz hacia el piso y aparecieron dos serpientes que veloces zigzagueaban hacia la puerta.

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El día de aquel susto pavoroso me encontraba en ese lejano municipio porque cubría periodísticamente la visita que realizaba  el gobernador de Boyacá, Heraclio Fernández Sandoval. Lo acompañaba una comitiva integrada por el comandante del departamento de Policía Boyacá, coronel Miguel Alfredo Acero Lozano; el secretario de salud, Francisco Suescún Pedraza; el secretario privado de la Gobernación, Fernando Sandoval Rodríguez; el director seccional de la Defensa Civil, coronel retirado Guillermo Plazas Olarte; el director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar de Boyacá, médico Mario Supelano Ospina, y el director regional de la Cruz Roja, coronel retirado Elberto Rodríguez Pinzón.

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Antes de ser municipio, Cubará fue corregimiento de Güicán.

Desde 1960 el gobierno de Boyacá estableció soberanía allí designando un inspector de Policía. 

Los primeros habitantes del casco urbano y de la zona rural fueron campesinos provenientes de Boyacá, los Santanderes, Arauca, Tolima y Valle del Cauca, atraídos por la exuberancia forestal de esta región, ubicada en el pie de monte llanero, cabecera de la Orinoquía Colombiana. Ellos se dedicaron a explotar la riqueza maderera. Grandes bosques fueron talados, primero con hacha y machete y luego con sierras y otras herramientas más sofisticadas.

A ese naciente poblado la Prefectura Apostólica de Arauca lo erigió en parroquia y designó como su primer titular al sacerdote Julián Cordero, oriundo de Chita.

El 2 de junio de 1962, siendo gobernador de Boyacá Octavio Rosselli Quijano, fue suscrita, ante la Notaria Principal del Circuito de Tunja, Beatriz Cárdenas  Acosta, el acta de fundación de Cubará, siendo testigos instrumentales el Contralor General de Boyacá, Jorge Hurtado Pinzón y el secretario de Hacienda encargado, Crisóstomo Peña. El documento lo suscribieron también, entre otros, Gabriel Camargo Pérez, miembro de la Academia Boyacense de Historia y Héctor Rusinque, profesor de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.

Antes de la firma del acta, el 20 de mayo de ese año, el gobernador de Boyacá, Octavio Rosselli Quijano, había presidido una ceremonia oficial de fundación en la plaza de Cubará, ante unos 300 pobladores.

El templo parroquial comenzó a ser levantado en 1963 con recursos provenientes de actividades como reinados comunitarios y bazares. Los hermanos Gonzalo y Marcos Dávila, reconocidos maestros de obra, fueron contratados para iniciar la construcción.

El cuatro de diciembre de 1965, el Gobernador de Boyacá Tulio Jiménez Barriga, sancionó en Tunja la ordenanza de creación del municipio y al día siguiente el capitán de aviación, retirado, José Abraham Cotrino Ramírez, inició la señalización de las calles del municipio.

Iglesia de Cubará, 1973. Foto Egidio Pabón Jáuregui.
Iglesia de Cubará, 1973. Foto Egidio Pabón Jáuregui.

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Cubará está situada detrás de la Sierra Nevada de Güicán. Tiene una extensión de 1 166 kilómetros cuadrados, nueve veces más grande que la de Tunja y seis más que la de Sogamoso. Limita, por el norte, con las poblaciones nortesantandereanas de  Chitagá y Toledo, al igual que con la municipalidad venezolana de Páez, perteneciente al estado de Apure; por el occidente, con la jurisdicción de Concepción, Santander; por el oriente, con las localidades araucanas de Saravena y Fortul, y por el sur, con los municipios boyacenses de Chiscas y Güicán.

No hay comunicación terrestre a través de Boyacá entre Tunja y Cubará. En aquel momento para realizar este recorrido se debía salir de Boyacá, entrar a territorio de Santander, pasar a Norte de Santander e ingresar nuevamente a Boyacá.

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La decisión del Gobernador de visitar Cubará se produjo luego de una serie de publicaciones que se realizaron en el diario El Espectador, del cual yo era corresponsal en Tunja.

El 15 de agosto de 1981 planteé la situación de abandono de Cubará, en una nota periodística bajo el título:  “Cubará desaparecerá”. Hubo reacciones del gobierno departamental; varios funcionarios informaron sobre las acciones que estaban realizando para mejorar en aquel municipio la prestación de los servicios de salud, educación y obras públicas.

El 19 de agosto publiqué una noticia titulada: “El Gobernador de Boyacá hará visita de inspección a Cubará”. 

El 23 de agosto, en el editorial de la Página de Boyacá de El Espectador, el periodista Héctor Muñoz Bustamante escribió: “Si no se actúa con prontitud Cubará va a desaparecer. Sus habitantes desesperados ante la carencia de los más elementales servicios se han marchado hacia localidades pertenecientes a departamentos vecinos. Boyacá no ha sido capaz de garantizar las condiciones mínimas para sobrevivir. Políticos y gobernantes solo se acuerdan de Cubará en época preelectoral”.

A comienzos de octubre el Gobernador señaló como fecha de su visita el 17 de ese mes. El 16 revelé, en la Página de Boyacá, detalles de la visita y divulgué el anuncio de la entrega de una ambulancia al Centro de Salud.

Iglesia de Cubará, 1973. Foto Egidio Pabón Jáuregui.
Iglesia de Cubará, 1973. Foto Egidio Pabón Jáuregui.

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Cuando el Gobernador me invitó a acompañarlo, lo primero que hice fue comunicarme con el jefe de corresponsales de El Espectador. Él trasladó la inquietud a los directivos del periódico. Sin dificultades fue autorizado mi desplazamiento.

Saber que viajaría a Cubará me produjo una sensación placentera porque así podría contrastar con la realidad la idea que me había formado de ese municipio durante los dos años que estudié en el Seminario Misional La Milagrosa de Chita. Me entusiasmaba poder ver directamente el río Cobaría y tener la posibilidad de ir a la misión de El Chuscal, en plena Tunebia, a pocos kilómetros del perímetro urbano.

Chita eclesiásticamente pertenecía a la Prefectura Apostólica de Arauca, la cual era regentada por la comunidad de Misioneros Javerianos de Yarumal. El obispo y todos los sacerdotes pertenecían a esta congregación religiosa. El Seminario de Chita era el establecimiento donde se formaban quienes, como sacerdotes, irían a trabajar en esa jurisdicción.

Entre los jóvenes de Cubará que estudiaban en Chita recuerdo a Egidio Pabón Jáuregui, Jorge Acevedo Quintero y Carlos Arturo García Ramón. A los tres les escuché relatos de sucesos ocurridos en esa localidad, lo mismo que la descripción de los paisajes del pueblo y de sus alrededores.

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El desplazamiento del Gobernador y sus acompañantes se hizo en un pequeño avión contratado por la gobernación.

A las siete de la mañana del 17 de octubre, el aeroplano partió de Paipa. La primera parada se produjo en Yopal, donde el ex intendente de Casanare, Getulio Vargas Barón ofreció al Gobernador de Boyacá y a sus acompañantes un desayuno en su residencia. Allí, junto con su esposa, atendió con largueza a la delegación boyacense.

Getulio Vargas, quien fue un destacado líder político y escritor de temas llaneros, aprovechó la ocasión para proponerle al gobernador Fernández Sandoval la construcción de una planta productora de licores, de propiedad de Boyacá, en Casanare, con el objeto de sentar las bases para la industria de licores de esta sección del país.

De vuelta en el avión, se inició la etapa final del vuelo a Cubará.

A eso de las 10 de la mañana sobrevolamos las sabanas casanareña y araucana.  El sol pleno y el firmamento azul le dieron un toque de majestuosidad al paisaje. Abajo, los ríos, hatos  y cultivos de arroz se veían como un enorme y multicolor tapiz.

Los ocupantes del pequeño avión, teniendo la sensación de estar suspendidos en el aire, tuvimos la oportunidad de observar los destrozos que habían causado recientemente los desbordamientos de varios ríos. Potreros inundados, cercas caídas y cultivos arrasados estuvieron por varios minutos ante nuestros ojos.

Luego, con deleite, disfrutamos de la belleza del nevado de El Cocuy. Ninguno de los pasajeros fuimos ajenos a este singular espectáculo. Nos volcamos hacia las ventanillas para apreciar tan prodigiosa belleza natural, que en ese momento se encontraba en todo su esplendor. Era una capa blanca, brillante e inmensa la que se posaba sobre el agreste relieve de aquella zona boyacense.

Hacia las diez y media de la mañana, desde el aire, vimos  el pequeño poblado de Cubará flanqueado por el río Cobaría y prácticamente atravesado por la carretera que une a Pamplona con la población araucana de Saravena. Minutos más tarde aterrizamos en un potrero, adaptado como pista aérea, perteneciente al corregimiento de Gibraltar.

Las autoridades, encabezadas por el alcalde y los líderes locales estuvieron allí presentes.

Mausoleo donde reposaban los restos de monseñor Luis Eduardo García en la antigua misión de El Chuscal, Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.
Mausoleo donde reposaban los restos de monseñor Luis Eduardo García en la antigua misión de El Chuscal, Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.

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Mientras el Gobernador y los demás funcionarios asistían a varios actos, entre estos la entrega de la ambulancia, decidí realizar un recorrido por el poblado.

Primero me acompañó un personaje interesante que vivía allí. Se llamaba Américo Quiñones. Le decían “El Negro Quiñones”. Él realizaba diversas actividades, unas comerciales y otras artísticas. Me llevó a su casa y me mostró unas raíces de árboles que  adecuaba como elementos ornamentales y unas tortugas que criaba. También me puso en contacto con comerciantes y pequeños emprendedores que procesaban productos de la zona.

Después, por sugerencia del director regional de la Defensa Civil, me acompañó un líder local.

Calles sin pavimentar, muchas casas de madera y pocas de material, un parque en construcción, una iglesia de arquitectura sencilla y  locales comerciales fue lo que pude observar.

En medio de un silencio interrumpido por el sonido de la música que provenía de radios de algunas residencias, mi nuevo guía me presentó pobladores de allí, algunos de los cuales tenían talleres artesanales donde procesaban productos de la región del Sarare, ante todo seje, fique, madera y café.

Durante mi recorrido por las calles de Cubará percibí un ambiente de preocupación con respecto al orden público.

—La situación es tensa. Aquí a todo el mundo se le acusa de ser miembro de las FARC, motivo por el cual existe un clima de zozobra que cada día se vuelve más preocupante —me dijo un dirigente cívico.

A su turno, dos mujeres, Flor María Peña y Mercedes Pabón, me informaron de la desaparición, desde hacía un mes, de sus esposos, José Arturo Esquivel y Rómulo Jiménez, respectivamente.

Otra queja que escuché fue sobre la invasión de terreno boyacense por parte de Norte de Santander.

—A pesar de que el Instituto Geográfico Agustín Codazzi ya fijó los límites de Cubará, consignados en la ordenanza 44 de 1978, sancionada por el gobernador de Boyacá Jorge Perico Cárdenas, nos siguen invadiendo —precisó un concejal.

A eso de las doce del día, al pasar frente al templo parroquial, situado en una de las esquinas del insipiente parque, vi, acompañado de dos personas más, a un sacerdote que lucía sotana negra. Al acercarme lo identifiqué: era el padre Jacinto Morales. Lo conocía porque durante mi paso por el seminario de Chita se desempeñaba como asesor espiritual y profesor de la asignatura de religión. Era oriundo del municipio boyacense de San Eduardo. De tez morena, regordete, gafas de marco dorado, con calvicie avanzada. En ese momento era el párroco de Cubará.

Me alegré de verlo porque en Chita era el encargado de distribuir el periódico El Campesino y a mí me encomendaba la tarea de venderlo los jueves en la tarde en la plaza de mercado. Me encantaba realizar esa labor porque era una oportunidad de salir del Seminario ya que de las instalaciones de este ningún interno podía retirarse, a menos que fuera en comunidad o con un permiso especial para adelantar una tarea específica. 

Lo saludé entusiasmado, pero me estrellé con su frialdad. Esbozó una sutil sonrisa y musitó:

—Buenas tardes ¿cómo está?

Me perturbó su actitud. Seguí hablándole. No obstante, las únicas respuestas que obtuve fueron monosílabos. Después de tres o cuatro minutos opté por despedirme.

A quien me acompañaba le expresé mi frustración por ese desagradable episodio. No profundizó mucho al respecto. Lo único que me dijo fue:

—Mire, aquí todo es complicado. Lo que hacemos lo vigilan tanto el ejército como la guerrilla y uno debe actuar con cautela. El padre siempre se porta así con quienes no viven por estos lados.

A propósito de ese ambiente de orden público tan pesado, el guía me llevó hasta una calle donde semanas atrás dos jóvenes, presumiblemente de la guerrilla, habían atacado a dos policías, produciéndole la muerte a uno de ellos y llevándose el armamento de dotación oficial de los dos que en ese momento jugaban billar.

Instalaciones totalmente restauradas de la antigua misión de El Chuscal, donde ahora funciona un centro etnoeducativo, dependiente del Colegio Pablo VI de Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.
Instalaciones totalmente restauradas de la antigua misión de El Chuscal, donde ahora funciona un centro etnoeducativo, dependiente del Colegio Pablo VI de Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.

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Después del almuerzo, el Gobernador y sus acompañantes salimos en varios vehículos con destino a la misión de El Chuscal. Transitamos por una carretera destapada, angosta y bien conservada en medio de una vegetación espesa. Llevábamos casi una hora de recorrido cuando la caravana se detuvo.

—Llegamos —dijo un funcionario de la alcaldía.

Nos apeamos de los vehículos. Estos fueron estacionados a la orilla del caudaloso río Cobaría, que impetuoso apareció frente a nosotros. Para llegar a la misión de El Chuscal debíamos pasar un larguísimo puente colgante y luego cubrir un corto trayecto a pie.

Allí me dijeron que el puente tenía una longitud de 250 metros y que estaba a unos 10 metros sobre el nivel de las aguas.

Para mí, el paso por ese puente fue traumático. Cuando comencé a transitarlo sopló un fuerte viento que lo hizo mecer con brusquedad. Casi pierdo el equilibrio. Ver el agitado caudal de las aguas y escuchar su escandaloso ruido, me generó temor. Estuve a punto de sufrir un desvanecimiento. Me esforcé para serenarme, respiré profundo, me apoyé en una las sogas de soporte lateral del puente y avancé con pasos lentos, mirando siempre hacia adelante.

La sede de la misión era una enorme edificación de madera de dos pisos. Había salas de reuniones, consultorios médicos, salones de clase, una capilla, dos patios y por lo menos 30 habitaciones, correspondientes a dos secciones: una para hombres y otra para mujeres.

Un sacerdote de allí me comentó que en la construcción de esta edificación habían participado por lo menos 300 indígenas.

Al frente de la edificación se desplegaba una amplia zona verde, en una de cuyas esquinas se encontraba un mausoleo rectangular donde reposaban los restos de monseñor Luis Eduardo García, promotor de este centro de atención indígena.

A monseñor García lo conocí durante mi estadía en el Seminario de Chita. Era un hombre alto, fornido, de ascendencia afroamericana, rostro redondo, mirada penetrante. Visitaba por lo menos una vez al año aquel plantel. En la semana santa de 1967 lo saludé; me incliné ante él con reverencia y le besé el anillo apostólico, siguiendo las instrucciones impartidas por el padre rector. Me preguntó mi procedencia, la ocupación de mis padres y mis gustos personales. Sobre esto último le respondí que me encantaba leer. En la siguiente visita, tal vez un año después, luego de besarle el anillo y decirle: buenos días monseñor, me preguntó: “Qué libros ha leído últimamente?” Entendí, entonces, que se acordaba de mí.

Detrás de esa gigantesca estructura de madera había  varias chozas, de paredes de caña y techos de paja, utilizadas por los indígenas para cumplir la costumbre de pasar varios días antes de regresar a su territorio ancestral, luego de haber acudido allí por motivos de salud o para recibir algún tipo de instrucción o aprendizaje.

—Es como un periodo de purificación o descontaminación el que ellos pasan en estas chozas —me explicó una monja de la misión.

Ese día hubo mucho movimiento en aquellas instalaciones. Algunos sacerdotes y religiosas, al tiempo que adelantaban diversas labores, atendían a la comitiva del Gobernador.

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En aquel momento el nombre con el cual se conocía a los indígenas que habitaban el extremo norte de Boyacá y el pie de monte llanero era el de Tunebos. Después se generalizó la denominación de indígenas U´wa, nombre de esta tribu en su propio lenguaje y que significa: “gente inteligente que sabe hablar”.

La población Tuneba o U´wa es de baja estatura, cara ancha, pómulos altos, piel canela, ojos color café oscuro y cabello lacio y negro. 

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A las cinco de la tarde, el alcalde indicó que debíamos regresar al municipio antes de que cayera la noche, pues por los problemas de orden público que existían en la zona era necesario tomar algunas medidas de seguridad.

Al pasar de nuevo por el puente, no sufrí tanto. La estructura ya no se meció. La intensidad del viento había disminuido.

Una vez puse los pies en tierra firme, volví mi vista y permanecí algunos minutos detallando el puente. No me quedó duda de que era una obra admirable de ingeniería. Pensé en el gran servicio que este le prestaba a la comunidad de la región y admiré el ingenio de quienes lo habían diseñado y construido.

Ya cuando, en compañía del resto de la comitiva me dirigía al sitio donde estaban estacionados los vehículos, una monja que nos acompañaba dijo:

—Miren, allá viene el padre Abraham Builes. Él fue quien diseño y construyó este puente. También ha elaborado otros de este tipo en el territorio indígena, eso si no tan largos como este.

A unos cien metros, atravesando un potrero venían caminando tres personas. Una de ellas, de sotana blanca, sombrero gris y una mochila de fique terciada sobre su hombro caminaba agachado y con pasos cortos. Era el padre Builes. 

El Gobernador y quienes estábamos allí nos acercamos a saludar al sacerdote. Habló con voz baja y cansada. Dijo que se alegraba de la visita y que esperaba que el gobierno no se olvidara de la población indígena.

A ese puente lo destruyó, años más tarde, una creciente del río Cobaría. Lo destrozó totalmente. Poco tiempo después fue construido, metros arriba, un nuevo puente, esta vez de 400 metros de largo, 17 metros sobre el nivel de las aguas y mallas laterales de protección.

Al casco urbano de Cubará llegamos pasadas las seis de la tarde. Ya comenzaba a oscurecer. Nos invitaron a cenar.  Después el Gobernador se reunió con dirigentes locales para analizar la problemática en todos los órdenes. A las 10 de la noche apagaron la planta eléctrica y el pueblo quedó a oscuras. Con luz de linternas y lámparas de gasolina nos dirigimos a los lugares que nos habían asignado para dormir.

Chozas de los u´wa en Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.
Chozas de los u´wa en Cubará. Foto Egidio Pabón Jáuregui.

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Dado que Cubará, en ese momento, era una población de escasos habitantes y hacía tan solo 16 años había sido fundada, no tenía hoteles. En consecuencia, los visitantes fuimos hospedados en distintos lugares. Al Gobernador y al comandante de policía los alojaron en una residencia amplia y cómoda, al director de la Defensa Civil  lo acogió en su casa un integrante local de esa organización y a los demás visitantes nos ubicaron en el  Centro de Salud, que ese día, por fortuna, no tenía enfermos hospitalizados.

Con Francisco Suescún entré a la habitación. Me advirtió sobre las precauciones que debía tener. El sueño nos dominó. Lo siguiente que recuerdo fue el fuerte sacudón que se sintió.

Esa noche del 17 de octubre de 1981, a las 11 y 30, un sismo de magnitud 7 en la escala Mercalli dejó cuatro muertos en el oriente de Colombia y 6 en el occidente de Venezuela. El epicentro se registró en un corregimiento ubicado entre Cúcuta y el municipio de Rubio en el estado venezolano del Táchira.

Varias veces había sentido temblar, pero nunca con la intensidad de ese día.

Al observar que por el piso de nuestra habitación se deslizaban varias serpientes, el médico Suescún y yo optamos por permanecer en la pieza. No hubo réplicas. Al día siguiente, durante el desayuno, todos se refirieron al sobresalto enfrentado. Unos lo hicieron con dramatismo, otros con rigor narrativo y, no pocos, con humor y desparpajo.

—Bueno, en medio del susto de anoche tuve el honor de ver a Marito Supelano en calzoncillos saliendo despavorido a la calle —dijo en medio de risas el secretario Privado del Gobernador, Fernando Sandoval Rodríguez.

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Después del desayuno el Gobernador visitó las instalaciones del Colegio de Bachillerato Pablo VI. Allí uno de sus profesores era Egidio Pabón Jauregui, quien había sido compañero mío de estudios en el Seminario de Chita. Ese reencuentro fue grato y placentero. Disfrutamos mutuamente de aquel momento y tuvimos tiempo para recordar vivencias de 13 años atrás. En seguida las autoridades locales nos llevaron en carro a una escuela rural.

—Los árboles que se ven allá al otro lado del río ya están en territorio venezolano —explicó uno de los docentes de aquella escuela.

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Para las 11 de la mañana estaba previsto el viaje de regreso a Paipa. Nos dirigimos al improvisado aeropuerto. El avión demoró tres horas en llegar. Esa espera fue inquietante porque no se disponía de servicio de teléfono o radio teléfono para averiguar la causa del retraso. El Gobernador, cuando ya se iban a cumplir dos horas de retardo comenzó a contemplar la posibilidad de organizar el regreso a Tunja por carretera, opción que a mí me alarmó pues dicho trayecto se cubría en dos o tres días y yo  ese mismo domingo debía estar en Tunja enviando material a Bogotá para la edición del día lunes.

La espera la aproveché para hablar con el alcalde y otros dirigentes locales sobre Cubará.

El gobernador Jorge Perico Cárdenas con dirigentes de Cubará durante su visita a ese municipio en 1979. De izquierda a derecha: Uberto Castro, diputado Mejía, padre Arnulfo Arango, Campos Alberto Puentes Núñez, Jorge Perico Cárdenas, Manuel Mogollón Corso, Balbino Suárez, Helisaín Pulido, Marcelino Buitrago. Foto Hernando Torres, Oficina de Prensa Gobernación de Boyacá 1979.
El gobernador Jorge Perico Cárdenas con dirigentes de Cubará durante su visita a ese municipio en 1979. De izquierda a derecha: Uberto Castro, diputado Mejía, padre Arnulfo Arango, Campos Alberto Puentes Núñez, Jorge Perico Cárdenas, Manuel Mogollón Corso, Balbino Suárez, Helisaín Pulido, Marcelino Buitrago. Foto Hernando Torres, Oficina de Prensa Gobernación de Boyacá 1979.

El alcalde, Noel Rodríguez Espitia, era un hombre de estatura regular, robusto, muy activo, oriundo del municipio de Berbeo. Llegó a Cubará a finales de la década de los 60 con su esposa y sus hijos, procedente de los llanos de Casanare, a donde había emigrado 10 años antes a consecuencia de la violencia política que golpeaba la provincia de Lengupá en Boyacá. En Cubará se instaló en la zona de Bojabá, en donde comenzó a trabajar en la actividad maderera. Luego adquirió una finca, sembró productos de la región, compró ganado y fue consolidando su hato. Sin que él lo solicitara, la gobernación de Boyacá lo nombró primer inspector de Policía de Bojabá. Después fue designado alcalde.

Durante la visita del Gobernador lo vi diligente. Siempre estuvo dispuesto a evitar que se nos presentaran inconvenientes. Me insistió en la problemática de orden público. Para él ese factor era un problema que afectaba el bienestar de las gentes de su jurisdicción.

Por fin, ya cuando iban a ser las dos de la tarde, alguien dijo:

—Silencio, silencio. Me parece escuchar el motor de un avión.

Hicimos silencio y, en efecto, percibimos el sonido característico de los aeroplanos. El ánimo de todos se reconfortó. A los pocos minutos divisamos el aparato y, finalmente, lo vimos aterrizar.

Luego de despedirnos de las autoridades y de quienes habían acudido a acompañarnos, abordamos la avioneta. El único que no regresó en ese vuelo fue el director departamental de la Defensa Civil, coronel retirado Guillermo Plazas Olarte, quien tenía programado realizar, durante la semana siguiente, una jornada de capacitación para un grupo de nuevos integrantes de aquella organización.

El despegue se produjo sin contratiempos. Unos 15 minutos después aterrizamos en Saravena. Allí el aparato fue reaprovisionado de combustible. Los integrantes de la delegación boyacense aprovechamos para almorzar y sentir el calor y la brisa de esa zona araucana.

A eso de las cuatro de la tarde aterrizamos en el aeropuerto de Paipa. A las cinco, ya estábamos en Tunja.

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A las tres de la tarde del martes 20 de octubre de 1981 me encontraba laborando en la oficina de la corresponsalía de El Espectador de Tunja. De pronto recibí una llamada telefónica. Era el coronel retirado Guillermo Plazas Olarte que se estaba comunicando desde Cubará. Al comienzo no lo escuchaba bien. Había interferencias técnicas. No obstante, le entendí con claridad cuando me dijo:

—Mi querido periodista, le cuento que ayer el ejército detuvo al alcalde de Cubará.

Esa revelación la recibí como un baldado de agua fría. Comencé a investigar en varias fuentes para elaborar la noticia. Esta fue publicada el día siguiente en El Espectador,  a dos columnas, encabezando la página 11, bajo el título: “Detenido alcalde de Cubará sindicado de pertenecer a las FARC”.  En los dos primeros párrafos se leía: “Unidades de la Séptima Brigada capturaron al alcalde del municipio boyacense de Cubará, Noel Rodríguez, acusándolo de pertenecer a las autodenominadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

“La detención se produjo 24 horas después de haber concluido una visita practicada por el gobernador de Boyacá, Heraclio Fernández Sandoval y el comandante del Departamento de Policía Boyacá, coronel Miguel Alfredo Acero Lozano, a esa población”.

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Puente hamaca de El Chuscal, Cubará. Foto tomada del libro "Boyacá Bicentenario.Aquí nació la república", 2019.
Puente hamaca de El Chuscal, Cubará. Foto tomada del libro «Boyacá Bicentenario.Aquí nació la república», 2019.

A partir de 1999, año en el cual se produjo el reconocimiento jurídico del Resguardo Unido U´wa, se inició, por parte de esa comunidad, asentada en territorio perteneciente a los departamentos de Santander, Norte de Santander, Boyacá, Arauca y Casanare  un proceso de empoderamiento de su territorio y afianzamiento de su cultura. Por eso en el año 2004 los sacerdotes misioneros de Yarumal y las hermanas Teresitas debieron entregar la edificación donde funcionó por 48 años la misión de El Chuscal y salir de allí. Sus congregaciones los reubicaron en diferentes partes del país.  El padre Abraham de Jesús Builes, quien vivía allí desde 1956, fue llevado por sus familiares a la población de Santo Domingo, Antioquia, donde falleció en el 2009. Los restos de monseñor Luis Eduardo García fueron exhumados; una hermana suya los reclamó y los llevó para Abriaquí, Antioquia, su pueblo natal.

Esa vieja e imponente edificación fue restaurada con recursos del gobierno departamental y ahora funciona allí un centro educativo bajo la tutela de la comunidad U’wa. Para ir se debe pedir autorización a los dirigentes de la reserva indígena y pagar un peaje en un retén instalado cerca del perímetro urbano de Cubará.

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Sobre la suerte que corrió el entonces alcalde de Cubará, Noel Rodríguez Espitia, su hijo José Noel Rodríguez Gutiérrez, quien actualmente vive en Cubará y es un reconocido escultor, ha relatado que su padre una vez detenido junto con varios habitantes de aquel municipio, fue conducido a Saravena y luego a Yopal, en donde permaneció recluido ocho meses.

—Mi papá y los demás detenidos no tenían nada que ver con la organización subversiva, sin embargo, se acogieron a una amnistía. Imagínese, siendo inocentes tuvieron que aceptar cargos porque era la forma más rápida de recobrar la libertad.

El exalcalde Noel al salir de la cárcel le dijo a su esposa y a sus hijos:

—Esto se puso caliente, nos vamos ya de aquí.

De inmediato vendió la finca y viajó, con toda su familia, a Berbeo, su pueblo natal. Allá se dedicó a la ganadería y a la agricultura. Veinte años después, cuando  la situación de orden público cambió en la mayor parte del país, se volvió con su esposa a Cubará. Compró una finca contigua a la que antes era de su propiedad, comenzó a cultivar productos de la región y montó un hato. Su hijo José Noel, que había seguido viviendo en Berbeo, regresó a  Cubará poco tiempo después.

Los negocios de Noel y de su familia prosperaron de nuevo. El primero de mayo de 2019 falleció su esposa, Carmen Elisa Gutiérrez. El cinco de octubre de 2022 murió él, a los 83 años.

—Los dos viejitos están enterrados en el cementerio de Cubará —dice abrumado el escultor José Noel Rodríguez Gutiérrez.

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Al leer informaciones, ver fotografías y videos de la Cubará actual concluyo que esta en nada se parece a la que conocí hace 43 años. Hoy la mayor parte de las calles están pavimentadas, el parque se encuentra terminado, no hay casas de madera, el Centro de Salud se transformó en Hospital, el Colegio ya no tiene 150 alumnos sino más de mil, el servicio de luz es permanente, el acueducto y el alcantarillado tienen cobertura total en el perímetro urbano y de los cuatro mil habitantes de 1981 se ha pasado a cerca de 11 mil, según lo revela el Sisbén.

Según Édgar Osorio, quien ha sido alcalde por elección popular en dos periodos, el crecimiento en número de habitantes de Cubará se ha debido a los siguientes factores: primero, al descubrimiento de los pozos petroleros en Arauca y la consecuente construcción del oleoducto Caño Limón-Coveñas; segundo, al surgimiento de grupos subversivos en Arauca que generaron un desplazamiento de poblaciones como Arauca, Tame y Arauquita a Cubará que —dice con firmeza— ha sido considerado como remanso de paz, y, tercero, al éxodo de venezolanos de su patria, que se registra desde hace unos 20 años; este allí se facilita, pues Cubará tiene 12 kilómetros de frontera.

En cuanto al desarrollo logrado, Osorio lo atribuye al trabajo tesonero y al espíritu decidido de la comunidad,  de líderes sociales y  alcaldes que han reclamado de los gobiernos departamental y nacional la ejecución de obras y asignación de dineros para mejorar el nivel de vida de las gentes allí asentadas.

—En 1989 durante mi primer periodo como alcalde por elección popular declaré por radio a nivel nacional que, dado el abandono en que se encontraba Cubará por parte de Boyacá, se estaba buscando lograr su anexión a otro departamento. El Gobernador de Boyacá de ese entonces se puso furioso conmigo, pero a partir de ahí en Tunja comenzaron a tener más en cuenta a Cubará, a ejecutar obras y a desarrollar programas de beneficio comunitario.

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Ir de Tunja a Cubará ya no es tan dispendioso como antes. Ese recorrido se puede hacer todo por carretera pavimentada vía Tunja-Sogamoso-Pajarito-Yopal y Saravena. De hecho, ahora hay una línea diaria de bus que cubre ese trayecto.

Lo que si continúa como antes es la incomunicación entre Güicán y Cubará.

—La construcción de la carretera entre Güicán y Cubará en algún momento se emprendió, pero debió suspenderse por lo escarpado de la zona. Sin embargo, este es un proyecto que muy seguramente ya no se va a hacer realidad por dos situaciones. La más compleja es que atravesaría todo el resguardo indígena U’wa y en esto es claro que los indígenas han sido muy celosos, pues quieren la independencia de su nación U’wa y no permiten que su territorio sea intervenido. De otra parte, el Gobierno Nacional desde hace más de 20 años, primero a través del INCORA y luego del INCODER, ha emitido resoluciones para proteger toda esa zona —asegura el exalcalde Osorio.

En consecuencia,  quienes deseen cubrir la ruta Güicán-Cubará o viceversa, deberán hacerlo a pie o a lomo de mula durante, por lo menos, cuatro días consecutivos.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 28 de abril de 2024 · 8:00 a. m.

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