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El dominico que se enamoró de Tunja

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“Florencia la renacentista es más antigua que Tunja la colonial. Pero la gloria de Florencia no se ocultó con los siglos, ni con el desarrollo moderno, ni con la implantación de la nueva ciudad. Tunja, al contrario, está cansada de ser antigua siendo tan joven en la lontananza de los siglos”. Esta curiosa comparación aparece en una carta que el padre dominico Reinaldo Sánchez me envió, con fecha 10 de febrero de 1981, desde la capital del renacimiento italiano. La puya que subyace tras ese paralelo es, a no dudarlo, un jalón de orejas para quienes habitamos la capital boyacense.

A Fray Reinaldo Sánchez comencé a tratarlo de cerca en 1977. En mi condición de jefe de redacción del Diario El Oriente debí acudir a él para que, como supervisor de los trabajos de restauración del templo de Santo Domingo de Tunja, que por entonces adelantaba Colcultura, me informara cuál era la posición de la Comunidad Dominicana frente al retraso de estos. Tenía referencia de él porque lo había visto en el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá y sabía que elaboraba las plumillas para los programas de los conciertos de la Semana Internacional de la Cultura y, además,  conformaba los jurados de las exposiciones de pintura que se realizaban en el marco de ese certamen. Ahí me enteré de que era un experto en arte.

A él, desde un comienzo, lo sentí jovial, servicial, transparente en su actuar, dispuesto siempre a colaborar, entregado a su misión sacerdotal. Emanaba un carisma impactante. Pronto se convirtió en mi amigo, mi confidente, e inclusive, mi confesor. Cuando una tarde de mediados de 1980 me dijo que su Comunidad había decidido enviarlo a Florencia, Italia, a cursar estudios de arte, experimenté el dolor de perder un soporte en mi vida personal y laboral, pero también advertí alegría de saber que iba a cumplir su sueño de estudiar en la capital mundial del arte. A los pocos días partió con destino al viejo continente. 

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A Florencia tuve la oportunidad de viajar en plan turístico en el 2017. Al llegar allí en la mañana del seis de noviembre se me ocurrió creer, con una seguridad categórica, que ese día me iba a encontrar con el padre Reinaldo Sánchez. No lo veía desde hacía 37 años. Tal presentimiento me dominó con la contundencia de un meteorito y actué con porfía toda esa jornada. 

Era lunes. De madrugada había partido de Roma. Por la carretera disfruté el esplendor de la naturaleza de la provincia de Toscana y los colores del otoño. 

Una vez en las calles de Florencia comencé la búsqueda. Escruté los rostros de cuanto hombre veía. Esperé encontrar alguien con los rasgos físicos que recordaba de él. 

Recorrer esa ciudad me reconfortó la vida, me hizo vibrar las fibras sensibles de mi ser. Visité los atractivos turísticos del lugar, vi con mis propios ojos El David de Miguel Ángel y me hice tomar una fotografía al pie de la estatua de Nicolás Maquiavelo.

Mientras apreciaba la belleza de Florencia seguía pendiente del momento ansiado: tener frente a mí al padre Reinaldo para darle un fuerte abrazo y conversar con él todo el tiempo que pudiera. Me preguntaba si ese día llevaría puesto el hábito blanco de los dominicos o estaría vestido de particular. Esta y otras inquietudes similares me avasallaban.

Fuera de la carta que había recibido en 1981 no había vuelto a saber nada de él. Me inquietaba que su físico hubiese cambiado tanto que no lo pudiese reconocer.

Llegó la noche y el milagro que esperaba no se produjo. Con aquel anhelo derrotado y el espíritu entristecido tuve que refugiarme en la habitación del hotel. Muy temprano al día siguiente viajé a Pizza a conocer la famosa torre inclinada.

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Pero ¿por qué los deseos de ver al padre Reinaldo Sánchez desbordaban mi cordura? ¿Por qué ansiaba tenerlo frente a mí? Tal vez sentía la necesidad de agradecerle personalmente todo el apoyo, el respaldo y el afecto que me había brindado en una coyuntura difícil de mi vida como fue la responsabilidad que debí asumir en 1978 al ser designado corresponsal de El Espectador y a los pocos días encargado de la coordinación de la Página de Boyacá, la cual logró una penetración inusitada en el departamento y el país y jugó papel protagónico en la vida diaria de los boyacenses. 

Manejando esa página   me di cuenta de que, de la noche a la mañana, con apenas 24 años, había adquirido un poder en la opinión pública que me superaba. Ahí entró en acción el padre Reinaldo. Él vivía en el convento de Santo Domingo, justo al frente de la casona donde funcionaban las oficinas de El Espectador. 

Cuando el gobernador, un parlamentario, un diputado, un alcalde, un dirigente político o un líder social se iban lanza en ristre contra mí por alguna publicación que había realizado, salía de la oficina, atravesaba la calle, timbraba en la puerta del Convento de Santo Domingo y preguntaba por el padre Reinaldo. Él, presto, acudía a recibirme, me invitaba a tomar café en el comedor de los frailes o me hacía seguir a su habitación. Me escuchaba, analizaba la situación, me expresaba sus opiniones, me daba consejos, me hacía sugerencias y, sobre todo, me infundía ánimos para seguir en la brega. Estos encuentros no solo eran un bálsamo que aliviaba mi estado de ánimo, sino edificantes cátedras para enfrentar la vida con decisión dentro del marco de la observancia de valores y principios. Eran también momentos plácidos e inolvidables porque con la dulzura de su carácter, la suavidad de su voz, la inteligencia de su actuar y la sabiduría acumulada por sus estudios, lecturas y experiencias, prácticamente me hipnotizaba.

No he olvidado su benevolencia y generosidad para conmigo. Con frecuencia me invitaba a almorzar o a tomar onces en el comedor del convento.

Además de tantas bondades que me prodigó,  fue mi maestro de fotografía.

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Durante su permanencia en Tunja el padre Reinaldo Sánchez se compenetró tanto con esta ciudad que llegó a enorgullecerse de su riqueza cultural, de su historia, de la estirpe de sus pobladores y a padecer las angustias locales.  En lenguaje llano: se enamoró de Tunja.

En la carta que me envió en febrero de 1981 manifiesta nostalgia de “aquella querida e inolvidable Tunja que tan gratos recuerdos me ha dejado”. 

Su experiencia en Tunja la expresa así: “En verdad que el poco tiempo que Dios me concedió disfrutar sus serenos y honestos goces no fue en vano. Fue el contacto silencioso con una vida cultural sin aspavientos, con la historia del arte barroco americano, con la sencillez, la melancolía y la cotidianidad de un pueblo, con el trato cariñoso de sus gentes, con el embrujo de sus secretos y el misterio de sus hallazgos y leyendas. Fue una vivencia emocionante a través de acciones culturales en Santo Domingo, en el Cuartel de la Policía, en el Amparo de Niños, en Santa Clara, en el Santuario de El Topo, en la Catedral, en Santa Bárbara, en el Colegio Nueva Granada y en el Colegio de la Presentación; de actividades culturales inmediatas en la restauración del templo de Santo Domingo, en el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá (ICBA), en el Inem Carlos Arturo Torres de Tunja, en la Cámara Junior, en la Corporación Nacional de Turismo y Artesanías, en el Liceo Santo Domingo de Guzmán y en El Espectador, y asistencia religiosa en el Colegio del Rosario y en Benposta. Fue un rapto maravilloso que me transportó al corazón mismo de la ciudad. A ella, con todos sus encantos y amigos rindo testimonio de agradecimiento”.

En seguida hace una relación entre la capital boyacense y la capital de la provincia de Toscana. “Ahora le pido que me permita divagar un poco, con el corazón, entre Florencia y Tunja: Florencia de Italia es como la síntesis del desarrollo del arte en su periodo histórico más importante como Roma es la síntesis de la historia del mundo occidental. Así Tunja y así Boyacá son para nosotros, colombianos, la síntesis no solo de la historia política y social, religiosa y cultural sino también artística e intelectual de la época más importante que hasta ahora haya vivido el país”.

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Una vez me jubilé laboralmente me propuse dar con el paradero del padre Reinaldo Sánchez. En el 2021, navegando en internet, encontré en la página web de la Orden de los Predicadores un artículo bajo el título “Felicidades a Fr. Reinaldo de J. Sánchez, O.P. En el día internacional de arte”, publicado el 15 de abril de 2020 con la firma de fray Carlos Arturo Ortiz Vargas. Allí apareció información relevante sobre su familia, su formación y su trayectoria en la Comunidad Dominicana.

Al ver la foto que ilustraba la nota,  tomada tal vez a comienzos de 2020, tuve que aceptar que así lo hubiera visto en Florencia, en el otoño de 2017, no lo hubiese podido reconocer porque su rostro estaba bastante transformado. Lo recordaba con un semblante risueño, rostro ovalado, una mata de cabello castaño claro, cejas pobladas, ojos azules y profundos, nariz pronunciada y carnosa, labios delgados, mejillas  acentuadas, tez blanca y mentón prominente. En esta foto lo vi con semblante sereno y un poco triste, cabellera blanca y escasa, cejas canosas, mejillas enjutas y surcos marcados en su rostro.

Como entendí que fray Carlos Arturo me podía llevar al padre Reinaldo, inicié su búsqueda. Un periodista de Chiquinquirá, Omar Ricardo Ortiz, me ayudó en esta tarea. Él me suministró el teléfono del padre Calixto Castellanos, director de la Emisora Reina, de propiedad de la Comunidad Dominicana, quien, sin tardanza, me facilitó el número del teléfono móvil del padre Carlos Arturo. Una vez lo contacté, con largueza me suministró información y me hizo llegar por correo electrónico una biografía del padre Reinaldo publicada en el libro Rostros del Centenario, en el cual aparecen los 100 dominicos más destacados en Colombia. El padre Reinaldo fue incluido porque al interior de la Comunidad Dominicana es considerado una figura descollante en el campo del arte.

En la biografía, elaborada por fray Carlos Arturo, se encuentran consignados todos los detalles de la vida del padre Reinaldo.

Su nombre completo es Reinaldo de Jesús Sánchez López. Nació en Manizales el 6 de abril de 1941.  Su padre era oriundo de Neira y su madre, de Manizales. Quedó huérfano de padre a los diez años. De los siete hermanos que tuvo cuatro murieron antes de los seis meses de vida. Desde niño mostró inclinaciones por el arte y la vida religiosa. Estudió bachillerato en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, bajo la rectoría del joven sacerdote Augusto Trujillo Arango, quien luego sería Arzobispo de Tunja. Ingresó a la Comunidad Dominicana con la toma de hábito en el convento Mariano de Chiquinquirá en noviembre de 1960.  Adelantó sus estudios eclesiásticos de filosofía y teología en el Convento de Santo Domingo en Bogotá. Lo ordenó diácono el Papa Paulo VI durante su visita a Bogotá en agosto de 1968 y fue ordenado sacerdote en diciembre de 1969 en Bogotá. Lo asignaron al Convento de San José en Bogotá en 1970. Comenzó su ministerio pastoral en la parroquia de Chiquinquirá de Chapinero. De manera simultánea  ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, en donde se graduó como Maestro en Artes en 1976.

Al terminar su carrera en la Universidad Nacional fue enviado a la Casa de Santo Domingo en Tunja con la misión principal de supervisar los trabajos de restauración del templo de Santo Domingo. Allí fue bibliotecario y luego superior de la misma. 

“En 1980 se desplazó a la ciudad italiana de Florencia en Italia, al Convento de Santo Domingo para continuar sus estudios en Bellas Artes, donde obtuvo el título como Especialista en Arte Sacro-ambiental. En un principio vivió en Carrara y lentamente se fue integrando a la vida de la Provincia Romana de Santa Catalina de Siena, en donde fue síndico y prior del convento de Sopra Minerva en Roma, maestro de estudiantes de la Provincia Romana, director de la Biblioteca Beato Angélico. También estuvo en el Convento de Santo Domingo en Roma”, dice la biografía. 

Su obra artística está representad en plumillas, oleos y esculturas en yeso, mármol y bronce que reposan en los conventos de Santo Domingo en Bogotá y Chiquinquirá, al igual que en las ciudades italianas de Florencia, Carrara, Siena y Roma.

Para mí, la carta que me envió en 1981 es no solo una obra de arte por su hermosa caligrafía, sino una pieza literaria formidable por su contenido poético, al igual que por su propiedad y corrección idiomáticas.  Esta la conservo como una verdadera joya.

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Cuando llamé a fray Carlos Arturo Ortiz y me respondió, experimenté una gran alegría porque creí que me contactaría con el padre Reinaldo y podría telefonearlo y conversar con él. No obstante, quedé devastado al oírle decir: “El padre Reinaldo está en el convento de Chiquinquirá desde finales del 2019. Se encuentra enfermito. Tiene Alzheimer. No conoce a nadie. Solo sabe que su padre se llamaba Juan de Jesús y que él es de Manizales”.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 20 de agosto de 2023 · 8:00 a. m.

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