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Cerca de las siete de la mañana de un día laborable de mediados de 2014, al transitar en dirección norte sur por la acera del costado occidental de la Autopista Norte de Bogotá, a la altura de la calle 146, unos metros antes del puente peatonal de la estación de Transmilenio, vi que en sentido contrario avanzaba, con pasos rápidos, detrás de un perro de raza pequeña, que sostenía con una correa de material sintético, un hombre de unos 75 años, de baja estatura, frente despejada, entradas profundas en las cienes, cejas pobladas y cabello negro algo canoso. Yo lo conocía de tiempo atrás, pero no me acordaba de su nombre.

Lo había visto muchas veces por las calles de Tunja y, sobre todo, en las instalaciones de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Inclusive, estaba seguro de que había ido a mi oficina de la corresponsalía de El Espectador a expresarme alguna inquietud. Antes de cruzarnos, nos miramos, pero no nos saludamos.
En mi caso, no lo hice porque, si bien nos habíamos conocido en Tunja a fuerza de vernos, no nos ligaba ninguna cercanía en el trato personal. Desconozco el por qué me ignoró; tal vez apeló a la misma razón mía. Siguió su camino y yo continué presuroso a tomar un bus de Transmilenio hacia el centro de la ciudad.
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A comienzos de julio de 2019 me llamó telefónicamente el presidente del Consejo Directivo de la Cooperativa Industrial de Boyacá, mi buen amigo José Manuel Pachón Rodríguez, para preguntarme si estaba interesado en redactar la historia de esa cooperativa, que en febrero del 2020 cumpliría su quincuagésimo aniversario. Gustoso le respondí que sí. Me convocó, entonces, a una reunión con el comité editorial que había sido designado para el efecto y que estaba integrado por los empresarios Armando Gutiérrez Acevedo, Rafael Mariño, el mismo José Manuel y la gerente de esa organización, Julia Esther Guzmán Ortiz. Acudí a la cita, presenté mi propuesta y a las dos semanas me informaron que había sido contratado para adelantar ese trabajo.
Fue el 20 de julio de aquel 2019 cuando, tomando café con Rafael Mariño en el Juan Valdez de Unicentro de Bogotá, inicié mi trabajo de investigación con miras a la elaboración del mencionado libro.

—¿De quién fue la idea de crear la Cooperativa? —le pregunté.
—De Sergio Umaña —me respondió.
—No lo conozco. Le agradecería me ayudara a contactarlo porque debo entrevistarlo —le repliqué.
—Eso no va a ser posible porque hace tres meses murió en la Clínica Shaio —me dijo.
Cinco días después, en la gerencia de Carrocerías AGA, en la Ciudadela Industrial de Duitama, Armando Gutiérrez Acevedo, el promotor de la creación de la Cooperativa y de la construcción de la Ciudadela, me aclaró que él había llevado la iniciativa para ejecutar estos dos proyectos, pero que el inspirador de los mismos había sido el economista Sergio Umaña, a quien conoció en los primeros años de la década de los sesenta en un grupo clandestino de discusión de asuntos sociales, creado por el abogado Augusto Olarte, militante de la izquierda colombiana, egresado de la Universidad Externado de Colombia. Ese grupo, denominado “Centro de Estudios”, era dirigido por dos ebanistas de Duitama, pertenecientes al Partido Comunista.
Según me relató Armando, cuando lo conoció, Sergio acababa de regresar de Europa y Asia a donde había viajado en plan de estudios e investigación luego de cursar la carrera de Economía en la Universidad Nacional. En el primero de los continentes mencionados visitó Francia, Alemania y todos los países de la Cortina de Hierro y en el segundo, la República Popular China.
A Gutiérrez Acevedo no se le olvidaba que cuando Sergio se dio cuenta de su liderazgo entre los industriales de carrocerías en Duitama le sugirió que impulsara la construcción de un parque industrial parecido a los que había visto en Alemania y en otros países europeos. “Estos contribuyen al desarrollo de la sociedad y de sus regiones”, le dijo.
Sergio Umaña no se limitó a formular la sugerencia de crear un parque industrial, anhelo que se le había convertido en obsesión, sino que estuvo activo en el proceso de creación de la Cooperativa Industrial. Fue su primer gerente. Ejerció ese cargo ad honorem durante cerca de tres años.
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Armando Gutiérrez y Rafael Mariño me suministraron alguna información sobre Sergio. Me dijeron que su nombre completo era Sergio Felipe Umaña Mesa, que había nació en Corrales, pero que sus padres, cuando él era niño, se trasladaron a Duitama, en donde se radicaron definitivamente. En esta ciudad realizó su bachillerato. Luego viajó a Bogotá a estudiar Economía y estuvo en el exterior durante varios meses. A su regreso a Duitama, gestionó pequeños emprendimientos y desarrolló actividades de análisis y discusión en grupos de estudiantes y trabajadores. Luego de haber gerenciado la Cooperativa se desempeñó como funcionario de la Oficina de Planeación de Duitama y, en seguida se trasladó a Tunja.
—Sergio Umaña era un hombre que tenía una personalidad de bondad. No era agresivo ni violento. Más bien miraba la vida con un enfoque de comprensión, muy pragmático, muy buena gente, muy buena persona. Él nos enganchó y nos hizo ver que había una forma distinta de apreciar la vida, de hacer los negocios —aseguró Armando Gutiérrez.
Jorge Patiño Granados, otro de los forjadores de la Cooperativa Industrial de Boyacá y de la construcción de la Ciudadela Industrial de Duitama, amigo cercano de Sergio, al referirse a él me aseguró en una entrevista que le realicé en el proceso de elaboración del libro Emprendedores en Vuelo:
—Sergio fue un personaje que entre nosotros tuvo una influencia muy grande. Era un intelectual de izquierda. Escuchándolo concebí que la violencia no era el camino. Era un auténtico pacifista. Siendo de la izquierda y teniendo amigos todos súper revolucionarios, nunca estuvo dispuesto a coger un arma.
Al saber que Sergio había estudiado en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional en la misma época en que lo hizo, en aquella institución, el exgobernador de Boyacá Osmar Correal, finales de la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta, intenté contactarlo. No me fue posible hablar con él porque en esos días se encontraba en el exterior.
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Continué investigando y el día que fui a entrevistar al abogado Augusto Olarte, el ideólogo del “Centro de estudios”, un hermano de este, Manuel Olarte, me comentó que había sido muy amigo de Sergio. Revisó su teléfono móvil, buscó una fotografía, me la mostró y me dijo:
—Este es Sergio Umaña.
Al ver la foto, no pude menos que exclamar perplejo:
—¿Es él? ¡No puede ser!
—¿Lo conocía?
—Si, claro. En Tunja lo veía con frecuencia.
—Era un buen tipo. En la China Popular conoció personalmente a Mao Tse Tung y le dio la mano. Idolatraba a ese personaje, tanto que nosotros lo molestábamos y le decíamos que no se había vuelto a bañar la mano desde que saludó a Mao.

La perplejidad que expresé se debió a que Sergio Umaña resultó ser aquel personaje que había visto esa mañana de mediados de 2014 paseando su perrito en inmediaciones de la estación de Transmilenio de la calle 146 de Bogotá.
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El empresario Rafael Mariño localizó a la hija de quien fuera la compañera de vida de Sergio durante 35 años. Él concertó una cita para mí.
Fui hasta la residencia de la hijastra de Sergio. No pudo atenderme en ese momento. Lo hizo otra persona que vivía allí, de nombre Ana Rosa Munguía Delgadillo, de nacionalidad nicaragüense, quien lo conocía desde 1982 y había compartido la misma vivienda durante varios años. Ella era socia de la hijastra de Sergio en varios emprendimientos. Inclusive, ayudó a atenderlo en su enfermedad y estuvo presente en la clínica el día de su muerte.
—Él era un hombre de ideas ciertas, seguras. Era ateo y militaba en la izquierda radical—me dijo.
Me mostró documentos en los cuales se indicaba que Sergio había nacido el 7 de abril de 1939. Me comentó que al llegar a Tunja, procedente de Duitama trabajó en la Universidad Pedagógica y tecnológica de Colombia. Allí conoció a una compañera de trabajo, Beatriz Castillo, quien había enviudado joven. Ella se convirtió en su compañera de vida durante 35 años. Al pensionarse Beatriz, viajó a Bogotá con Sergio. Llegaron a vivir con la hijastra de esta, quien inicialmente tenía un colegio. Los dos se integraron a la nómina de colaboradores de esa institución, la cual, por razones económicas dejo de funcionar. La hijastra, entonces, se dedicó a otras actividades y ellos iniciaron un emprendimiento relacionado con la fabricación de productos de belleza.
Para Ana Rosa, Sergio se hizo querer de su hijastra y de sus hijas, quienes lo veían como su abuelo. Por eso cuando Beatriz Castillo murió en el 2016 él siguió compartiendo ese hogar hasta el final de su vida.
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Con los datos recopilados elaboré una semblanza de Sergio Umaña y la incluí en el libro de la historia de la Cooperativa Industrial de Boyacá. Cuando este salió impreso, le hice llegar un ejemplar a Osmar Correal Cabral, quien, cuando terminó de leerlo me llamó y me dijo:
—Gustavo, gracias por el libro. Logró mostrar bien a la Cooperativa. Además, me sirvió para enterarme de que un compañero mío de la carrera de economía, Sergio Umaña, murió el año pasado. Hace rato estaba interesado en saber qué había sido de él.
Durante unos minutos me habló sobre Sergio Umaña.
—Él estaba conmigo en el mismo curso. Era retraído y bastante tímido. Siendo rector de la UPTC lo nombré en un cargo administrativo.
Aprovechó la ocasión para contarme la historia de un amor platónico de Sergio. Evocó que andaba permanentemente con una compañera de estudios. A la vista del curso, era obvio que estaba enamorado de ella. La sorpresa fue cuando esa chica resultó de novia de otro compañero.
—Justo apenas acabé de leer la semblanza, la llamé y le conté que Sergio había muerto. Se sintió triste y me dijo: “Sergio jamás se me declaró”.
Escrito por
Boyacá Sie7e Días
Publicado el 13 de agosto de 2023 · 8:00 a. m.