A los padres, madres y acudientes, quienes hemos tenido que asumir el rol de profesores, o de auxiliares de los profesores, de nuestros hijos, durante el confinamiento, nos ha tocado comprometernos con tareas que solíamos delegar a otros.
Los administradores, al menos los buenos, repiten frecuentemente que se delegan las actividades pero no las responsabilidades; muchos solemos reconfortarnos pensando que nuestra responsabilidad es pagar una matrícula y unas pensiones, pero no, realmente es la educación completa, todo el proceso, las instituciones son un apoyo, no es al revés.
Reconozco que en muchas ocasiones grito a mis hijos porque no hacen las tareas, porque interrumpen mi trabajo, porque no reaccionan con la velocidad que yo espero, porque se pelean entre ellos, bueno, en fin, confieso que la lista puede llegar a ser larga.
Sin el ánimo de ofrecer muchas soluciones, propongo una serie de preguntas que pueden servirme, como también podrían ser de utilidad a otros padres o acudientes, para reflexionar: ¿Regaño a mis hijos porque creo que son perfectos y no tienen derecho a equivocarse? ¿Si los grito para que faciliten mi trabajo les estoy transfiriendo responsabilidades que son mías? ¿Invierto tiempo para acompañarlos en sus labores o considero que sólo debo supervisar? ¿Castigo pensando sólo en el corto plazo o soy capaz de enseñarles cosas para el largo plazo al momento de ejercer la disciplina? ¿Educo a mis hijos repitiendo los mismos patrones con los que me educaron o soy capaz de aplicar conocimientos y técnicas cuya efectividad ha sido demostrada mediante investigación confiable?
Los docentes no deberían ser vistos como meros cuidadores, su labor debería dignificarse más, si lo hiciéramos, posiblemente valoraríamos más estos momentos como una oportunidad maravillosa para aprender y crecer con nuestros hijos mientras acompañamos con más compromiso que nunca su proceso educativo.
Resulta tragicómica la posición de los padres que afirman, miserablemente, que los padres están haciendo el trabajo de los docentes; insisto en que deberíamos tomar conciencia de que el “trabajo” de la educación de nuestros hijos es nuestro y no solamente de los profesores, es más, no es un trabajo (en el sentido etimológico de la palabra que lo referencia como un tripalium, o un castigo, como dice la canción de la Sonora Matancera: “el trabajo lo hizo Dios como castigo”), se trata de una función inherente a la naturaleza humana, como bien lo pueden explicar sociólogos y antropólogos.
Una profesora me enseñó que los niños no nacen con un manual de instrucciones, en ese orden, no creo en fórmulas mágicas, ni en respuestas o recetas únicas, muchas veces aprendemos por ensayo y error; de cualquier manera, me atreveré a recomendar un libro escrito por Daniel Siegel y Tina Payne Bryson titulado “Disciplina sin lágrimas”, cuyo título original en inglés es No-Drama Discipline, en el cual se propones un enfoque de “Cerebro Pleno” de la disciplina, con el que se invita a los padres a centrarnos tanto en las enseñanzas externas inmediatas como en las elecciones internas a largo plazo.
Aunque algunas personas afirman que pasamos de “la letra con sangre entra” a “los niños son los reyes y hacen lo que se les da la gana”, hay conocimiento científico que nos está invitando a revisar cómo podemos mejorar nuestras técnicas de enseñanza, acompañamiento y disciplina. Tal vez se requiere empezar por reconocer que podemos hacer las cosas mejor, sin autoflagelarnos, ni culparnos excesivamente, pero sí actuando y pensando más en el beneficio de nuestros hijos, en lugar de fijarnos exclusivamente en la protección de nuestro propio ego.