La necesidad de las humanidades en la Universidad – David Sáenz #Columnista7días

Con frecuencia nos preguntamos cuál es el sentido de las humanidades en la universidad, especialmente cuando nos estamos formando en ingeniería, arquitectura, diseño, negocios u otros programas. A primera vista, podría pensarse que los conocimientos técnicos bastan para desempeñarse bien en la vida profesional. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra que las humanidades cumplen una función insustituible: enseñarnos a pensar y a comprender el mundo en toda su complejidad.

Por ejemplo, imaginemos a una persona con saberes estrictamente técnicos para construir un edificio. Puede diseñarlo de 20 o 30 pisos, reunir un equipo competente y levantar una estructura impecable. No obstante, si esa misma persona posee una mirada humanística, se hará preguntas que no aparecen en los manuales: ¿es pertinente ese edificio para la ciudad?, ¿cómo afectará la movilidad?, ¿qué impacto tendrá sobre la disponibilidad de agua?, ¿cómo responderá ante un sismo?, ¿cuál será su efecto urbanístico y social? En otras palabras, las humanidades impulsan una visión más amplia que la de la solución inmediata.

Algo similar ocurre en la ingeniería. Un profesional puede estar capacitado para realizar exploraciones de petróleo, pero una formación humanística lo llevaría también a cuestionarse: ¿qué pasa si en esa zona hay morichales (los llamados árboles de la vida) o frailejones esenciales para el equilibrio hídrico?, ¿cómo se verán afectadas las comunidades que habitan ese territorio?, ¿qué memorias culturales y qué vínculos con la naturaleza podrían alterarse? Así, mientras la técnica responde al cómo, las humanidades obligan a preguntar el para qué y el a qué costo.

Este tipo de cuestionamientos también se extiende a la economía y la administración. Una decisión aparentemente eficiente, como cerrar un comedor comunitario para reducir gastos, puede tener justificación técnica. Sin embargo, las humanidades invitan a indagar cuántas personas dependen de ese espacio para alimentarse dignamente y qué inequidades podría profundizar tal decisión. En síntesis, las humanidades permiten ver a las personas detrás de los números.

Del mismo modo ocurre con la tecnología. Hoy hablamos con entusiasmo de inteligencia artificial, robótica y análisis de datos. Pero sin una base humanística la tecnología puede emplearse sin el discernimiento necesario. Por ello, conviene preguntarse: ¿de dónde provienen los datos?, ¿quién queda excluido del acceso?, ¿la herramienta respeta la dignidad humana?

Además, las humanidades ayudan a evitar soluciones simplistas, esas que han marcado históricamente a Colombia: la idea de que la convivencia mejora eliminando a quien piensa distinto o que los conflictos se resuelven erradicando a quien incomoda. La experiencia demuestra que esos caminos no solo son equivocados, sino contrarios a lo bueno, lo digno y lo bello. Por eso, las humanidades enseñan a reconocer la complejidad, a comprender al otro y a situarse éticamente frente a lo que hacemos.

En última instancia, el propósito de las humanidades es ayudarnos a pensar. Invitan a conectar los conocimientos técnicos con preguntas éticas, a desnudar intereses que no favorecen a la comunidad y a ejercitar una creatividad responsable y transformadora. Porque, al fin y al cabo, lo ético siempre busca el bien, y ese bien requiere pensamiento crítico, capacidad de diálogo y un compromiso decidido con la justicia, el bien común y el vivir juntos.

Hay que reconocer que todo conocimiento (el técnico, el científico, el artístico, el social), se enriquece cuando es interrogado desde las humanidades, y que este es un paso necesario para formar no solo buenos profesionales, sino mejores ciudadanos y mejores comunidades. Solo así es posible aspirar a un país más justo para todos y todas.

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