
La economía colombiana crece impulsada por un gasto público desaforado en plena época electoral, por un consumo de los hogares animado por el aumento del salario mínimo —que este año le ha ganado a la inflación— y por un dólar barato que estimula la demanda interna. Sin embargo, la construcción y las edificaciones siguen en caída, afectando de manera directa al sector siderúrgico y a la transformación del acero, áreas en las que Boyacá tiene un papel determinante.
En contraste, la agricultura muestra buenos resultados gracias al comportamiento del café, el cacao y la palma, mientras que la minería enfrenta un descenso marcado en petróleo, carbón y gas. El desempleo también ha bajado, pero en buena medida por el incremento de la contratación estatal y por la emigración de jóvenes colombianos que buscan oportunidades en el exterior.
Debemos prepararnos para el inminente aumento en el precio del gas, una situación grave para hogares y empresas. La transición energética resulta más urgente que nunca. A ello se suma la expectativa de un incremento del salario mínimo de dos dígitos en plena coyuntura electoral, una medida que puede convertirse en un golpe fuerte para las empresas, el empleo formal y la estabilidad económica, aunque políticamente favorezca a un gobierno de corte populista que buscaría aferrarse al poder. Vale la pena seguir de cerca el caso chileno, donde la candidata comunista ganó la primera vuelta y se encamina a una segunda decisiva.
En cuanto al dólar, debería volver al entorno de los $ 3.900 si se frena la monetización del Gobierno. Ese comportamiento estaría también influido por una inversión extranjera cada vez más nerviosa frente al panorama electoral y por la caída en los precios del petróleo. Esto, incluso si el café repunta hasta un 50 % este año, sin tener claridad sobre si el dólar seguirá debilitándose por efecto de la política arancelaria que impulsa Trump.