El país no está cansado de la política, está cansado de los políticos – Edisson Fabián Barrera Cendales #ColumnistaInvitado

En Colombia solemos repetir que “la gente ya no cree en la política”. Y aunque la frase suena contundente, es apenas una verdad a medias. La ciudadanía no ha perdido el interés por lo público, por la comunidad o por las decisiones que afectan su vida; lo que ha perdido es la fe en quienes deberían encarnar la política.

La apatía creciente no es contra la política: es contra los políticos.

La política, en su esencia más pura, sigue viva en cada líder comunal, líder campesino, madre cabeza de hogar que pide oportunidades, en cada joven que reclama educación y dignidad, en cada campesino que exige vías, agua y precios justos. La política está en la calle, en la vereda, en el barrio, en el pasaje, en la esquina donde la gente conversa sobre lo que debería cambiar.

Lo que está muriendo no es la política: es el modelo de liderazgo desconectado y distante que no logra representarla en su esencia.

Cuando la gente deja de votar o de interesarse, no lo hace porque ya no le importe el país, departamento, o su municipio; lo hace porque siente que nada cambia, sin importar quién gane. Es un desencanto que nace de ver cómo algunos dirigentes han convertido la política en un ejercicio personalista, de favores, de vanidades y de cálculos, en vez de un servicio público.

Hoy la frustración es profunda porque las promesas no se cumplen, los discursos no se traducen en obras, los líderes andan más enfocados en la foto que en el resultado y, lastimosamente, las instituciones parecen funcionar para unos pocos.

A eso se enfrenta hoy el ciudadano común. A un liderazgo que habla de transformación, pero que no se transforma a sí mismo.

La gente no odia la política; extraña la política de verdad, la que escuchaba, que resolvía, que se ensuciaba los zapatos, que trabajaba desde el territorio. Hoy parece haber sido reemplazada por una tecnocracia fría o, peor aún, por un activismo vacío que no logra impactar la vida real.

La gente extraña a quienes gobernaban con el corazón y la razón, extraña la coherencia, extraña el servicio genuino, extraña sentir que el poder también puede ser humano. Por eso la apatía no es abandono: es nostalgia. Nostalgia de una política que alguna vez cumplió su promesa social.

Y a pesar de todo, Colombia sigue siendo un país que quiere creer. La ciudadanía está esperando algo distinto: un liderazgo que vuelva al territorio, que hable sin miedo de lo que duele, que reconozca errores, que se parezca a la gente que dice representar. Quien entienda eso no solo capitaliza un sentimiento profundo: abre la puerta a una nueva etapa de la política en Colombia.

El momento exige líderes que: escuchen más y hablen menos, que sepan construir confianza antes que aplausos, que no prometan milagros, sino procesos y, sobre todo, que sean capaces de unir, incluso en tiempos de ruptura como los actuales.

El llamado es a ser útiles, antes que visibles, vamos a recuperar el sentido.

Hoy lo político está en crisis no por falta de interés ciudadano, sino porque muchos dirigentes olvidaron que gobernar es servir.

Y cuando el servicio desaparece, aparece el rechazo.

La tarea de esta generación de líderes no es conquistar votos: es recuperar la dignidad de lo público. La tarea no es alimentar estructuras: es reconstruir confianza y por último, la tarea no es tener más seguidores: es tener más sentido.

La política no nació para dividir, ni para excluir, ni para engañar; nació para transformar. Y cuando la política vuelva a ser eso, la apatía desaparecerá como desaparecen las sombras cuando vuelve la luz.

Las regiones como Boyacá, como Tunja, como tantos territorios olvidados, necesitan una política que vuelva a caminar sus calles, que hable su lenguaje, que comprenda su realidad. Allí está la mayor reserva moral del país, y también la mayor oportunidad de reinvención.

Es desde lo local donde se puede reconstruir la confianza nacional, es desde la comunidad donde renace el sentido de lo público, es desde el territorio donde se demuestra que la política sirve… o no sirve.

Y la gente, que no es ingenua, sabrá distinguir.

El desafío: nos corresponde como generación romper la cadena del cinismo. Volver a darle a la política el espíritu que perdió: el de la esperanza, el del servicio, el del compromiso real. Y demostrar con hechos que otra forma de liderar sí es posible.

Porque la apatía no es un final: es un llamado a evolucionar.

Un llamado que no podemos ignorar.

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