
Hay fechas que se graban en la memoria como si el tiempo las hubiera querido dejar allí para siempre. Noviembre de 1985 fue uno de esos meses en que Colombia se miró al espejo y no se reconoció.
En cuestión de días, el país fue testigo de dos tragedias que parecían opuestas, pero que en el fondo eran hermanas: la Toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M-19 y la Tragedia de Armero por la erupción de un volcán.
El fuego y el barro. La justicia y la naturaleza.
La soberbia y la fragilidad.
Dos escenarios distintos, un mismo país desbordado por el dolor.
Yo una joven estudiante cuando todo ocurrió. Aún puedo recordar la sensación de impotencia que me invadió al ver el humo cubriendo el palacio en la Televisión y días después en el patio de mi casa las cenizas como nieve donde se marcaban las huellas. El Palacio, símbolo de la ley y la razón, ardía. En su interior, hombres y mujeres dedicados a la justicia amarrados y vituperados eran consumidos por el fuego, atrapados entre la violencia de la guerrilla y el ejército y el silencio de el poder de quienes dirigieron la toma previamente planeada y quienes defendían el statu- quo.
Durante dos días, Colombia vio arder su fe en la palabra, en las instituciones, en la verdad, en la justicia. El eco de los disparos se mezclaba con las súplicas. Y el país, perplejo, observaba cómo la justicia era devorada ante sus ojos.
Una semana después, cuando aún no habíamos aprendido a pronunciar el dolor del Palacio, la tierra habló. Esta vez no con pólvora, sino con agua y ceniza. El volcán Nevado del Ruiz despertó, y su furia descendió sobre Armero, arrasando con todo a su paso. En pocas horas, un pueblo entero desapareció bajo el lodo.
Y allí, entre la muerte y el silencio, una niña llamada Omaira Sánchez habló con el mundo.
Su voz, serena y luminosa, pedía calma, amor y oracion. Mientras el país veía el fuego devorar la justicia en la capital, el barro se tragaba la inocencia de una niña que, desde el fondo del desastre, nos enseñaba lo que era la verdadera fe y el amor humano.
Omaira no gritaba. No maldecía.
Hablaba con Dios.
Y con una serenidad que aún estremece, nos recordó que la esperanza no muere ni siquiera cuando el cuerpo está atrapado, cuando pasan las horas y la vida se apagaba segundo a segundo y la de miles sepultados en el lodo.
Entre el fuego del Palacio y las cenizas de Armero, Colombia perdió mucho más que edificios y vidas. Perdió parte de su alma. Aprendimos que la violencia puede provenir tanto del poder desbordado del hombre que cree que el fin justifica los medios, así como de la naturaleza que así como nos da y nos cuida, está ahí latente y poderosa e implacable.
Pero ambos nos mostraron lo mismo: que la vida es frágil, que la justicia es más que una institución, y que la indiferencia es otra forma de muerte.
Han pasado casi cuatro décadas, y aún siento que el país no ha cerrado esas heridas. Las recordamos cada noviembre, como quien toca una cicatriz que aún duele. Pero también como quien se promete no repetir la historia.
Cuando pienso en el Palacio, veo el fuego que quiso borrar la verdad.
Cuando pienso en Armero, veo el barro que quiso borrar las personas.
Y sin embargo, en ambos lugares quedó algo que ni las llamas ni el lodo pudieron consumir: la memoria.
La memoria de los magistrados que murieron por defender la justicia.
La memoria de una niña que, en medio del horror, eligió hablar de paz.
Colombia es un país de contrastes extremos, donde la tragedia y la ternura conviven, donde la vida insiste aunque la muerte se empeñe.
Quizás por eso seguimos aquí, buscando respuestas, reparando con palabras lo que se rompió con balas y volcanes.
Hoy, desde la distancia de los años y la serenidad de la experiencia, me pregunto qué aprendimos.
Y me gusta pensar que algo sí entendimos:
Que el poder sin compasión destruye.
Que la naturaleza sin respeto reclama lo que siempre ha sido suyo.
Y que la justicia sin humanidad no sirve de nada.
Tal vez por eso, cada vez que escucho el nombre de Omaira, pienso también en los magistrados del Palacio. Ambos símbolos de un mismo país: uno que todavía busca reconciliación con su historia y con su conciencia.
La voz de Omaira, aquella niña que habló de paz cuando todo era ruina, debería seguir sonando en las salas de audiencias, en los despachos públicos, en los corazones de quienes gobiernan.
Porque ella, sin toga ni título, fue más grande que muchos de nosotros.
Y nos enseñó que, incluso en la tragedia, hay lugar para la ternura, para la fe y para la verdad.
Y aunque el dolor fue inmenso, aún creo —como aquella muchacha que fui— que de entre las cenizas y el fango puede renacer una Colombia más humana, más justa, más consciente de su destino.