Reencuentro fugaz – Gustavo Núñez Valero | #CrónicasYSemblanzas

A mediados de 1980 el fraile dominico Reinaldo de Jesús Sánchez López, asignado en ese entonces por su comunidad al convento de Tunja, viajó a estudiar arte en Florencia, Italia. Un día antes de su partida me buscó para despedirse. Sentí gran tristeza porque era un apoyo espiritual y un faro de orientación ética en mi quehacer periodístico.

En 1981 me escribió desde Florencia dos cartas. Después perdí su rastro. Durante más de cuatro décadas intenté, infructuosamente, comunicarme con él. Inclusive en una oportunidad que visité esa ciudad italiana me ilusioné con poder saludarlo. A algunos dominicos y a varios de sus amigos les pregunté en diferentes oportunidades sobre su paradero. No logré resultado alguno en esa búsqueda. Cuando, por fin, estuve frente a él, el 26 de agosto de 2023 en Chiquinquirá, no me reconoció. El cruel mal de Alzheimer le había borrado su memoria.

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Quien me ayudó a dar con el paradero de fray Reinaldo fue el periodista y abogado de Chiquinquirá Omar Ricardo Ortiz Lizcano. Él me suministró el teléfono del director de la emisora Reina de Colombia, fray Calixto Castellanos y éste me remitió al biógrafo del padre Reinaldo, fray Carlos Arturo Ortiz Vargas.

Fray Reinaldo Sánchez en el 2010. Foto: Archivo particular.

Cuando me contacté con fray Carlos Arturo, la primera sensación que tuve fue de alegría porque estaba convencido de que me llevaría a fray Reinaldo y, entonces, por fin, podría conversar con él. Sin embargo, lo que sentí fue abatimiento cuando me dijo: “El padre Reinaldo está en el convento de Chiquinquirá desde finales del 2019. Se encuentra enfermito. Tiene Alzheimer. No conoce a nadie. Solo sabe que su padre se llamaba Juan de Jesús y que él es de Manizales”.

El 20 de agosto de 2023 publiqué en el portal del periódico “Boyacá siete días” una crónica sobre fray Reinaldo que titulé “El dominico que se enamoró de Tunja”. Allí relaté su vida, mostré sus diversas facetas e incluí, al final, la devastadora revelación que me hizo fray Carlos Arturo Ortiz.

Al día siguiente entró en escena un personaje que me ha impactado por su capacidad comunicativa, liderazgo, recia personalidad, sólida formación intelectual, carisma cautivante, amabilidad atrayente, acuciosidad en sus labores, firmeza en sus convicciones y constancia en su apostolado: fray Carlos Mario Alzate Montes, prior conventual y rector del Santuario Mariano Nacional de Chiquinquirá.

El 21 de agosto me envió una comunicación en la cual expresaba su agradecimiento por el escrito aparecido en “Boyacá Siete Días”, calificándolo de emotivo y juicioso. También señalaba: “No comparto la respuesta seca del dominico que en cierto modo desalentó su deseo de ver de nuevo a fray Reinaldo. Entiendo que usted reside en Tunja y que de aquí a allá el trayecto es corto, de modo que me tomo la atribución de invitarlo a que venga a Chiquinquirá cuando guste y comparta con él un rato. Se ha recluido en cierto mutismo, pero a veces conversa y se muestra más consciente. A lo mejor lo recuerda y usted lo anime a que retome el pincel, ahora no más para entretenerse”. 

Ese mismo día le respondí agradeciéndole su mensaje y aclarándole que: “Cuando fray Carlos Arturo (el dominico al cual se refería en su comunicación) me habló de la situación actual de fray Reinaldo, lo sentí tierno, respetuoso, caritativo y entrañable con su hermano de comunidad.  Inclusive me invitó a que lo visitara porque consideraba que mi presencia podría hacerlo reaccionar. Tal vez el duro impacto que me produjo saber que fray Reinaldo tenía Alzheimer me dejó abatido y no tuve ánimo sino para retomar esas palabras que aparecieron en la semblanza (…)”.

De inmediato el prior, vía WhatsApp, acusó recibo de mi mensaje y me sugirió que fuera a Chiquinquirá el viernes o el sábado de esa misma semana o cualquier día de la siguiente, menos el jueves porque estaría en Bogotá. Me adjuntó dos videos del padre Reinaldo, tomados en el 2022. Estos correspondían a entrevistas que le había realizado un fraile dominico sobre sus obras. En el primero explica el sentido de una pintura titulada “María Eucaristía” y en el segundo se refiere al proceso de elaboración de una de sus esculturas, concretamente de Santo Domingo de Guzmán. Al describir el cuadro de “María Eucaristía” mostró capacidad explicativa y esgrimió argumentos para sustentar sus afirmaciones, pero evidenció olvido de algunos términos. En el segundo ya es marcada la dificultad para recordar materiales y características de la escultura.

Al agradecerle el envío de los videos y manifestarle que me emocionaron porque mostraban a fray Reinaldo en su actual fisonomía, le anuncié que iría ese sábado 26 de agosto a Chiquinquirá.

El viernes 25 le confirmé al prior mi visita del día siguiente. Me manifestó que me esperaría en el convento.

El sábado 26 de agosto, a las seis de la mañana, ya me encontraba dentro de una flota en el Terminal de Transportes del Norte de Bogotá. Estaba entusiasmado con ese viaje, no solo porque iba a ver a fray Reinaldo sino porque siempre me agrada regresar a Chiquinquirá, ciudad que conozco desde muy pequeño cuando mis padres me llevaban a romerías. El viaje fue plácido. Disfruté el paisaje rural del norte de Cundinamarca, me deleité mirando las sabanas de Ubaté y la laguna de Fúquene.

A las nueve de la mañana llegué a Chiquinquirá. Desayuné en uno de los restaurantes de la terminal de transportes y caminé hasta la Plaza de la Renovación, en donde tuve tiempo para mandarme lustrar los zapatos.

Reinicié mi marcha hacia el convento de los dominicos, situado detrás de la basílica. Llegué a la plaza de la Libertad. Allí avancé por la acera de uno de los costados. Cuando iba a pasar frente a la cafetería Santiamén, de repente se abrió una puerta y apareció un antiguo conocido mío: monseñor Froilán Casas. Él, luego de retirarse del cargo de Obispo de Neiva se radicó en esta ciudad. Nos saludamos. Fue muy efusivo. Le comenté el motivo de mi viaje. Me informó que en ese momento se dirigía a la basílica para participar, como concelebrante, en las exequias del papá de un fraile dominico.

A las diez en punto estuve en el convento. Timbré, abrieron la puerta, informé a la recepcionista el motivo de mi presencia allí. Me manifestó que no era posible hablar con el prior porque se encontraba en una ceremonia en la basílica y que fray Reinaldo estaba hospitalizado. Por coincidencia, en ese momento apareció allí la enfermera encargada de cuidar a fray Reinaldo. Ella me comentó que en las últimas semanas venía padeciendo una afección cardiaca y que el día anterior habían tenido que llevarlo de urgencias al Hospital San Salvador. Me advirtió también que el médico tratante acababa de darle la orden de remisión a Bogotá y que se estaban realizando las gestiones para disponer de la ambulancia y establecer el lugar a donde sería trasladado.

Ante las desalentadoras novedades decidí ir a la basílica, asistir al funeral y buscar la manera de hablar con el prior del convento.

El sepelio lo presidía fray Samuel Forero Buitrago, hijo del fallecido. Lo acompañaban como oficiantes los obispos Leonardo Gómez Serna y Froilán Casas y no menos de ocho sacerdotes más. Por ningún lado vi al prior del convento. En consecuencia, salí de la basílica. Le envié al prior un mensaje diciéndole que me dirigía al convento.

—Voy para allá —me respondió.

Lo esperé en la recepción. A los pocos minutos llegó.

Lo saludé, me atendió con cortesía y amabilidad. Me comentó que se encontraba en el ancianato organizando unas actividades que se iban a realizar allí esa tarde. Me preguntó si había desayunado. Le respondí que sí. Entonces, me invitó al interior del convento y me llevó al comedor. En ese lugar saludó, pero nadie contestó. Entró a la cocina y al rato regresó con café en leche y torta para los dos. El mismo me sirvió.

—Muy buena su crónica del domingo. En la comunidad fue bastante difundida.

—Gracias monseñor.

—No soy monseñor.

—Pero, me imagino que pronto lo será —le repliqué para tratar de enmendar el lapsus cometido.

—No, no. Ya no —me dijo con el rostro serio y moviendo la cabeza de lado a lado.

Me anunció que me llevaría a urgencias del hospital para que pudiera ver a fray Reinaldo, pero me advirtió que primero pasaríamos por la basílica, en donde ya estaba terminando el funeral.

Le agradecí el refrigerio que me había brindado.

—Lo hago con gusto. Ah, hoy está invitado a almorzar aquí.

—Muy amable padre.

Me llevó a la basílica. Primero pasamos a la sacristía en donde a través de varios monitores observamos que el ritual funerario no había terminado. Cuando el oficiante impartió la bendición final, pasamos al recinto de la basílica. Ahí se realizó la parte final de la ceremonia que consistió en una procesión desde el presbiterio a la puerta central. Una vez fue conducido el féretro a la carroza funeraria, saludé a monseñor Froilán Casas. Al verme acompañado por el prior me dijo:

—Qué bien, veo que ya fue al convento.

Enseguida el padre prior me presentó a monseñor Leonardo Gómez Serna. Él es oriundo de Marinilla, Antioquia. Su ordenación sacerdotal fue en 1968 de manos del papa Pablo VI durante su visita a Bogotá. A los 38 años fue elevado a la categoría de obispo. Se desempeñó como prelado en las diócesis de Tibú, Socorro y San Gil y finalmente Magangué, en donde renunció en 2012. A partir de entonces vive en el convento de Chiquinquirá. Durante su paso por el episcopado dejó huella como defensor de la paz.

—Monseñor buenos días. Ya lo conocía porque a comienzos de 1980, cuando usted aún no era obispo, me lo presentó en el convento de Tunja fray Reinaldo Sánchez —le dije.

—Ah, muy bien. Reinaldo está enfermito —me respondió.

—Si monseñor, hoy vine a visitarlo. Ahora mismo el padre prior me va a llevar a urgencias del hospital para ver si puedo saludarlo —le expliqué.

—Bendito Dios —me dijo con voz suave y un gesto de bondad en su rostro.

De inmediato salimos para el hospital. En el camino hacia allí el prior se comunicó telefónicamente con la enfermera y luego con un directivo del hospital para coordinar la remisión de fray Reinaldo a Bogotá. Manifestó su interés en agilizar esa diligencia e inclusive expresó la disposición de asumir los costos por parte del convento. Del otro lado de la línea le advirtieron que si el convento intervenía en el traslado, la EPS se eximiría de cualquier responsabilidad. En consecuencia, le sugirieron seguir el conducto de las instituciones prestadoras de los servicios de salud.

El portero saludó comedidamente al prior. Este le explicó la razón de nuestra presencia. Luego de una comunicación telefónica fue autorizado mi ingreso a la sala de urgencias.  

—Está en la cama seis —me informó el portero.

El prior me dijo que se regresaba al convento y que allí me esperaba.

Entré a la sala de urgencias, situada en el primer piso del hospital. El sitio lo sentí frío y un tanto oscuro. Había camillas separadas por cortinas. Al llegar a la cama seis me encontré con la enfermera del convento. Me dijo que permanecería pendiente afuera. Fray Reinaldo estaba acostado, tapado con una manta blanca, mirando para el otro lado de donde me encontraba. Vi que intentaba retirarse la aguja de la venoclisis a través de la cual le estaban suministrando suero.

—Padre Reinaldo, buenos días.

Su primera reacción fue mirarme serio y atento. Luego, me mostró una sonrisa plena que me produjo gozo, pues esa era una de las características del Reinaldo Sánchez que yo recordaba. Lo sentí cálido. De los rasgos de su rostro me llamó la atención la blancura de sus cejas y algunos surcos del paso del tiempo en la trente y las mejillas. También advertí su cabellera canosa y una calvicie avanzada.

—Soy Gustavo Núñez.

—Ah, ¿cómo le ha ido?

—Hace 43 años que no lo veía.

—¿Sí? 

Al darme cuenta de que no me reconocía, le seguí hablando para darle pistas de quien era yo.

—Antes de que viajara a Italia fue un gran apoyo mío en Tunja. Allí me brindó su amistad e inclusive fue mi confesor. Usted fue quien me confesó el día que me casé.

—¿Verdad? —me dijo en medio de una sonrisa.

Fray Carlos Mario Alzate Montes, prior del convento de Chiquinquirá.
Fray Carlos Mario Alzate Montes, prior del convento de Chiquinquirá.

Mientras le conversaba, miraba para todas partes. Estaba distraído.

— ¿Usted ya almorzó?

—No padre. Voy a almorzar en el convento. El prior me invitó.

—¿De dónde es usted?

—Soy de Úmbita, pero actualmente vivo unos días en Tunja y otros en Bogotá.

Mientras le respondía, miró su brazo derecho e intentó de nuevo retirarse la aguja de la venoclisis.

—Padre, no se retire el suero.

—Es que voy a almorzar. ¿Usted ya almorzó?

—No padre

En ese momento fui a buscar a la enfermera para informarle que fray Reinaldo estaba intentando retirarse el suero. Ella acudió presurosa y yo me despedí.

—Adiós padre. En unos días vuelvo a visitarlo al convento.

—Adiós, que esté bien.

Al salir del hospital experimenté desconsuelo. Me apenaba el estado de salud de fray Reinaldo y me entristecía que no me reconociera.

Me había impresionado escuchar de sus labios la pregunta: ¿Usted ya almorzó? Era la misma que, inclusive con igual expresión en su rostro, me hacía en Tunja cuarenta años atrás cuando lo visitaba al medio día en el convento de Santo Domingo. En ese entonces si le respondía que no, inmediatamente me mandaba entrar al comedor y me invitaba a almorzar.

Él, sin duda, era la persona que yo había estado buscando por tanto tiempo. Sí. Era quien entre 1977 y 1980 se convirtió en mi amigo, mi confidente, mi apoyo y hasta mi asesor en materia de arte. Sin embargo, durante mi encuentro lo percibí lejano, indiferente, desconocido. En ese momento me dije: “Él es fray Reinaldo, pero no es quien llevo en mis recuerdos. En fin, es, pero no es”.

Mientras caminaba la cuadra y media que separa el hospital del convento recordé una entrevista que la periodista peruana Cecilia Valenzuela le hizo en Lima a Plinio Apuleyo Mendoza en 2013 sobre el estado de salud de su amigo Gabriel García Márquez, quien ya tenía Alzheimer. “Eso es muy duro. Es como una muerte en vida. Yo prefiero cualquier enfermedad, menos esa”, dijo Plinio Apuleyo.

**

A las 12:30 del día llegué al convento. Le anuncié por WhatsApp al padre Prior que me encontraba en la recepción. Él acudió allí y me condujo al comedor en donde ya se encontraban varios frailes, los novicios y tres o cuatro particulares. Me ubicó en una mesa lateral y él se dirigió a la mesa principal ocupada ya por monseñor Leonardo Gómez y fray Diego Orlando Serna Salazar, ex provincial de la comunidad dominicana. Todos estábamos de pie. El prior inició una oración; culminada nos sentamos y cuatro novicios sirvieron el almuerzo. Este momento me transportó 57 años atrás cuando estudiaba en el Seminario Misional la Milagrosa de Chita, en donde a la hora de desayunar, almorzar y comer se practicaba el mismo protocolo.

Estuve tranquilo en ese agradable ambiente. Mientras escuchaba el murmullo de las conversaciones de los frailes y novicios y las carcajadas sonoras de algunos de ellos, entablé conversación con los frailes que tenía a mi lado. Hablamos de diversos asuntos. Les conté quien era y a qué me dedicaba.

Al terminar el almuerzo, nos pusimos de pie y el prior inició otra oración. Todos salimos del comedor. Los frailes y novicios se retiraron a cumplir sus obligaciones y los invitados particulares se despidieron.

A mí el prior me invitó a un amplio patio enlucido de plantas ornamentales, en donde reinaba el silencio y deslumbraba el orden y la limpieza. Nos sentamos en un escaño de madera.

Durante casi cuarenta minutos estuvimos conversando sobre distintos asuntos. El primer tema que abordó fue el de fray Reynaldo. Me comentó que lo había conocido en Tunja cuando él era novicio y fray Reynaldo, superior del convento de esa ciudad. Después, durante su estadía como estudiante en Roma, interactuó con él en distintos momentos.

—En Italia estuvo durante casi 40 años. En varias oportunidades algunos de nosotros, entre ellos monseñor Leonardo Gómez Serna, le insistimos para que regresara a Colombia.

No fue fácil que fray Reinaldo aceptara volver. Por fin, a finales de 2019, siendo provincial  fray Diego Orlando Serna Salazar, decidió venirse a su país. Llegó al convento de Bogotá y de allí lo remitieron a Chiquinquirá.

María Eucaristía, pintura de fray Reinaldo Sánchez.
María Eucaristía, pintura de fray Reinaldo Sánchez.

—De Italia regresó sin ninguna pensión y ya estaba enfermo. Allá no le aseguraron una buena vejez.

Se vinculó a las diversas actividades del convento, pero el Alzheimer le fue avanzando.

El prior me aseguró que fray Reinaldo mostraba tranquilidad. Algunas veces se levantaba de noche y recorría los pasillos del convento sin hacer ruido.

—En ocasiones le hablaba en italiano y el me respondía en ese idioma con gran propiedad.

Era puntual a todas las convocatorias de comunidad. Acudía a los momentos de oración, a las comidas y a las reuniones.

—Solo en una oportunidad no asistió a la oración de comunidad. Entonces a la hora de la comida, delante de todos, le dije:

—Padre no lo vimos en la oración. Con desparpajo me respondió: “Estaba durmiendo”. Imagínese esa respuesta. Yo asumí una actitud de seriedad. Contestarle así a un prior genera consecuencias.

—¿Cómo reaccionaron en ese momento los demás frailes y los novicios?  

—Soltaron la carcajada.

—¿Y se le aplicó alguna sanción?

—No, no, desde luego que no.

Aproveché la oportunidad para averiguarle al prior sobre su vida y trayectoria en la comunidad dominicana. No entró en muchos detalles al respecto. De todas maneras, por mi cuenta investigué en varias fuentes y logré el siguiente resumen: Carlos Mario Alzate Montes nació en Sonsón, departamento de Antioquia. Es fraile dominico desde hace 42 años. Se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás de Bogotá y estudió Teología en la Universidad Javeriana de Bogotá. Se graduó como doctor en Historia Eclesiástica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue misionero en la región del Catatumbo y párroco de la iglesia de la Renovación en Chiquinquirá. También fue director del Departamento de doctrina y ecumenismo de la Conferencia Episcopal de Colombia. Durante dos años y medio compartió vivencias con la iglesia ortodoxa en Grecia. Se ha desempeñado como docente de Historia de la Iglesia a lo largo de 20 años. Ha pasado por los cargos de Provincial de la Comunidad en Colombia, rector general de la Universidad Santo Tomás y Rector de la seccional de esta institución en Tunja.

Luego de una larga charla decidí despedirme.

—Padre, estoy muy agradecido por su hospitalidad y por su invaluable ayuda. Me voy para Bogotá.

—Vuelva un día de estos. Hable con fray Reinaldo e inclusive invítelo a dar una vuelta por fuera del convento.

Nos paramos del escaño y me orientó para buscar la salida. En la calle, él mismo paró un taxi que me llevó a la terminal de transportes.

**

Dos días después de haber visitado a fray Reinaldo, el lunes 28, quise saber cómo había seguido y si ya estaba en alguna clínica de Bogotá. Por tanto, le envié al prior el siguiente mensaje:

—Padre Carlos Mario, buenos días. ¿Cómo ha seguido el padre Reinaldo? Cordial saludo.

De inmediato me respondió:

—Gustavo, buenos días. Gracias por preguntar. Aplazado para hoy su traslado a Bogotá, pero lo veo muy bien.

Sin tardanza le manifesté:

—Gracias padre. Estaré pendiente.

El sábado siguiente, 2 de septiembre, volví a escribirle:

—Padre Carlos Mario, buenos días. ¿Cómo ha evolucionado la salud del padre Reinaldo? Con su venia quisiera volver a saludarlo cuando usted considere conveniente. Discúlpeme la insistencia, pero al padre Reinaldo le profeso profunda gratitud y gran aprecio.

Al otro día me respondió:

—Buenos días, Gustavo. Al padre se le atendió en una clínica en Bogotá. Le pusieron unos stents coronarios y regresó muy saludable, pero con dieta. Podría ser a mitad de mes (la visita). Me avisas por favor.

Al instante le escribí:

—Mil gracias por la información. Me alegra mucho la favorable evolución de la salud del padre Reinaldo. Yo le aviso con anticipación sobre la visita. Cordial saludo.

El viernes 15 de septiembre a las diez y media de la mañana recibí el siguiente mensaje del prior de los dominicos en Chiquinquirá:

—Gustavo, el padre Reinaldo lleva cinco días en la Palermo. No es grave. Un absceso maxilofacial que debían drenar. Habitación 401.

Mi contestación fue pronta:

—Mil gracias padre Carlos Mario. Estoy en Bogotá. Voy a pasar mañana en la mañana por la Clínica Palermo para verlo. Le comentaré cómo me fue.

Su respuesta también fue rápida:

—Claro que sí.

Cuando le comenté a mi esposa que el padre Reinaldo estaba hospitalizado en Bogotá y que pensaba visitarlo al día siguiente, me dijo:

—Ya que estamos en Bogotá, por qué no vas esta misma tarde. De pronto le dan de alta hoy. Mañana puede ser tarde.

Me pareció acertada la sugerencia y tomé la determinación de ir a la Clínica. A la una y media de la tarde salí del apartamento y a las dos ya estaba en la entrada de la Clínica Palermo. Me registré. Me dieron el ingreso sin dificultad. Subí en ascensor. Busqué la habitación 401. La puerta estaba a medio cerrar. Di dos golpes suaves con los nudillos de los dedos de la mano derecha y de inmediato escuché una voz que reconocí. Era la del padre Reinaldo.

—Adelante —dijo.

Entré, lo saludé.

—Buenas tardes —me respondió con rostro serio. Se quedó mirándome con expectativa. Estaba acostado. Miraba la televisión a bajo volumen. Cerca de la camilla se encontraba sentado un joven de 22 a 24 años escribiendo en una hoja, soportada en una tablilla; tenía un vestido azul de mezclilla. Me dijo que al padre le acaban de dar de alta y que estaba esperando la salida para llevarlo al convento.

Me quedé mirando a fray Reinaldo. Las condiciones del lugar, sin duda, eran mejores que las de la sala de urgencias del Hospital San Salvador de Chiquinquirá. Su semblante era plácido. En silencio me miraba. Yo estaba emocionado por estar frente a frente con él.

—Padre, soy Gustavo Núñez Valero, un periodista que lo conoce desde hace mucho tiempo. Vengo a saludarlo porque lo aprecio mucho.

—Ah, muy bien, gracias —me dijo sonriendo—. ¿Y dónde vive usted?

—En Tunja. Allá fue donde lo conocí.

—Yo no me acuerdo. A Tunja hace mucho tiempo que no voy.

—Allá vivió usted por lo menos cuatro años.

—¿Cuándo fue eso?

 —De 1976 a 1980. Hace más de 46 años.

—Uy, cómo pasa el tiempo.

—Lo recuerdo porque me ayudó bastante.

—¿En qué lo ayudé?

—Era mi consejero espiritual, me animaba para superar dificultades en mi trabajo periodístico. Además, me asesoraba en materia artística cuando debía elaborar noticias o comentarios sobre ese tema.

—Ah, en arte, sí. Yo hace mucho tiempo que no me ocupo de eso.

—¿En dónde vive usted?

Santo Domingo de Guzmán, escultura de fray Reinaldo Sánchez.
Santo Domingo de Guzmán, escultura de fray Reinaldo Sánchez.

—En Tunja padre.

—Y ¿cómo me dijo que se llamaba?

—Gustavo Núñez Valero.

—Hoy han venido a saludarme varias personas, así como usted, pero no me acuerdo de ellas. Dicen que me conocían de antes, pero la verdad no me acuerdo.

—Usted en 1980 se fue para Florencia, Italia. Inclusive fui a saludarlo a esa ciudad, pero no lo encontré.

—Si. Yo estuve por allá. Pero ¿por qué no me encontró?

—Porque usted ya no estaba allá. Ya había hecho su especialización en arte.

—Ah, ¿si?

—Desde Florencia me escribió dos cartas.

—No me acuerdo —me comentó sonriendo.

—Su letra es muy bonita. Desde pequeño a usted le gustaba pintar y practicar caligrafía, según he sabido. ¿Ha vuelto a pintar?

—No, hace rato que no pinto.

—¿Y la escultura? ¿Tampoco ha vuelto a esculpir?

—No, tampoco.

De uno de los bolsillos de mi chaqueta extraje mi teléfono móvil, lo prendí, entré a la aplicación de fotografía, busqué rápido un archivo y se lo mostré.

—Mire esta escultura. ¿Le gusta?

—Está muy bonita —me dijo mientras la miraba muy concentrado.

—Esa la elaboró usted padre.

—¿Si? No me acuerdo.

—Y mire esta pintura. Es la Virgen criolla.

—Déjemela ver —tomó el móvil en sus manos, amplio la imagen.

—Esa la pintó usted.

—¿Sí? ¿Y qué tan grande es?

—No sé padre porque no la he visto. Tengo solo la fotografía. Hace poco hice para un periódico una semblanza suya —le dije mientras buscaba en el aparato móvil la nota.

—¿Se le perdió? —me preguntó sonriendo.

—Si padre, pero aquí debe estar.

La encontré y comencé a leérsela. Escuchó el primer párrafo y se sonrió.

—Eso que le leí es una cita suya. Usted me lo escribió en una carta.

—Yo hace tiempo que no escribo.

—Usted escribe muy bien.

—¿Sí? —me dijo risueño.

—Usted ha hecho bastantes óleos y esculturas.

—Y ¿en dónde están?

—Me han dicho en su comunidad que unas están en el convento aquí en Bogotá, otras en el convento de Chiquinquirá y muchas en los conventos dominicos de Florencia, Siena y Roma, en Italia. También están en colecciones de particulares.

—Vea, no lo sabía.

Guardó silencio y de pronto me dijo:

—Y ¿en dónde vive usted?

—En Tunja y en Bogotá. Unos días allá y otros días acá.

—Yo no sé dónde estoy.

—En la Clínica Palermo de Bogotá, padre.

—Yo no tengo nada. No me duele nada ahorita. Tan solo tengo algo aquí —me dijo mientras se quitaba un esparadrapo colocado sobre la cicatriz de la incisión que le hicieron para drenarle, debajo del mentón, una infección maxilofacial.

Como veía que me estaba poniendo atención, seguí conversándole.

—Padre, ¿se acuerda de Gustavo Mateus Cortés?

—No, no me acuerdo de él, pero ¿cómo está?

—Él murió.

—¡Ay Dios Santo! Y ¿de qué murió?

—De una complicación de males. El venía enfermito desde hacía varios meses.

—Y ¿él que hacía?

—Durante muchos años fue director del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá. Los dos eran muy amigos. Él le pedía apoyo artístico a usted permanentemente.

—No me acuerdo. Y ¿cómo es que se llama usted?

—Gustavo Núñez Valero.

—Y ¿usted es casado?

—Sí padre. Usted fue quien me confesó el día que me casé. Fue el 19 de agosto de 1978. Me casó el arzobispo Augusto Trujillo Arango. Él era de Manizales y fue rector del colegio donde usted hizo su bachillerato. ¿Se acuerda de él?

—No. ¿Cómo está él?

—Murió hace varios años.

—¡Dios Santo! ¿En dónde murió?

—En Manizales.

—Ah, Manizales, por allá debe estar mi familia. A propósito ¿usted sabe algo de mi familia?

—El padre Carlos Mario Alzate, prior del convento de Chiquinquirá, me comentó hace poco que una sobrina suya llama con frecuencia para saber de su salud.

—Sí, mi salud está mal. He tenido muchos problemas últimamente.

En ese momento en el televisor comenzaron a hablar del pintor Fernando Botero. Escuchó con atención y dijo que no se acordaba de él.

Le mostré en el celular una fotografía de una de las cartas que me mandó desde Florencia y comenzó a leerla. Leyó en el celular, en voz alta.

—Está muy pequeña la letra —comentó.

Seguimos hablando de otros temas. Quise pedirle autorización para tomarme una foto con él, pero pensé que sería mejor después, en otro sitio.

Me despedí y le anuncié que en unos días iría a Chiquinquirá a saludarlo.

Una vez fuera de la habitación, a las tres de la tarde, junto a la puerta, le escribí el siguiente mensaje al prior del convento de Chiquinquirá:

Fray Reinaldo Sánchez en 2021.
Fray Reinaldo Sánchez en 2021.

—Padre Carlos Mario. No me aguanté las ganas y vine a saludar hoy mismo al padre Reinaldo en la Clínica Palermo. Estuvimos hablando un buen rato. Lo acompañaba un paramédico contratado por la Comunidad. Él me dijo que ya le dieron de alta al padre y que de un momento para otro lo van a llevar para el convento aquí en Bogotá. El padre estuvo muy querido conmigo. Me dijo que ya le había pasado el dolor en la cara. No me reconoció, pero fue muy receptivo. Mil gracias por avisarme.

Minutos más tarde me escribió:

—¡Me alegro que lo haya visitado!

Luego de salir de la clínica y mientras caminaba hacia la estación de Transmilenio de la calle 45 reflexioné sobre lo que acaba de vivir. El padre Reinaldo no se acordaba de mí, pero mantenía su sonrisa, su bondad, su actuar apacible, sus buenas maneras, su receptividad. Por la forma como había reaccionado ante las noticias que le di sobre la muerte de Gustavo Mateus, monseñor Augusto Trujillo y Fernando Botero concluí que su sensibilidad humana, su sentido caritativo, su compasión seguían intactas. Pensé que esas condiciones espirituales y aquellos valores morales eran lo fundamental de un ser apreciable e inestimable. Me convencí de que la interrelación con él, a pesar del Alzheimer, me hacía bien porque estimulaba mi ánimo y fortalecía mi esencia humana.

**

No habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde el momento en el cual me había despedido del padre Reinaldo en la Clínica Palermo de Bogotá cuando, a la una y cincuenta minutos de la tarde del domingo 17 de septiembre, mientras me encontraba realizando un trayecto en taxi en Bogotá, escuché el timbre de una notificación sonora de un mensaje en mi teléfono móvil. Miré. Era un mensaje de WhatsApp de fray Calixto Castellanos, director de la emisora Reina de Chiquinquirá. Abrí la aplicación y el texto decía:

—Cordial saludo Gustavo. Tengo que comentarle algo.

Aparecía un emoticono con una lágrima. Me puse nervioso y me sobrevino una tristeza profunda porque intuí que se trataba de una noticia dolorosa. Llamé de inmediato por teléfono a fray Calixto, me saludó y de una vez me dijo:

—Fray Reinaldo ha partido. Hace una hora nos ha dejado. 

A las dos y cincuenta y cinco de la tarde, el biógrafo de fray Reinaldo, padre Carlos Arturo Ortiz Vargas, me envió este mensaje:

—Buenas tardes. Le informo que en la ciudad de Chiquinquirá a las 12:30 del día de hoy falleció el padre Reinaldo.

A las tres y media de la tarde le escribí al prior:

—Padre Carlos Mario, buenas tardes. Ya me enteré de la triste noticia. Estoy con el ánimo abatido.

Minutos después me respondió:

—Así es Gustavo. Lo habíamos traído ayer en la tarde. Estaba de buen humor y al medio día de hoy se fue plácidamente. Funeral mañana a las tres de la tarde aquí en la Basílica.

Veinte minutos después me escribió:

—El padre provincial pidió que el funeral fuera el martes a las 10 de la mañana para él poder venir.

Le respondí:

—Padre, mil gracias por la información. Allá estaré en el funeral.

Y ese 19 de septiembre fui a  Chiquinquirá a despedirme de un amigo con quien tuve, luego de 43 años de no vernos ni comunicarnos, un reencuentro fugaz. Por supuesto que la aflicción me dominó, pero gradualmente la superé. Uno de estos días volveré a Chiquinquirá a visitarlo en su tumba.

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