Peripecias de pan de trigo – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

Para la abuela Benilda del Perpetuo Socorro era una costumbre de vida, saborear el chocolate con queso de hoja a las tres de la tarde, a esa hora, con la parsimonia propia de sus años, cerró el libro de «Vidas Ejemplares» una de sus lecturas preferidas,  y sin prisa, caminó por el corredor, avanzaba con pasos sigilosos y lentos pero seguros, parecía levitar, nadie percibía el momento cuando  llegaba junto a ellos, sus nietos habían sembrado en la región la creencia popular, de que la abuela  tenía el don de la ubicuidad. 

Esa tarde de verano, el nieto predilecto, su «querido pan de trigo» como cariñosamente lo había bautizado desde que nació, la vio pasar rumbo al balcón de la sala, estaba seguro que se dirigía a su mecedora preferida, un antiguo mueble vienés, heredado de su bisabuela Olga Lucia, y allí se entregaría al placer de saborear, el vaporoso y espumoso chocolate «Corona» que Engracia, la adorable mujer encargada de la cocina, le servía todo los dias, en ese ocaso, la anciana se dedicó a observar a través del enorme ventanal  el sol de los venados, que ya había extendido su manto color oro rojizo, pintando los cerros y los bosques que cubrían la montaña, mientras ella se perdía en sus infinitas añoranzas, en ese momento pensó, que los vientos huracanados de la travesía de su vida, a su edad ya empezaban a detener la carrera, dejando que las velas descansarán sus tensionadas jorobas y flácidas colgaban de los mástiles, suspirando suavemente con la caricia de la brisa, la abuela pensó  que su vida ya entraba a puerto seguro, donde atoaría su barca, para disfrutar el tiempo de cosecha, después de tantas luchas y esfuerzos sembrados en la labranza de su vida.

Entre la abuela y su nieto “Pan de Trigo”, había florecido una secreta alianza, propia del tierno amor entre nonos y nietos, con visos de complicidad y sana alcahuetería. El pequeño en sus ratos libres se había convertido en la sombra de Benilda, y como ella decía, él era sus ojos y oídos cuando estaba ausente, a tal punto que sus padres y hermanos solían decir, «ojo, que las paredes tienen ojos y oídos de pan de trigo». 

El pequeño Jorgito, que así se llamaba, había tomado por costumbre los domingos en la mañana, sentarse a la orilla de la cama, en el cuarto de la abuela, a verla peinarse el sedoso cabello castaño, adornado por algunos hilos teñidos con la blancura de los años, para luego trenzarse la moña más hermosa en la nuca, la que aseguraba con unas pinzas andaluzas, toda su estampa y figura reflejaba la estirpe española.

Algo que sorprendía al pequeño, era la vida que daba a sus mejillas con el rubor natural de la remolacha, atenuando el color con finos polvos franceses, para luego cubrir su cabeza, con un fino velo negro, y así tomando de la mano al niño,  partían a la misa mayor del domingo.

El tiempo fue pasando y los ojos vigilantes del niño detrás de las cortinas, se intrigaron por una extraña rutina de la nona, que a media mañana y después de las comidas, se dirigía a la alcoba, donde descolgaba el llavero que pendía de la pretina de la falda, y luego de abrir el armario, el niño veía como metía con máximo cuidado el brazo hasta el fondo del mueble, alcanzando algo, que él no podía ver porque el cuerpo de ella se lo impedía, y luego de hacer extraños movimientos con las manos y la cabeza, como si fueran artilugios cabalísticos, procedía a retornar los objetos a su sitio, al fondo del armario y cerrando la puerta con llave, regresaba a sus quehaceres normales.

Hasta que un día la curiosidad le ganó a “Pan de Trigo”, y escondido tras las cortinas, develó el secreto guardado con tanto misterio por su aliada Benilda, vio como del fondo, casi inalcanzable, sacaba un pequeño cofre, y después de escoger del manojo de llaves, lo habría con extremo cuidado, extrayendo  una pequeña botella, y llevándose la mano al seno, sacaba una hermosa copa de marfil, en la que vertía el extraño contenido, luego de bendecirlo y dibujar una cruz en el aire, procedía a beberlo, dejando caer hasta la última gota en la punta de la lengua,  y regresando todo a su lugar, incluso la copa al seno, cerrando la puerta, entonces cuando bajó la mirada, para empretinarse el llavero, vio al pequeño parado a su lado, con sus enormes ojos, mirándola fijamente,  sin poderse contener y sin anestesia, le espetó la pregunta: ¿abuelita que tomas?

Ya recuperada de la sorpresa,  ella musitó: 

  • Un remedio, mi querido “Pan de Trigo”-.

Entonces las ventanas de la nariz del pequeño, se movieron queriendo olfatear como buen sabueso, y sin detenerse agregó:

¿Pero huele a aguardiente abuelita?

Entonces ella le contó que sufría de la tensión alta, y el médico le había recetado, una copa después del baño y otra después de cada comida.

El travieso “Pan de Trigo”, mirándola con complicidad, elevó su mano, e indicándole suplicante con el pulgar y el índice, le dijo:

  • Un tricito abuelita, un tricito de remedio, yo también sufro de la tensión -.

Ella inclinándose, se puso a la altura de su querido nieto, viendo su propia vida reflejada en las pupilas infantiles, en ese momento quisó detener el tiempo, y envolverse en el amor inocente de su querido “Pan de Trigo” por siempre.

Desde entonces Benilda del Perpetuo Socorro cargó en el seno su copa y un gotero para el niño.

FABIO JOSÉ SAAVEDRA CORREDOR

Continuará…

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