Tres colores: Blanco – David Sáenz #Columnista7días

Hace unos días me encontraba en casa. Quería ver una película, sin embargo, hoy, frente a tantísimas opciones, se hace muy difícil escoger. Sucede con el séptimo arte lo que puede suceder con la Biblioteca de Babel de Borges. Las opciones son tantas que aturden. Decidí entrar en Mubi. Inmediatamente se mostró ante mí el rostro de Julie Delpy, por quien siempre he sentido una gran fascinación.

Decidí ver la película en la que ella era protagonista, ‘Tres colores: Blanco’, del director Krzysztof Kieślowski. Representaba a Dominique, una francesa que le pide el divorcio a su esposo, Karol Karol, un barbero polaco, quien tenía problemas de disfunción sexual y no podía consumar el matrimonio. No había muchas escenas en las que Dominique apareciera. Pese a ello, en todas las acciones que vivía el barbero, Dominique se hacía presente.

Al ver la película, pensé en la forma en la que nos inclinamos ante la ausencia y el vacío. Parece que lo que más llena nuestras vidas no es aquello que tenemos, sino lo que carecemos. En la película se hace evidente que Dominique se obsesiona con lo que no puede tener: el sexo de Karol. Por el contrario, Karol se obsesiona con el desamor de Dominique.

Ahora bien, en mi caso y en la vida de muchas personas a quienes conozco, veo que nos obsesiona más lo que no tenemos que lo que sí. A mí me invade el vacío de una época en la que tenía unos amigos con quienes me veía casi todos los días y con quienes tenía conversaciones intensas, fiestas, paseos, locuras. A mi mamá la habitan sus muertos. A mi hermana mayor, su viudez. A algunos amigos, el deseo de estar en otros trabajos o en otros lugares. A muchos estudiantes y jóvenes, los llena el vacío de lo que sus vidas no tienen y, en cambio, sí tienen las de las celebridades que siguen religiosamente.

¿Será posible que nos hagamos sabios al entender que la vida también es una resta y que todo va muriendo? ¿O deberíamos resignarnos a que todo es un instante y vivir ese instante a plenitud implica también despedirnos de él?

En última instancia, quizás la sabiduría resida en encontrar un equilibrio entre vincularnos a lo que ya no está y aceptar la fugacidad de cada momento. Reconocer que la vida está hecha de pérdidas, de ausencias y presencias efímeras. Tal vez, al comprender que la esencia de la existencia radica en la constante transformación, podamos encontrar una paz interior que trascienda nuestras ansias por lo que nos falta y nos permita valorar plenamente lo que tenemos.

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